El prisionero del Teocali
G. L. Hipkiss
(como Rafael Molinero)
EL SECUESTRO
DE TRÉVELEZ
Existe un edificio
grandioso, rodeado de jardines, que ningún hombre de ciencia deja de visitar
cuando pasa por Barcelona, y que, goza de merecida fama en el mundo entero. Se
halla en las afueras de la ciudad, sobre una colina próxima al monte del
Tibidabo y la estructura central del mismo consta de seis pisos.
Una biblioteca, que figura
entre las mejores del mundo, ocupa por completo la planta baja. El primer piso
contiene una serie de juegos de habitaciones, compuestas de alcoba y despacho.
En los demás se alojan, estudian y trabajan, especialistas en todos los ramos
del saber humano. Esta estructura es completamente cuadrada y en el centro de
la misma hay un gran patio estilo árabe, con palmeras, arcadas, flores, bancos
de azulejos y un surtidor central cuyas aguas refrescan el ambiente en verano.
Gracias a la conformación
de la casa, todas las habitaciones de la misma están muy bien ventiladas y
gozan de abundante luz.
De la fachada posterior y
de los dos lados parten dos amplias y largas naves-seis en total-que albergan
talleres muy bien equipados, laboratorios dotados de todos los adelantos
modernos, salas de maquinaria de todas clases, etc.
Completamente apartado del
resto, en el fondo de un bosquecillo, anida otro laboratorio taller destinado a
los experimentos de índole peligrosa.
Nuestros lectores habrán
reconocido ya, sin duda, el edificio: se trata del Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas, fundación destinada a proteger a inventores en
ciernes e investigadores científicos cuyos medios no les permitan llevar a
cabo sus trabajos.
El Instituto, único en su
género, no sólo pone todo su material a disposición de los inventores e
investigadores, sino que sus ingenieros y especialistas les ayudan a resolver
sus dificultades y, una vez perfeccionado un invento, se encarga de hallarle
mercado, limitándose a cobrar al inventor un tanto por ciento insignificante
del importe de la venta, para subvenir a los gastos de sostenimiento.
Son famosas las
exposiciones que la fundación celebra periódicamente y a ellas acuden
representantes de todas las industrias en busca de ideas nuevas y de inventos
que incrementen y mejoren la producción de sus fábricas.
Cuando se trata de
investigaciones de orden abstracto, el Instituto publica memorias, folletos,
monografías u obras voluminosas por su cuenta, deduciendo siempre un tanto de
los beneficios para contribuir a los gastos que su sostenimiento representa.
Al fijar su residencia en
la Ciudad Condal, Ramón Trévelez-español de origen americano-decidió realizar
el proyecto que había estado acariciando toda su vida, dedicando una parte de
su cuantiosa fortuna a la fundación del Instituto en colaboración con el
Estado. Gracias a él, España pudo beneficiarse de muchas invenciones que, de
lo contrario, hubieran ido a parar al extranjero o que el inventor jamás
hubiese podido perfeccionar por falta de medios.
Detrás del edificio que
hemos descrito, y a continuación de los jardines, hay un extenso parque, con
avenidas umbrías. Una de éstas conduce a un bosque, en el que predominan los
alerces, los abetos los pinos, por entre los que serpentea convertida ya en
simple sendero. Desemboca en un gran claro, a uno de cuyos lados se alza una
estructura larga y baja con numerosas puertas que dan a cuartitos
individuales.
En el centro del claro hay
una gran piscina de límpidas aguas, a ambos extremos de la cual hay instalados
trampolines y toboganes. Trévelez tenía por costumbre acudir allí todas las
mañanas a pasar un rato y hacer después un poco de ejercicio en el gimnasio
vecino, apenas visible por entre los árboles del otro lado.
En la mañana en que damos
principio a muestro relato, llegó poco después del amanecer, como solía, y se
introdujo en uno de los cuartitos a desnudarse.
No bien se hubo cerrado la
puerta tras él, abrióse la del cuartito contiguo y salieron dos hombres. Ambos
llevaban la cara cubierta hasta los ojos por un pañuelo. Se estacionaron uno a
cada lado de la salida del cuarto del director del Instituto y aguardaron. Uno
de ellos llevaba un paño grande en la mano.
Poco después se abrió la
puerta y, antes de que Trévelez se diera cuenta de su peligro y pudiera hacer
cosa alguna por defenderse, los dos hombres se abalanzaron sobre él. El paño,
empapado en cloroformo, le cubrió la nariz y la boca; brazos fuertes
intentaron sujetarle.
Las fuerzas del director
del Instituto eran prodigiosas. Hubiera vencido fácilmente a los dos hombres a
pesar de haber sido pillado desapercibido. Es más, llegó incluso a arrojarles a
ambos lejos de sí, pero no lo hizo a tiempo para salvarse. El narcótico había
surtido ya su efecto y, antes de que pudiera arrancarse el paño de la cara y
hacer frente a los hombres que, levantándose del suelo, corrían de nuevo a
atacarle, le fallaron las piernas. Unos segundos después había perdido el
conocimiento.
Los desconocidos no se
pararon a recoger la ropa de su cautivo. En traje de baño, como se encontraba,
cargaron con él y se perdieron entre los pinos.
No haría veinte minutos que
se habían marchado, cuando llegó uno de los ingenieros, se desnudó y se bañó.
Durante la hora siguiente, el lugar no estuvo desierto ni un minuto siquiera,
pero, cosa rara, a ninguno se le ocurrió usar el cuarto que había empleado el
director del Instituto.
Trévelez no fue echado de
menos hasta cerca de las once de la mañana, hora, en que uno de los ingenieros
quiso consultarle. No encontrándole en su despacho, preguntó al portero, que
aseguró no haberle visto desde que saliera a primera hora a bañarse, como de
costumbre. Interrogados unos y otros, ninguno pudo dar razón de su paradero ni
había quien le hubiera visto en toda la mañana, excepción hecha del mencionado
portero.
No obstante, no se dio
demasiada importancia al hecho. El señor Trévelez se ausentaba a veces sin
previo aviso y se creyó que, después de bañarse, habría marchado a algún sitio
con la intención de volver pronto y que algo le había retrasado.
Llegó la hora de comer sin
que compareciese ni se supiera nada de él. A las cinco de la tarde se presentó
un hombre a visitarle: era Garvez.
-Hola, Juan-le dijo al
portero al entrar-. ¿Está en su despacho el señor Trévelez?
-No señor, debe de haber
salido.
-¿No dijo a dónde
iba?-inquirió Garvez, sin darse cuenta de la forma en que le habían contestado.
-No ha dicho nada, ni
sabíamos que tuviese la intención de salir siquiera, no le hemos visto salir si
a eso viene...
-Entonces, ¿cómo está usted
tan seguro de que no se encuentra en su despacho?
El portero le explicó lo
sucedido.
Garvez consultó su reloj.
-Es raro-dijo-. Si pensaba
salir después del baño, lo más natural era que lo dijese. De todas formas, el
camino más corto para él era volver a pasar por aquí y hubiera podido decir
algo de paso. ¿Sabe usted si se llevó el automóvil?
-No lo oí y, además, el
conductor está aquí en estos instantes. Uno de los químicos se asomó al garaje,
sin embargo, y dice que el coche, sigue allí.
-Es raro-repitió Garvez,
pensativo-. No creo que pueda tardar en regresar, sin embargo, puesto que nada
ha dicho. Subiré a esperarle un rato a su despacho... si está abierto.
Subió en el ascensor. El
despacho no estaba abierto, pero Trévelez le había dado una llave para que
pudiese entrar, si era preciso, en su ausencia-cosa que ni el portero ni nadie
sabía. Abrió, por consiguiente, la puerta y entró.
Había subido no sólo para
esperar a Trévelez como había dicho, sino para intentar ponerse en contacto con
él. De momento, no se le había ocurrido pensar en la posibilidad de que le
hubiera sucedido algo al director del Instituto. No obstante, el hecho de que
se hubiese ausentado durante tantas horas no dejaba de extrañarle. Cierto era
que había marchado muchas veces del Instituto sin decir allí una palabra-mejor
dicho, eso lo hacía con frecuencia. Pero, si nada decía allí, avisaba por lo
menos a Garvez y aquella vez no lo había hecho.
Ni siquiera le había
telefoneado para enterarse de si había algo nuevo en ciertas investigaciones
que estaban haciendo.
Tomó asiento en el sillón
de su amigo y jefe y, oprimiendo la corona de su reloj de pulsera que, como ya
saben nuestros lectores, era al propio tiempo que reloj, aparato transmisor y
receptor radiotelegráfico, radió la contraseña a la que Trévelez respondía
siempre sin demora.
Aquella vez, sin embargo,
Garvez no obtuvo la menor respuesta. Repitió la llamada varias veces con
idéntico resultado y entonces empezó a alarmarse.
¿Cómo era posible que
Trévelez dejase de responder a menos que le hubiese sucedido algo?
Se levantó de su asiento,
salió al pasillo, cerró la puerta nuevamente con llave y bajó a la portería.
-¿Está usted seguro-le
preguntó al portero-, que nadie ha visto al señor Trévelez después de salir de
aquí para irse a la piscina?
-Completamente seguro,
señor Garvez. Precisamente anduvimos buscando por todas partes e interrogando a
todo el mundo.
-¿Se han asegurado de que
no se encuentra en ninguno de los camerinos de la piscina? Pudiera haberle
dado un ataque o algo así...
-No, señor. A nadie se le
ha ocurrido mirar. ¿Cómo iba a darle un ataque al señor Trévelez con lo sano
que está? Además, ya sabe usted que no tiene nada de particular que se vaya y
esté ausente días enteros, incluso sin decir una palabra.
-A pesar de todo-anunció
Garvez-; yo no estaré tranquilo hasta que haya examinado esos cuartos. Voy a
darme un paseo hasta la piscina. ¿Sabe usted cuál es el cuarto que suele él
usar?
-No creo que tenga
preferencia por ninguno. Usa cualquiera de ellos, indistintamente.
Garvez salió del edificio,
cruzó por entre los cuadros de flores y llegó al parque. Se encaminó al
bosquecillo de que ya hemos hablado, sin dejar de mirar a su alrededor por si
veía aparecer al hombre a quien buscaba por algún lado.
Al encontrarse en el claro,
se acercó al primer camarín y lo abrió. Sólo encontró en él toallas, un traje
de baño y unos taburetes. Probó el siguiente, con igual resultado. El tercero
era el que había ocupado Trévelez aquella mañana. No hacía falta que nadie se
lo dijera a Garvez. Allí estaba todavía el traje del director, colgado de la
percha, los zapatos en el suelo, el reloj (igual al que llevaba él)
descansaba sobre un taburete.
Cuando hizo el
descubrimiento, sintió como si una mano le oprimiera el corazón. Se metió el
reloj de su jefe en el bolsillo, miró cuidadosamente a su alrededor en busca
de algún indicio que le permitiera adivinar lo ocurrido y, no hallando nada,
salió de nuevo y se encaminó al gimnasio. Allí había instalado un teléfono
conectado con la centralilla del Instituto.
Ya no era de extrañar que
Trévelez no hubiese contestado a su llamada. Había desaparecido de allí sin
otra cosa que un traje de baño al parecer, cosa que, para Garvez, sólo podía
tener un significado.
Telefoneó al Instituto, dio
a conocer al portero su hallazgo y le pidió que mandara inmediatamente gente
que le ayudase a explorar los alrededores, por si el director había sufrido
algún accidente en las cercanías. Cabía la posibilidad de que hubiese ido a dar
una vuelta por el bosque en traje de baño y que le hubiera ocurrido algo. Podía
haber perdido el conocimiento al darse un golpe y no haber vuelto en si aun
para pedir socorro si no le era posible ponerse en pie de nuevo. Cabía la
posibilidad esa, como decimos, pero Garvez no creía en ella. No obstante era
preciso cerciorarse.
No esperó él a que llegara
nadie del Instituto: se metió en el bosquecillo sin perder momento y lo fue
recorriendo, buscando huellas.
Todos sus esfuerzos por dar
con su paradero fueron vamos. Y la media docena de personas que acudieron del
Instituto no obtuvieron mayor éxito. Trévelez había desaparecido por
completo, sin dejar rastro.
No le cabía la menor duda
ya a Garvez de que su jefe había sido secuestrado. Sólo así podía explicarse
que hubiera dejado reloj y traje. Pero, ¿quién le habría secuestrado y para
qué? ¿Dónde le habrían llevado?
Recurrió al empleo de
perros sabuesos, con la esperanza de que éstos pudieran seguirle la pista, pero
resultó tan inútil como todos los demás procedimientos. Trévelez no había
dejado rastro que puliesen seguir los perros, lo que constituía una prueba más
de que había sido secuestrado. Sus pies no habían tocado el suelo-eso era
evidente, porque los sabuesos no podían olfatearle. No quedaba más explicación
que una: le habían trasladado de allí en brazos.
Por aquel lado, cosa de un
kilómetro más allá, la finca propiedad del Instituto lindaba con un camino de
segundo orden. El secuestrador, o los secuestradores, tenían que haber salido
por aquel punto, que era el más solitario. Jamás se hubiesen atrevido a pasar
por ningún otro lado en pleno día con un hombre sin conocimiento y en traje de
baño.
Examinando aquel camino, se
descubrieron huellas de neumáticos-lo que, a fin de cuentas, nada significaba:
más de un automóvil debía pasar por allí al cabo del día.
Garvez puso en movimiento a
todos les agentes de Yuma y se encerró en su casa para dirigir sus
actividades-lo que no impidió que fuese denunciaría la desaparición a la
policía: el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas
era un personaje demasiado conocido, demasiado apreciado para que pudiera
guardarse el secreto de lo que le había sucedido.
El mismo día de su
desaparición, centenares de personas estaban ya investigando. Y, como
consecuencia de ello, se supo que aquella mañana temprano, un peón caminero
había visto, en una explanada del otro lado de la colina, un avión bimotor que
aguardaba con los motores en marcha. Le había llamado la atención por dos
razones: primera, porque en su vida había visto un aeroplano parado fuera de
un aeródromo; segunda, porque era la primera vez que veía al natural un avión
de dos motores. No obstante, tenía prisa y no se paró a ver si se acercaba
alguien, o si despegaba. Tampoco se había fijado qué señales llevaba en las
alas o en el fuselaje.
La policía se puso en
contacto inmediatamente con el aeropuerto. Dio la descripción que el peón
caminero había proporcionado y preguntó si se sabía si algún avión bimotor
había andado por los alrededores del Tibidabo aquella mañana.
Las autoridades del
aeropuerto contestaron negativamente. Daba la casualidad, incluso, que aquel
día ni había despegado ni aterrizado en el Prat avión alguno que se pareciera
al que les habían descrito. No obstante, pidieron unos minutos para interrogar
al personal y averiguar si alguien había oído o visto algo.
El resultado de este
interrogatorio no fue del todo nulo. Uno de los mecánicos del campo aseguraba
haber visto pasar, a primera hora de la mañana, un avión que volaba a gran
altura. Picada su curiosidad, lo examinó con ayuda de unos gemelos y pudo
comprobar que se trataba de un bimotor; pero que no llevaba señal alguna que
permitiera establecer su nacionalidad. En el momento de ser descubierto,
parecía volar en dirección Sudeste.
Y aquel día ya no se pudo
averiguar más.
CAPÍTULO II
YUMA APARECE
EN PÚBLICO
Los periódicos del mundo
entero publicaron la noticia con grandes titulares. Ramón Trévelez, el hombre
a cuya ayuda tenían que agradecer muchos el haber salido de la miseria, el
hombre cuyos conocimientos científicos habían prestado tantos servicios a la
Humanidad, el hombre a quien todo el mundo admiraba, respetaba y quería había
sido secuestrado.
¿Qué fin perseguían sus
secuestradores? ¿Rescate? No lo parecía. No se había recibido noticia alguna
de ellos. Fuera como fuese, muy listos habían de ser para poder permanecer
inmunes. A Ramón Trévelez no podía secuestrársele sin que el mundo entero se
sublevase. La policía de todos los países le buscaba. No eran ya instituciones,
sino gobiernos los que dirigían las investigaciones que por todo el mundo se
llevaban a cabo.
Y se recibían datos, aunque
escasos. Se había visto aterrizar un avión bimotor misterioso en Persia, y
aunque de momento no se había dado demasiada importancia a la cosa, al
conocerse la noticia de la desaparición del director del Instituto y saberse
que se suponía viajaba con sus secuestradores en un bimotor, se había acudido
al desierto lugar en que se viera aterrizar el bimotor. Allí se hallaron
pruebas de que los planes para su secuestro habían sido preparados hasta en su
último detalle de antemano. Unos cuantos bidones vacíos no dejaban lugar a dudas
acerca de lo que había ido a buscar allí el aeroplano. Era evidente que en
aquel lugar, como en otros, posiblemente, se había colocado con anticipación
gasolina suficiente para cargar sus depósitos.
Procuró averiguarse quiénes
se habían encargado de hacerlo. Pero nada se adelantó. Los agentes de los
secuestradores habrían aprovechado la noche y obtenido poco a poco el
combustible para no llamar la atención.
La próxima noticia llegó de
Mongolia, donde un avión bimotor había tomado tierra para aprovisionarse. Pero
tampoco allí pudo descubrirse quién se había encargado de preparar el aprovisionamiento.
Sólo se sabía que el aeroplano había continuado su vuelo hacia el Sudeste.
Y allí se perdió por
completo la pista. Nadie parecía haber vuelto a verle y todos los esfuerzos
que se hicieron por desenterrar nuevos indicios fueron vanos.
Entretanto, los agentes de
Yuma frecuentaban los bajos fondos, escuchaban conversaciones, recogían y
analizaban rumores con la esperanza de que, tarde o temprano, alguno se iría
de la lengua y se sabría algo concreto.
En Persia, todos los
esfuerzos se concentraron en descubrir a los que habían dejado la gasolina
para el avión; pero, o los culpables no se hallaban ya allí, o guardaban muy
bien su secreto.
Entretanto, en Barcelona,
reinaba gran consternación. Garvez se consumía porque nada podía hacer para
auxiliar a su amigo y jefe. Varias veces estuvo a punto de abandonarlo todo y
marchar personalmente a Mongolia a ver si allí encontraba él una pista que seguir,
aunque los demás no habían logrado hacerlo. Cualquier cosa, pensaba, menos
aquella inactividad. Pero se sobrepuso su sentido común. Era mucho más útil
su presencia en Barcelona, puesto que allí podía recibir los informes de todos
los agentes y dirigir las operaciones.
Santos, Rodrigo, Manrique,
Marcos y Reyes apenas dormían. Estaban seguros de que en España habría agentes
de los secuestradores y, si era humanamente posible, pensaban dar con ellos
tarde o temprano.
Dos personas había cuyo
pesar era, quizá, mucho más profundo que el de todos los demás, a pesar de ser
la pesadumbre de todos muy grande. Una de ellas era la doctora Dolores Arana.
Se presentó en casa de
Garvez con los ojos azules enrojecidos por el llanto, el rostro demacrado por
la preocupación continua y la falta de dormir.
-¿Nada?-inquirió al ver al
jefe de los agentes de Yuma.
-Nada-respondió éste,
sacudiendo tristemente, la cabeza.
-¡Hay que hacer algo!
-Se está haciendo todo lo
humanamente posible, doctora. Siéntese...
-No puedo estar sentada, no
puedo estarme quieta un momento sabiendo que él corre peligro. He hablado con
el doctor Prensa. Le he dicho que, de momento, no puedo ocuparme de la
clínica. No estoy en condiciones de atender a los enfermos, de ocuparme de nada
hasta que sepamos algo... Lo dejo todo para dedicarme por completo a esto, a
dar con su paradero...
-¿Y qué va usted a hacer,
doctora? El mundo entero se preocupa de eso y ya ve usted lo poco que se ha
conseguido... Se hace todo lo humanamente posible.
-Hay que hacer lo sobrehumanamente
posible, pues... ¡A lo mejor ha muerto a estas horas!-agregó con un gemido.
-Tranquilícese, doctora.
Eso no es de esperar que haya sucedido ni que suceda... de momento.
-¿Por qué?... ¿Quién le
garantiza que...?
-No se exalte. Es cuestión
de sentido común-la interrumpió Garvez-. Si hubieran querido matarle, lo
hubiesen hecho aquí mismo. ¿Qué necesidad tenían de cargar con él? Es evidente
que le necesitan para algo y, mientras tengan la esperanza de conseguir lo que
se propongan, Trévelez no corre peligro.
-É no cederá nunca a sus
exigencias.
-Pero, es lo bastante
inteligente para ganar tiempo... y es tiempo lo que se necesita. Hay demasiada
gente buscándole para que no den con su paradero tarde o temprano. Créame,
doctora, todos daríamos la vida por él si fuera preciso y, ni qué decir
tiene, no sosegamos. También nosotros le profesamos cariño y sentimos
profundamente lo ocurrido.
-Lo sé-murmuró la joven-.
Perdóneme, Garvez. No he dudado ni un momento que se hace todo lo posible.
Pero estoy trastornada y no sé lo que me digo. Si a él le ocurriera algo...
Garvez le dio unas
palmaditas cariñosas en el hombro.
-Tenga usted valor-dijo-, y
confianza. Trévelez se ha encontrado en situaciones muy difíciles durante su
existencia y siempre ha salido bien de ellas. Ésta (agregó con una confianza
que andaba muy lejos de sentir) no será excepción de la regla.
La segunda persona que
hemos mencionado era Samara. Si exceptuamos a Dolores Arana, tal vez no
hubiera entre los agentes de Yuma uno solo cuyo cariño por Trévelez fuera más
profundo ni cuya admiración, como la de él, rayara en la idolatría. El caso era
tanto más curioso cuanto que Samara era relativamente recién llegado a España.
El agente K era un gigantesco eurasiático de una capacidad mental
extraordinaria. La inteligencia de que continuamente daba pruebas, sus
conocimientos científicos, la habilidad con que sabía aplicarlos y los
revolucionarios inventos de que era autor, le colocaban a una altura que, a
decir de los hombres de ciencia, sólo Trévelez superaba.
Llevaba, como decimos, muy
poco tiempo en España, pero ese poco tiempo había bastado no sólo para que
Trévelez viera en él a un amigo fiel hasta la muerte, sino para que adquiriera
tal confianza en su integridad y en su prudencia, que no tuvo ya para él
secreto alguno, equiparándole en eso a Garvez, Marcos y Santos, cuya amistad
inquebrantable, los peligros corridos juntos y los muchos años que se
conocían, habían demostrado fuera de toda duda.
Si los fuertes lazos de amistad
qué unían a los dos hombres resultaban verdaderamente admirables para el mundo
en general lo eran, mucho más aún, para los agentes de Yuma, que conocían,
mejor que el propio interesado, la verdadera historia de Samara.
Este había sido en otros tiempos
uno de los adversarios más terribles de Yuma. Era el único que podía preciarse
de haber llegado incluso a penetrar su secreto. Y más de una vez Yuma había
estado a punto de perecer a sus manos o a las de sus agentes.
Por fin, sin embargo, como
todos los enemigos de la sociedad que se enfrentaban con Yuma, Samara había
caído. El misterioso ser invisible, tras haberle vencido, le había quitado la
memoria inyectándole una droga por él inventada.
Para Yuma, ningún hombre
era esencialmente malo. Las circunstancias, el ambiente, la crianza, las malas
doctrinas podrían pervertirle, pero opinaba que la maldad no era congénita en
ninguno y que, por muy bajo que hubiese caído, siempre quedaba en él una chispa
de bondad que, cuidada y alimentada, podía convertirse en regeneradora
hoguera.
Una cosa podía dificultar
la regeneración y convertirla en ardua empresa: el recuerdo de los actos
delictivos cometidos, la costumbre creada por el ejercicio de los malos
instintos, la violencia que el cambio pudiera suponer para quien se había
habituado a vivir fuera de la Ley y no se sintiera con fuerzas para abrirse un
nuevo surco. Este inconveniente lo había obviado Yuma haciendo perder la
memoria a cuantos malhechores caían en sus manos.
Era un gran experimento el que
Yuma estaba llevando a cabo y, hasta el momento, no podía quejarse de sus
resultados.
Allá en el continente
americano, en el Yucatán, no muy lejos de Piedras Negras y oculto en el
corazón de un macizo montañoso, hay un valle cuya existencia jamás sospechó
explorador alguno.
Grandes edificios lo
pueblan y en él vive una comunidad singular-no por su aspecto, sino por los
fines que persigue.
Figuran, entre los
mencionados edificios, grandes laboratorios, talleres, escuelas, gimnasios,
lugares de recreo, casas destinadas a vivienda y unas construcciones
pequeñas, aisladas, donde residen los que del mundo exterior llegan.
En este valle-que
pudiéramos llamar feudo de Yuma-todos los que entran carecen de memoria. Ninguno
sabe quién es, qué ha sido, dónde ha desarrollado sus actividades, ni si éstas
fueron malas o buenas.
Pudiera llamarse “Valle
de los Niños”, porque cuantos a él son enviados, por muy viejos que sean,
tienen el cerebro tan limpio de impresiones como niños recién nacidos, y como
tales han de ser educados.
En realidad, aquél es el «Valle
de la Regeneración» y el objeto que persiguió Yuma al fundarlo fue educar
de nuevo a los que, antes de morir su memoria, fueron criminales.
Allí
se les enseña un oficio que esté en consonancia con sus aptitudes, se les inculca
un profundo amor al trabajo y se despierta en ellos el deseo de vivir en un
mundo libre de crímenes y de todas las bajas pasiones.
Se les enseña que amor
engendra amor, que la solución de todos los problemas del mundo yace en la
capacidad que tenga el hombre para amar y ayudar a sus semejantes y que sólo
trabajando con ahínco y amando con desinterés puede llegar la Humanidad al pináculo
del progreso y de la felicidad.
Una vez regenerado por completo,
el hombre es enviado al mundo de nuevo, donde Yuma o sus agentes se encargan de
situarle donde pueda ganarse honrosamente la vida.
A aquel valle había llegado
cierto día Fegor, verdadero genio del mal, cuyas terribles hazañas ya conocen
nuestros lectores. Fegor, privado de la memoria por Yuma tras su último
encuentro con él en la Casa del Cráter, conservaba intactas sus extraordinarias
facultades. Como consecuencia de ello, fue tarea fácil darle de nuevo los
conocimientos científicos que antes de perder la memoria había poseído.
Al cabo de unos años, sus
instructores, asombrados de los fantásticos progresos que había hecho,
notificaron a Yuma que se hallaba en condiciones de volver nuevamente a
habitar entre sus semejantes
Normalmente, el misterioso
personaje se hubiese encargado de encontrarle un empleo para que se ganara la
vida honradamente. Las facultades de Fegor, sin embargo, eran demasiado
excepcionales para correr el riesgo de que la Humanidad no se beneficiara todo
lo posible de ellas. Por consiguiente, decidió ponerle en contacto con Ramón
Trévelez, para que éste le encomendara investigaciones científicas susceptibles
de mejorar la suerte de sus semejantes.
Fegor, que ignoraba quién
era y qué era lo que había hecho antes de llegar al valle, recibió el nombre de
Samara, a cuyo nombre se le extendieron documentos y fue enviado a España,
donde, como ya hemos dicho, no tardó en convertirse en persona de confianza de
aquel a quien con tanta saña había combatido.
Samara llegó a casa de
Garvez poco después de haberse marchado Dolores, y el objeto de su visita era
el mismo que el de la doctora. Nada delataba en su semblante la angustia que
la desaparición de su jefe y amigo le producía, pero Garvez, que había llegado
a conocer bien y a apreciar al nuevo ayudante de Yuma, no necesitaba de señales
exteriores para comprender los sentimientos de su visitante. Sin esperar a que
el otro le interrogara, movió negativamente la cabeza.
-No se sabe nada-dijo.
Samara se dejó caer en un
sillón. Guardó silencio unos momentos, con la mirada fija en la lejanía.
-No creo que haya
muerto-dijo, por fin, repitiendo, inconscientemente, los argumentos que
esgrimiera el propio Garvez al hablar con la doctora-. Le han secuestrado con
un fin determinado y, mientras tengan la esperanza de poder conseguir sus
propósitos, la vida de Trévelez no corre peligro.
-Eso es lo que yo opino
también-asintió Garvez.
-Pero existe un peligro en
el que no sé si se le habrá ocurrido a usted pensar-prosiguió el eurasiático.
-¿Cuál?
-Si,
en cualquier momento, sus secuestradores llegan a adivinar, a sospechar
siquiera toda la verdad acerca de su prisionero, le matarán sin perder momento.
Comprenderán que es inútil esperar, puesto que Trévelez jamás se prestará a
facilitar la ejecución de sus planes.
-Ese peligro-contestó
Garvez, lentamente-, no se me había pasado por alto. Pero nada podemos hacer
nosotros por conjurarla.
-Sí que podemos-dijo el
otro.
-¿Qué?
-Yuma tiene que aparecer de
nuevo... y hacerlo públicamente esta vez.
Garvez le miró con viveza.
-Quizá tenga usted
razón-asintió.
-Estoy seguro de que la
tengo. Si Yuma aparece como he dicho, la Prensa hablará de ello, los
secuestradores se enterarán, si alguna sospecha hubieran concebido, se
desvanecerá inmediatamente. Trévelez tendrá más probabilidades de vida.
-Es cierto... ¿Qué plan
propone, Samara?
-Esta tarde se celebrará
una reunión en el Olimpia, a la que asistirán representantes de las
autoridades y de la Prensa. Alguien debe aprovechar el momento oportuno para
aparecer en la plataforma como si fuera Yuma.
-¿So pretexto de qué? Tiene
que haber alguna excusa para que Yuma se presente así en público.
-¿Qué mejor pretexto que la
desaparición de Trévelez? Puede anunciar públicamente que piensa él poner en
juego todos sus recursos para dar con su paradero y castigar a los que le han
secuestrado.
-¿Quién propone usted que
haga papel de Yuma, Samara?
-Eso lo dejo a su elección,
Garvez.
-Creo-dijo éste,
lentamente-, que es usted el más indicado. Trévelez tiene confianza ilimitada
en usted, no he de ser yo menos. Vuelva usted a su casa. Iré yo a visitarle más
tarde.
Los dos hombres se
estrecharon la mano. Samara se fue y, unos minutos más tarde, Garvez abandonaba
su hotelito y se dirigía apresuradamente al Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas. Subió rápidamente al despacho del director,
entró, haciendo uso de su llave, oprimió las molduras que hacían girar la
estantería y pasó al despacho secreto.
Una vez allí, tiró de la
colgante lámpara y, en cuanto se descorrió la pared que daba al guardarropa,
pasó al interior y descolgó la capa negra que pendía de un gancho. La dobló y
se la metió en el bolsillo, cerró todas las puertas de nuevo, y a continuación,
se dispuso a hacerle a Samara la visita prometida.
*****
Eran las cuatro de la
tarde. El público había acudido can interés a escuchar la conferencia que sobre
la cuarta dimensión había de dar un conocido hombre de ciencia, como toda la
Prensa había anunciado que el gran matemático explicaría el tema de una forma
que resultara comprensible para el más-profano en la materia, el local estaba
lleno de bote en bote.
Antes de presentar al
conferenciante, un científico barcelonés soltó un pequeño discurso, a modo de
introducción.
-Señores-dijo-: Cuando bajo
los auspicios de las autoridades se acordó dar un ciclo de conferencias de
vulgarización científica, se decidió, por unanimidad, que el más indicado para
presidirlas era nuestro ilustre conciudadano, el doctor Ramón Trévelez, director
del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas. Él aceptó gustoso
el nombramiento y hasta ofreció dar él mismo una de las conferencias
anunciadas, prestándose, en el transcurso de ella, a contestar á cuantas
preguntas relacionadas con el tema se le dirigieran.
»Por desgracia, la suerte„
no ha querido que nos viéramos honrados con su presencia. Ha sido víctima,
como todos, ustedes saben, de unos secuestradores e ignoramos, de momento, su
paradero. Aun tenemos todos la esperanza, sin embargo, de que se le encuentre a
tiempo para que asista a alguna de estas conferencias por lo menos y...
Una voz tonante le
interrumpió
-¡Ramón Trévelez será
hallado y rescatado!-sonó en la plataforma, muy cerca del que hablaba, aunque
no había allí ninguna persona visible.
El orador volvió la cabeza,
frunciendo lentamente el entrecejo. A punto estaba de hablar con dureza a los
que ocupaban las sillas más cercanas, creyendo que alguno de sus ocupantes
había hablado con el único fin de interrumpirle, cuando la voz tonante habló de
nuevo.
-Ramón Trévelez-anunció-,
es un hombre demasiado necesario a la ciencia para que pueda permitirse que sus
secuestradores permanezcan impunes. Serán hallados y castigados.
-Pero, ¿quién
habla?-inquirió el orador, desconcertado, mirando a su alrededor-. ¿Quién es
el que dice todo eso?
Y se inmovilizó de pronto,
dilatadas las pupilas, al ver aparecer, como flotando en el aire, una cabeza
en cuyo terrible rostro, cubierto de cadavérica palidez, brillaban como
carbunclos dos ojos.
-¡Yuma!-exclamó,
sobrecogido.
Y su exclamación fue
coreada por muchos de los que asistían a la conferencia.
-Yuma-asintió la voz-;
Yuma, que declara públicamente su intención de movilizar todos sus recursos
para dar con el paradero de don Ramón Trévelez.
Durante unos momentos
siguió viéndose la horrible cabeza, cuya mirada de fuego se paseó por el
auditorio. Luego, mientras unos la contemplaban con terror y otros con asombro,
desapareció de nuevo para no reaparecer más.
La conferencia perdió
inmediatamente todo interés para la mayoría de los concurrentes. El
matemático, comprendiéndolo así, anunció que, en vista de las circunstancias,
había decidido suspender su exposición, cosa que el presidente escuchó con
enorme alivio. Viendo el humor del público, había temido que éste se fuera
retirando de la sala poco a poco, lo que hubiera resultado bochornoso para el
conferenciante.
Se advirtió que se daría a
conocer en la Prensa para qué día se aplazaría el acto y el público fue
desfilando de la sala, siendo los periodistas los primeros en salir paró
correr a sus respectivas Redacciones y preparar la noticia.
Y aquella noche todos
publicaron la nueva de que Yuma había aparecido en plena conferencia para
anunciar su propósito de encargarse de buscar a Trévelez.
CAPÍTULO III
Los efectos del cloroformo
fueron desvaneciéndose lentamente. Trévelez, con los ojos cerrados, hizo un
esfuerzo por recordar lo que le había pasado. La experiencia le había
demostrado que no siempre es conveniente dar a conocer, que ha recobrado uno el
conocimiento hasta haberse preparado para posibles sorpresas.
Poco a poco, a medida que
los vapores se disipaban, la memoria fue volviendo. Recordó haber salido del
cuartito para meterse en la piscina y el ataque de que había sido objeto. Sabía
que el cloroformo le había dejado sin sentido antes de que hubiese podido
retirarse el paño de la cara.
Más tarde... Lo sucedido
más tarde resultaba nebuloso. Lo recordaba como un sueño confuso. Había abierto
los ojos, visto que se hallaba a bordo de un avión e inmediatamente un hombre
sentado cerca de él le había vuelto a dar un anestésico. Esto sucedió dos
veces. La tercera le quitaron el conocimiento mediante una inyección, temiendo,
sin duda, que usar nuevamente cloroformo pudiera llegar a costarle la vida.
Mientras pensaba todo esto,
se dio cuenta de dos cosas; primera, estaba tendido cuan largo era sobre un
suelo de piedra; segunda, seguía sin mas ropa que el traje de baño con el que
le sorprendieran. Para entonces, ya se consideraba con fuerzas suficientes
para hacer frente a la situación. Puso en tensión todos sus músculos,
preparado para ponerse en pie de un brinco y abrió muy despacio los ojos.
El resultado no fue el que
había esperado. Veía tanto con los ojos abiertos como si los hubiese tenido
cerrados. Se encontraba envuelto en las mas profundas tinieblas. Durante unos
instantes llevó a temer que la administración de tanta droga le hubiese
dejado ciego y acabó diciéndose, más bien porque tal era su esperanza que por
verdadero convencimiento, que se hallaba en una habitación sin ventana de
ninguna clase.
Se levantó, no obstante, y
echó a andar con cautela hasta que sus manos, extendidas, tropezaron con una
pared, de piedra también, como el suelo. Examinó ésta minuciosamente,
valiéndose del tacto, y luego la fue siguiendo, sin dejar de mover la mano
arriba y abajo en busca de alguna abertura.
Por fin, al cabo de un buen
rato, dio con el hueco de una puerta que, o cerraba herméticamente (en cuyo
caso debía haber huecos de ventilación por algún otro lado, ya que el aire era
respirable), o daba a algún otro cuarto oscuro, porque no se filtraba por
ella ni el menor rayo de luz.
Una vez allí, se colocó de
espaldas a la puerta y echó a andar hacia adelante tan en línea recta como le
fue posible, hasta dar con la pared. Desde allí, siguió andando, pegado a la
pared, hacia la izquierda, que era el mismo camino que siguiera la primera vez.
Contó cuatro pasos antes de llegar a la esquina, ocho pasos más hasta la
esquina siguiente y poco más de tres hasta la puerta.
Repitió la operación
anterior. De espaldas contra la puerta, cruzó de nuevo el cuarto en línea
recta. Esta vez, sin embargo, torció hacia la derecha en lugar de hacia la
izquierda, sin dejar de tantear la pared.
Gracias a esta maniobra,
descubrió que se hallaba en un cuarto cuadrado, de ocho pasos de lado, de
paredes y suelo de piedra, sin más solución de continuidad que la puerta
cerrada.
Examinó luego todo el suelo
de la habitación, andando a gatas. Estaba completamente vacía.
Había llegado a ese punto
de sus investigaciones, cuando oyó ruido por el lado de la puerta. Se pegó
inmediatamente a la pared del mismo lado. La puerta se abrió y entró un hombre
con una linterna encendida. A pesar de que ésta no daba mucha luz, tan acostumbrado
estaba ya Trévelez a la oscuridad que quedó momentáneamente deslumbrado.
Antes de que la vista se le
acostumbrara lo bastante a la claridad, oyó una voz que decía
-¡Ah! ¡Ha recobrado el
conocimiento! Coma, que pronto le sacaremos de aquí.
Algo tintineó contra el
suelo y la puerta volvió a cerrarse en el preciso momento en que el director
del Instituto se disponía a abalanzarse sobre su carcelero.
Cerca de la puerta y siempre
a tientas, encontró un cacharro con agua y un trozo de pan con carne dentro.
Entonces se dio cuenta, por primera vez, de que tenía hambre, y comió y bebió.
Aquello pareció darle nuevas energías El desconocido había dicho que pronto le
sacarían de allí, pero prefería salir solo si le era posible. Volvió a situarse
junto a la puerta a esperar.
No tenía medio alguno de
medir el tiempo, pero calculó que habría transcurrido cosa de un cuarto de hora
cuando volvió a abrirse la puerta de su encierro. Estaba preparado para
abalanzarse sobre el primero que se presentara, pero los secuestradores eran
demasiado inteligentes para no comprender que tal sería su intento.
Unos rayos de luz entraron
en el cuarto, pero no asomó nadie. Una voz dijo:
-¡Salga!
Y, puesto que nadie
entraba, Trévelez salió, dispuesto a aprovechar la primera oportunidad que se
le presentara.
Pero no se le presentó
ninguna. La puerta daba a un pasillo, y en éste, contra la pared de enfrente y
un poco a la izquierda, estaba el hombre que había hablado y que llevaba la
linterna en una mano y en la otra un revólver que apuntaba al prisionero.
Al otro lado de la puerta y
contra la pared de enfrente también había otro hombre con otra linterna y otro
revólver.
-Eche usted a andar hacia
la derecha-ordenó el que hablara primero.
Y, como para indicarle el
camino, el otro hombre echó a andar delante de él.
En cuanto Trévelez se puso
en marcha, el segundo hombre caminó tras él, sin dejar de apuntarle con el
revólver. No había la menor probabilidad de poder escaparse de momento. El
intentarlo hubiera sido suicida, ya que, aunque lograra dominar y desarmar al
que iba delante, el de detrás le hubiera matado de un tiro.
No fueron muy lejos. Un
poco más allá se abría otra puerta de la que salía bastante claridad. En ella
metieron a Trévelez.
Encontróse éste en un
cuarto de aproximadamente las mismas dimensiones que el que acababa de
abandonar, sólo que estaba amueblado, aunque toscamente. Una mesa larga, de
construcción casera, ocupaba el centro de la estancia. Había, además, siete a
ocho sillas, dos de ellas ocupadas por dos hombres en mangas de camisa.
-Puede usted sentarse-dijo
uno de ellos.
Trévelez se dejó caer en
una de las sillas desocupadas. Los dos hombres que le habían acompañado se
situaron cerca de la puerta-único medio de salida de allí, dejando las
linternas en el suelo.
El recinto aquel estaba
iluminado por cuatro lámparas-una colgada en cada pared.
-Señor Trévelez-dijo el
hombre que le había invitado a sentarse-, lamento mucho haber tenido que
someterle a hacer un viaje tan largo en tan desagradables condiciones, pero,
cuando conozca usted mis motivos, comprenderá que no había más remedio que
hacerlo para conseguir lo que necesito.
-No ha escogido usted el
mejor medio para conseguir de mí nada-le respondió el director del Instituto-.
Si lo que usted quiere es algo injusto, nada obtendrá de mí ni por las buenas
ni por las malas. De tratarse de algo justo, no hubiera tenido inconveniente en
acceder a sus deseos, de habérmelo pedido usted como es debido. Pedido ahora,
no lo conseguiría usted tampoco.
-No le voy a pedir nada que
represente pérdida alguna para usted ni que esté fuera de su alcance. Si le he
hecho traer hasta aquí, ha sido porque estaba convencido de que nada lograría
hablando con usted en España.
-Eso quiere decir que no
nos hallamos en España.
-No tengo inconveniente en
decirle que se encuentra usted muy lejos de su patria, señor Trévelez. No tengo
inconveniente... porque no le creo a usted tan tonto que no lo haya adivinado
ya. Según me han dicho, recobró usted varias veces el conocimiento por el
camino, Estoy seguro que se habrá usted dado cuenta de que viajaba en avión,
y como sabe perfectamente el tiempo que pueden durar los efectos del cloroformo,
guiándose por las veces que ha sido necesario cloroformizarle, puede tener una
idea bastante aproximada del tiempo transcurrido. Si ese tiempo lo multiplica
por la velocidad de un avión, tendrá una idea aproximada de la distancia que ha
recorrido.
-Y... ¿con qué fin me ha
traído usted tan lejos?
-A mi compañero y a
mí-contestó el hombre-, nos interesan mucho las cuestiones científicas. Estamos
haciendo investigaciones aquí, por nuestra cuenta... Investigaciones que
esperamos que cambien la faz del mundo. Usted puede ayudarnos mucho, dándonos
detalles de algunas cosas que conoce y que nosotros no hemos resuelto del todo
aún...
Aunque Trévelez no tenía la
menor intención de acceder a lo que le pedían, quiso saber qué era lo que
interesaba a aquellos hombres y preguntó:
-¿En qué puedo ayudarles?
-Tuvo usted en el
Instituto, en cierta ocasión, a un joven llamado Deusto...
El nombre aquel puso en
guardia a Trévelez, que contestó, no obstante:
-En efecto.
-Ese joven inventó un
aparato emisor de ciertas ondas...
-Aparato que estuvo a punto
de cambiar la faz del mundo también -observó Trévelez[1].
-¡Oh!-se apresuró a decir
su interlocutor-. No es nuestro propósito seguir los pasos de los que robaron
el aparato aquel. Nuestros fines son más elevados.
-Así lo espero. ¿Bien?
-Necesitamos que nos
describa usted el funcionamiento de ese aparato, que nos haga unos planos de
él... Preferiríamos, claro está, que dirigiera usted su construcción, pero no
insistimos sobre ese particular.
-Lo siento mucho, señores,
pero han perdido ustedes el tiempo trayéndome aquí. Como dicen, el aparato en
cuestión fue inventado por un tal Deusto, es a él a quien deben dirigirse
ustedes
-No ignoramos que Deusto
murió asesinado.
-Pero pueden tratar con sus
herederos.
-No es necesario. Usted
puede resolvernos ese problema.
-Yo no intervine para nada
en su construcción. Ni siquiera me comunicó el inventor todos los detalles de
su descubrimiento.
-Sabemos perfectamente,
señor Trévelez, que antes de recibir la ayuda del Instituto, el inventor ha de
enterarle a usted de que ha inventado algo, en efecto, y de que no solicita la
ayuda del Instituto simplemente por vivir gratis una temporada.
-Es cierto, pero un
inventor no necesita revelarnos todo su secreto para convencernos de su buena
fe. En el caso de Deusto bastaron ciertos detalles para convencerme de que
sabía lo que se hacía y de que iba por buen camino.
-Señor Trévelez, usted es
inventor. Es, por añadidura, un hombre de ciencia que goza de fama universal.
No querrá, por consiguiente, hacerme creer que por los datos que Deusto dio no pudo usted deducir los que se callaba.
-Lo siento, señores, ya he
dicho que no puedo ayudarles.
-Piénselo usted bien. No
deseamos hacerle daño alguno. En cuanto no haya proporcionado los datos que
necesitamos, será conducido nuevamente a España. Eso puedo garantizárselo. Lo
único que pudiera inducirnos, muy á pesar nuestro, a quitarle la vida, sería
que usted averiguara dónde se encuentra, cosa esta completamente imposible.
También cabría la posibilidad de que nos cansáramos de tenerle aquí encerrado
si usted se negara a hablar; pero creo que, si recapacita, comprenderá que nada
adelantará con ello. Tarde o temprano daremos con el secreto, con su ayuda o
sin ella. Vamos por muy buen camino. Si le hemos secuestrado ha sido,
simplemente, para ganar tiempo. No obstante, no nos apremia éste tanto que no
podamos esperar unos días. Volverá a su encierro, y, en cuanto cambie usted de
opinión, no tiene más que comunicárselo al que le lleva de comer.
Se puso en pié. Trévelez le
imitó. Uno de los hombres parados junto a la puerta dio un paso hacia él.
-¡Ah!-agregó el
desconocido-. Olvidaba hacerle una advertencia. Si alguna vez llega a creer
que, con un poco de cautela, puede sorprender al que entre a llevarle la comida
y reducirle a la impotencia, más vale que se le quite la idea de la cabeza.
Aun en el supuesto de que lograra hacerlo, nada adelantaría. No conseguiría
salir de donde se encuentra. Y si por una de esas casualidades increíbles
pudiera salir, sería lo mismo. Le daríamos caza en seguida... si no acababa
con usted antes alguna serpiente o algún habitante de la casi impenetrable
selva que nos rodea.
Trévelez se echó a reír.
-¿Pretende usted asustarme,
acaso con fantasías?
-No se trata de fantasías,
señor Trévelez y...
Se volvió y habló en voz
baja unos momentos con su compañero. Este dijo en voz alta:
-Tal vez sea mejor. Hazlo.
El hombre volvió a
encararse con su cautivo.
-Para que se convenza de
que para usted no hay más salvación que hablar, voy a dejarle asomarse unos
momentos al exterior-dijo.
Hizo una señal a los dos
hombres armados.
-Vamos-ordenó.
Ambos cogieron las
linternas. Uno echó a andar delante y el otro detrás de Trévelez y su
acompañante.
Tiraron en dirección
contraria al lugar en que se encontraba el cuarto destinado a encierro del
cautivo. Las puertos, las formas y dirección de los pasillos que cruzaron
llamaron poderosamente la atención del director del Instituto, que creyó
reconocer en ellos un estilo determinado.
Desembocaron en un pasillo
corto, ascendente, que murió al pie de una escalera de piedra. Subieron las
gradas. La oscuridad no era completa allí, y cuando llegaron a la parte
superior, la luz de las linternas no fue necesaria para ver dónde se
encontraban. Era un cuarto pequeño. Parte de la pared en que se hallaba la
puerta estaba derruida. El cuarto se hallaba en el rincón de una gran sala cuyo
techo estaba hundido en su mayor parte y sembrado el suelo de piedras. Un sol
abrasador se filtraba por los agujeros, caldeando los escombros y el piso.
Atravesaron por entre los
escombros hasta una puerta monumental, que se hallaba casi por completo en pie.
Pasaron por ella al exterior.
Estaban ahora sobre una
meseta artificial, de piedra. Los árboles de la espesa selva que les rodeaba
llegaban hasta las mismas laderas del montículo en que se hallaba la meseta,
creciendo algunos, incluso sobre las laderas mismas. Pero, de trecho en trecho
veíase por entre la maleza algún trozo de escalinata de piedra por los lados.
-Mire usted en todas
direcciones-le invitó el desconocido-. Resultaría imposible alejarse de aquí
sin un guía. Para el que desconoce la región, esa selva es una ratonera en la
que ha de dejar forzosamente la vida.
Le permitió permanecer unos
minutos allí, mirando a su alrededor, antes de obligarle a bajar al interior
del montículo de nuevo y recluirle en el oscuro cuarto. Pero Trévelez bajó
con mucha más esperanza de la que había subido. En lugar de hacerle comprender
con aquello lo desesperado de su situación, los desconocidos habían hecho todo
lo contrario. Las esperanzas del director del Instituto habían renacido. Se
alegraba de volver a su encierro para poder pensar tranquilo y trazarse un
plan de campaña.
CAPÍTULO IV
TRÉVELEZ TRAZA
SUS PLANES
Una vez le metieron en el
cuarto y cerraron la puerta, tras él, Trévelez fue a sentarse en un rincón y se
puso a reflexionar. La estructuración del interior del montículo le había
hecho concebir una sospecha. La salida al exterior la había confirmado. Se
encontraba prisionero en el interior de un teocalí - uno de los templos
mayas cuyas ruinas salpican la selva en Méjico y Guatemala.
Los
trozos de escalinata vistos eran, en realidad, parte de la pirámide gradada que
habían ido cubriendo tierra y maleza en el transcurso de los siglos.
El hecho de que sus
secuestradores le hubiesen permitido ver el exterior, demostraba que habrían
oído hablar de Trévelez, sabrían muchas cosas de él, pero ignoraban otras que
les hubiera convenido mucho saber en aquellos instantes. De haberse fijado bien
en su seco rostro, su tostado cutis, la nariz aguileña y el conjunto de sus
facciones, no hubiera dejado de llamarles poderosamente la atención la
similitud de tales características con las de los rostros esculpidos en las
ruinas mayas de Uzual, lzamal y Chitchen-Itza.
Trévelez, en efecto, como
ya saben nuestros lectores, era de ascendencia americana. Lo que tal vez no
sepan es que descendía en línea recta de mayas también y que había heredado de
sus antepasaos un conocimiento sorprendente del idioma, las costumbres y la
historia del desaparecido pueblo. Estos conocimientos iban a servirle de mucho
en la situación en que se encontraba.
El hecho de que le hubieran
apresado en traje de baño le había incomunicado por completo con sus amigos,
pero, estaba seguro ya de que, si sabía jugar bien sus cartas, no sólo podría
salvarse, sino tener probabilidades de hacer fracasar todos los planes de sus
secuestradores.
En vista del descubrimiento
hecho, ya no le interesaba salir de la pirámide, si no conseguir que le
encerraran aun más profundamente en ella, y a conseguir este fin tendían los
planes que en aquel momento empezaba a trazar.
Llegó la hora de la cena.
La puerta se abrió.
Mientras un hombre colocaba
en el suelo las provisiones y el agua, Trévelez dijo:
-Necesito hablar con su
jefe. Dígale que he reflexionado y tomado una resolución.
El hombre contestó con un
gruñido pero era evidente que cumplió el encargo del prisionero, porque un
cuarto de hora más tarde estaba de regreso, acompañado de otro. Trévelez fue
conducido inmediatamente al mismo cuarto que la vez anterior.
-Me dicen que ha
reflexionado usted v que necesita verme-dijo el hombre, al verle entrar-. ¿Qué
resolución ha tomado, señor Trévelez?
Éste se dejó caer en un
asiento.
-Comprendo que es difícil
escaparse de aquí. Reconozco también que la selva que nos rodea no sólo es casi
impenetrable, sino que el aventurarse por ella ofrece incontables peligros...
-¿Bien?
-No puedo permanecer mucho
tiempo lejos del Instituto. Mi presencia allí es necesaria. Estoy seguro de
que se esta revolviendo el mundo para encontrarme.
-Si ello puede servirle de
consuelo-dijo el desconocido-, le diré qué el mundo entero, en efecto, anda
buscándole, aunque sin la menor esperanza de dar con su paradero. Nadie tiene
la menor idea de dónde se encuentra, no se ha hallado aún el menor indicio.
Hasta el propio Yuma ha aparecido en público para anunciar que va a movilizar
todos sus recursos para encontrarle... Soy lo bastante sensato para reconocer
que Yuma es un enemigo peligroso, pero en este caso está destinado a fracasar
al igual que las autoridades de todos los países.
Si la noticia de la
aparición de Yuma sorprendió a Trévelez, no dio la menor muestra de ello. Es
muy posible que comprendiera en seguida que en ello andaba la mano de Garvez,
que había querido protegerle con ello. Dijo:
-Es difícil, en efecto, que
lleguen a sospechar siquiera dónde me encuentro. Por eso precisamente quiero
ver si consigo que ustedes me suelten.
-En su mano está
conseguirlo. No sólo le soltaremos, sino que volveremos a llevarle a España.
Sigue en pie la promesa que le hice.
-No sé si podré ceder a sus
exigencias.
-¿Por qué?
-Recuerdo perfectamente los
datos que nos proporcionó Deusto, pero nunca me he parado a pensar en ellos, a
seguir sus razonamientos ni a sacar las consecuencias.
-Puede usted hacerlo ahora.
-No donde me encuentro.
-¿Por qué no? Igual se
puede pensar en una parte que en otra.
-Para que resuelva el
problema es preciso que haga algo más que pensar, Necesito hacer cálculos,
comprobaciones...
-¿Qué necesita?
-Lo primero de todo, quiero
que se me proporcione un lugar decente en que dormir. El suelo es un poco duro
para ser cómodo y estoy demasiado molesto tendido en él, y descanso demasiado
mal para poder pensar con la claridad que el caso requiere.
-¿Qué más desea?
-Luz, una mesa, en silla,
lápices, papel, regla, compases... Eso, de momento. Después... después ya
veremos.
-Pide usted cosas que
pueden convertirse en armas. Aunque no por tenerlas podría usted escapar,
podría hacer daño a alguno de mis hombres, cosa que quiero impedir, puesto que
a todos los necesito.
-Sin esas cosas no puedo
hacer nada. Y aun con ellas no garantizo que me sea posible hacerlo.
-Tendremos que estudiarlo.
-Como ustedes quieran. Pero
estúdienlo aprisa. Me interesa volver al Instituto cuanto antes. Si temen que
con ayuda de las cosas que pido pueda construir algo, que me permita escapar
sin haberles revelado lo que desean saber, ¿por qué no me encierran en un lugar
más seguro a su juicio?
-Es una idea-dijo el
hombre-. ¿Cuánto tiempo necesitaría para hacer lo que le pido?
-No puedo decírselo con
exactitud. Puede ser que tres días basten para que, con los datos que poseo,
descubra los que me falta conocer. No obstante, puede suceder que tarde más en
completar mis cálculos. Después de logrado eso, he de dibujar los planos del
aparato, cosa que también requerirá tiempo, puesto que he de estudiar la mejor
manera de aplicar lo que haya descubierto. Lo malo es que, cuando estén
terminados, no podrán ustedes hacer gran cosa con ellos.
-¿Por qué?
-¿De dónde sacarán el
material y las herramientas para construirlo?
-Lo tenemos aquí todo ya.
No se preocupe por eso. En cuanto tengamos los planos, empezaremos a
construirlo.
-Y ¿cómo lo probarán?
-Si usted ha pensado
engañarnos, señor Trévelez, confiando en que no podremos comprobar lo que usted
nos diga, más vale que se le quite eso de la cabeza. No saldrá usted de aquí
hasta que hayamos comprobado la eficacia del aparato. Para tranquilidad suya (agregó
con sorna), le diremos que hasta hemos previsto la necesidad de corriente
eléctrica y ésta no ha de faltarnos cuando llegue cl momento oportuno.
-Tanto mejor-anunció
Trévelez-. ¿Qué deciden ustedes?
-Eso ya lo veremos. Por lo
pronto, volverá usted a su encierro. Mañana le daremos a conocer nuestra
decisión.
Y Trévelez fue conducido
nuevamente a la habitación que le servía de calabozo.
Se tumbó en el suelo
dispuesto a dormirse y, mientras conciliaba el sueño, examinó la situación a
la luz de lo que el desconocido había dicho.
Según él, tenían allí ya
todo el material que pudiera hacer falta para construir un aparato igual al
inventado por el difunto Deusto. Ello suponía que el mismo habría sido
trasladado hasta allí por aire, como lo había sido él. Y, como no era fácil que
se hubieran arriesgado a tirarlo a la selva en paracaídas, preciso era que
hubiese algún claro bastante grande por allí cerca en suficientes buenas
condiciones para que aterrizara un aeroplano. Y, por idénticas razones, había
que creer que existiera un camino practicable desde dicho campo de aterrizaje
hasta la pirámide, aunque él no había visto ni rastro de uno desde la meseta.
El material, una vez
trasladado a la pirámide, habría sido almacenado en alguna de las cámaras.
Había la cuestión de la electricidad también. Si disponían de corriente como
había dicho el hombre, preciso era que contasen con algún medio de generarla.
Y ese medio debía hallarse allá adentro también.
O mucho se equivocaba o,
por añadidura, debía existir una estación de radiotelegrafía en la pirámide.
No era de creer que aquellos hombres se hallasen completamente incomunicados
con el exterior. Y el hecho de que supieran que el mundo entero le andaba
buscando y de que Yuma hubiese aparecido en público para dar a conocer sus
intenciones, era una prueba más de la existencia, por lo menos, de una estación
receptora, puesto que no hubieran podido enterarse tan pronto de las noticias,
de lo contrario.
Le hubiera gustado poder
dar con ella y emplearla para dar a conocer su paradero, pero, de momento, eso
era soñar. Se daría por satisfecho si lograba que le cambiaran de habitación y
le diesen todo cuanto había pedido.
Y, así pensando, acabó por
quedarse dormido.
CAPÍTULO V
TRIUNFA LA
ESTRATEGIA DE TRÉVELEZ
Despertó de pronto para
encontrarse, como siempre, envuelto en las más profundas tinieblas. No tenía
la menor idea del tiempo que llevaba dormido, pero se sentía descansado.
Se incorporó en el suelo,
dispuesto a esperar a que le fuera dada a conocer la decisión de sus
secuestradores.
Transcurrió muchísimo rato,
sin embargo, antes de que se abriera la puerta.
Cuando, por fin, se
entreabrió ésta y rasgaron las tinieblas los resplandores de una linterna, se
puso en pie y, obedeciendo a una orden, salió del cuarto. Se encontró con los
mismos dos hombres del día anterior que, con las mismas precauciones de
siempre, le llevaron por pasillos subterráneos hasta un punto en que éstos se
tornaban pendientes y empezaban a descender.
Al cabo de unos minutos de
viajar y serpentear por aquellos pasadizos, sus guías se detuvieron ante una
puerta recientemente reconstruida al parecer. Esta fue abierta y se le hizo
pasar a una estancia bastante grande. A un extremo de ella, pegado a la pared,
había une especie de altar parecido al que había visto arriba, en la sala de
la meseta. Por encima de él se veía esculpida en la pared una reproducción de
la serpiente con plumas de los mayas y, debajo, una serie de jeroglíficos.
Al otro extremo había sido
instalada una mesa muy tosca, construida con madera de árboles de la selva.
Encima de ésta, sin embargo, habían colocado un tablero liso, con una hoja de
papel de dibujo sujeta a él con chinches. A un lado se veía un montoncito de
hojas de repuesto, un bloc de papel, lápices, afila lápices, tinta china, una
caja de compases, cartabón, escuadra y regla. A otro lado había una linterna
apagada y una caja de cerillas. Cerca de la mesa había una tosca silla y, en un
rincón, una cama de campaña.
-Aquí tiene usted lo que
pedía-anunció uno de los hombres-. Le dejaré mi linterna y, si no tiene
bastante con su luz, puede encender la otra. Junto a la cama encontrará
provisiones. Han de servirle de desayuno y comida. Ya no volveremos a traerle
nada hasta la noche. Mañana vendrá el jefe a ver qué tal marcha y si tiene
todo lo que necesita.
-¿Dice que ha de servirme
eso para desayuno y comida?
-Sí.
-¿Qué hora es?
-Las once aproximadamente.
No valía la pena hacer dos viajes. Si quiere comérselo todo ahora puede usted
hacerlo. Pero ya sabe que no volveremos a traerle nada hasta las diez, y son
muchas horas las que ha de esperar.
-Gracias. Procuraré alargar
lo que me han traído.
-Es lo mejor que puede
hacer.
El hombre dejó la linterna
encima de la mesa y marchó con su compañero, cerrando la puerta tras sí.
A Trévelez le había salido
bien la primera parte de sus planes. Había querido que le colocaran en la
cámara más profunda de la pirámide y lo había conseguido.
En cuanto se quedó solo, se
dirigió a la cama, se sentó en ella y se puso a comer. Tenía apetito y quería
hacer acopio de fuerzas. Una vez satisfecho, se puso en pie de nuevo y se
acercó al altar.
Arriba, en la meseta, había
encontrado señales inconfundibles para él, de que aquella pirámide había sido
empleada en tiempos antiguos como observatorio astronómico por los mayas. La
entrada, por añadidura, estaba orientada hacia el Este, según había podido deducir
por la posición del sol. Al notar esto y mirar a su alrededor obedeciendo las
instrucciones de sus secuestradores, había buscado, por el lado oriental, la
estela que, de ser ciertas sus deducciones, tenía que hallarse allí.
No podía asegurar que la
hubiese encontrado, pero abajo y delante, medio oculto por la vegetación,
creía haber visto el extremo de una piedra. Para él, aquello confirmaba sus
sospechas.
Ahora bien, si la pirámide
en que se encontraba había sido empleada como observatorio, si lo que había
visto abajo era una estela como suponía, tenían que existir, no muy lejos y por
el lado oriental, tres templos más, alzados sobre sus respectivos teocalís.
Estos eran necesarios para fijar la posición de los equinocios y solsticios
según el procedimiento maya.
Este no podía ser más
sencillo. Colocándose en las gradas de la pirámide por detrás de la estela, se
veía salir el sol por el lado izquierdo del templo de la izquierda el día
veintidós de junio, solsticio de verano. El veintiuno de marzo y el
veintitrés de septiembre, el sol salía por encima del templo central, marcando
así la llegada de los equinoccios vernal y otoñal, respectivamente. Y el
veintidós de diciembre, el sol salía por el lado derecho del templo de la
derecha, señalando la llegada del solsticio de invierno.
Por
lo tanto, Trévelez estaba seguro de que a cierta distancia de allí tenían que
hallarse los templos o sus ruinas. No era esto lo más interesante, sin embargo.
Había sido costumbre de los mayas enlazar tales templos con la pirámide por
medio de pasadizos subterráneos, y eran éstos los que quería buscar el director
del Instituto. Conociendo como conocía, las costumbres de sus antepasados,
esperaba lograrlo sin dificultad. Por eso había maniobrado de suerte que le instalaran
en la cámara profunda.
Subsistía la posibilidad,
naturalmente, de que tales pasadizos se hubiesen hundido o cegado con el
tiempo, pero era un riesgo que había que correr.
Examinó detenidamente todo
lo esculpido alrededor del altar. Luego metió los dedos en los huecos que
servían de ojos a la escultura de una cabeza que parecía estar saliendo de la
boca de una serpiente. Tiró con fuerza y, tras repetidos esfuerzos, consiguió
que el bloque de piedra entero se moviera. Introdujo la mano en la cavidad y
buscó, en ella durante unos momentos. Luego, exhalando un suspiro de
satisfacción, volvió a tapar tal hueco.
Se apoyó contra la mesa del
altar y empujó. Se había sabido hallar tan bien el punto de equilibrio, que la
enorme mole de piedra giró sin dificultad, a pesar de haber transcurrido
siglos, seguramente, desde que mano humana la tocara por última vez.
Tomó la linterna encendida
de encima de la mesa, las cerillas y un compás para usarlo a modo de puñal si
se veía obligado a ello y, con todas estas cosas, se introdujo por el oscuro
pasadizo y cerró nuevamente el altar tras sí.
Dejó la lámpara en el suelo
unos instantes. La caja de cerillas estaba llena y se arriesgó a desperdiciar
una de ellas. La encendió con cuidado, quitó la mano de delante. La llama
osciló y acabó apagándose. Había corriente de aire. Los huecos abiertos por los
constructores de los pasadizos en tiempos remotos seguían cumpliendo su misión
de ventilar los subterráneos-por lo menos algunos de ellos.
Trévelez volvió a tomar la
linterna y echó a andar. Por allí, por lo menos, el túnel estaba en perfecto
estado y el suelo era llano. Antes de haber dado muchos pasos, llegó a un punto
en que se veía la boca de una galería a derecha e izquierda de la que había
recorrido hasta aquel momento. Era fácil de comprender que conducían a los teocalís
de derecha e izquierda.
Optó por continuar andando
por el central, ya que éste resultaría un poco más corto, mas hubo de abandonar
su intento. A los pocos metros se encontró ante un montón de piedras que
obstruía el paso. No habían caído del techo, sino de los lados, pero
representaba una labor muy grande abrirse paso por entre ellas y desistió,
retrocediendo sobre sus pasos.
Probó suerte por la galería
de la derecha y, aunque encontró hundimientos de trecho en trecho, éstos
fueron demasiado pequeños para impedirle el paso, y al cabo de unos minutos, se
halló ante una pared de piedra.
Examinó los lados
detenidamente:. Encontró, en un hueco, las cuñas que la sujetaban a modo de
cerrojos, las retiró y empujó. El muro cedió, franqueándole el paso a una
cámara semejante a aquella de la que había partido, pero más pequeña.
Entró en la cámara y cerró
el altar tras sí. Luego salió al pasillo. Los corredores eran una reproducción
exacta de los de la pirámide en que había estado prisionero y no se había
producido hundimiento alguno en ellos. Tras un rato de andar, llegó al pie de
una escalera donde tropezó con las primeras dificultades.
Seguramente, la techumbre
del templo de la meseta se habría hundido años antes, dejando la parte
superior de la escalera al descubierto y los elementos se habían encargado de
lo demás. Faltaban piedras en varios sitios y había montones de tierra y
piedras en otros, de suerte que se veía obligado a subir con mucho cuidado para
no pisar en falso y sufrir una caída.
Aun necesitaba la linterna,
porque, a pesar de hallarse cerca de la superficie, la oscuridad era casi
completa. Cuando llegó arriba, comprendió a qué se debía aquello. La selva
había logrado adueñarse por completo del teocalí, cubriéndole por
completo de vegetación. Hubo de abrirse paso por entre las ramas y maleza antes
de ver la luz del sol y, aun entonces, apenas le era posible ver rastro alguno
del monumento sobre el que se hallaba. De haberse acercado a él desde el
exterior, seguramente no hubiese sospechado siquiera su existencia.
Dos veces se vio asaltado
por serpientes, de cuya picadura se libró tan sólo gracias a su agilidad. A
una de ellas pudo asirla por la cola y estrellarle la cabeza contra una
piedra.
En cuanto sus ojos se
hubieron acostumbrado un poco al brillo del sol, se encaramó a un árbol que
había echado raíces por entre las grietas de las piedras del teocalí y
miró a su alrededor. No vio nada más que las copas de los árboles. Los otros
dos templos debían haber sufrido la misma suerte que aquél.
Bajó del árbol, apagó la
linterna y la dejó escondida cerca de la escalera. No había más que un medio
para orientarse: el sol. Aun no había alcanzado su cenit y brillaba alto-pero
detrás del templo aún, puesto que éste estaba orientado hacia el Oeste.
Se abrió paso por entre
árboles y maleza y empezó a bajar del montículo en que se había convertido el
monumento. Avanzaba con lentitud, porque la selva era espesísima y hubiera sido
necesario usar un machete para abrirse camino. Afortunadamente para él, no iba
cargado con nada, lo que le permitía introducirse por espacios estrechos y,
gracias a su agilidad, hacer progresos a veces por las copas de los árboles
cuyas ramas se entrelazaban. Más veces empleaba este último procedimiento quo el primero, a que la maleza
dificultaba también el paso por el suelo y brindaba escondite a insectos y
reptiles cuya mordedura era venenosa.
De
vez en cuando se detenía a escuchar, para continuar su camino luego. Una vez
creyó distinguir movimiento entre los árboles, y le pareció que se trataba de
un ser humano; pero cuando se acercó, no halló a nadie.
El
sol siguió ascendiendo, alcanzó el cenit e inició el descenso por el lado en
que debía hallarse la pirámide. Trévelez calculó, aproximadamente, el tiempo
transcurrido desde que abandonara su encierro. Tenía el propósito de volver,
por raro que parezca, y no quería que fuese advertida su ausencia. Era preciso
que calculase mayor tiempo para el regreso que para la salida, puesto que podía
suceder que se extraviara algo y tardara en dar con el teocalí
enterrado.
Por
fin vio brillar entre las hojas las aguas de un lago, llegó hasta la orilla y
permaneció oculto subido entre las ramas. El lago era grande y árboles y maleza
llegaban hasta su orilla por todos los lados. Hallara allí lo que buscara o no,
tendría que ser el límite de su excursión. No podía arriesgarse a ir más
lejos. Calculaba que podría perder allí una hora a lo sumo antes de emprender
el regreso y se instaló en el árbol lo más cómodamente posible.
Hasta
aquel momento, fuera de dos o tres reptiles, no había tropezado con más animal
que un jaguar, y éste, que rara vez ataca al hombre, no quiso hacer excepción
en su caso. Desde su altura vio acercarse varias veces animales que iban a
beber, pero ni un solo ser humano.
Por
fin, cuando empezaba a decirse que tendría que volver a la pirámide sin haber
adelantado nada, vio aparecer un grupo de indios al borde del lago, no muy
lejos del lugar en que se hallaba. No sabía que acogida le dispensarían estos
cuando se presentara, pero, estaba decidido a correr el riesgo.
Se
descolgó del árbol y, con los brazos en alto y las manos abiertas para demostrar
que iba en son de paz (se había enganchado al traje de baño el compás, en
una de cuyas puntas iba atravesada la caja de cerillas), empezó a andar
hacia ellos.
Los
indios iban armados de machetes solamente, y el primero que le vio, desenvainó
prontamente el suyo, pero viendo que iba con los brazos en alto y que no
llevaba nada en las manos, volvió a envainarlo y dijo algo a sus compañeros,
que se volvieron y aguardaron.
Trévelez
siguió andando hasta hallarse a pocos pasos de ellos. Luego se detuvo en seco y los miró detenidamente. Quería
ver si distinguía por sus facciones qué tribu pertenecían para hablarles en su
idioma si le era conocido. Por último, en la duda, decidió hablarles en
español primero y uno de los indios le contestó en el mismo idioma, intercalando
ciertas palabras indígenas era las que Trévelez reconoció, con agradable
sorpresa, el nahuatle, idioma en el que, desde aquel momento, continuó
su conversación.
-¿Dónde
estamos?-preguntó.
-Cerca
del río Usamacinta-le contestaron.
-¿Por
el lado de Méjico o Guatemala?
-Méjico.
-¿Sabéis
dónde está Piedras Negras?
Le
contestaron afirmativamente.
-¿Querréis
llevar allí un menaje?
Los
indios vacilaron, se miraron...
-Recibiréis
una buena recompensa-prometió Yuma.
Parecieron
ablandarse. Hubieran rechazado de plano la petición de un extraño
normalmente, pero el hecho de que aquel desconocido hablara con tanta facilidad
su idioma, su gran talla y la recia musculatura que se le veía, influyeron
mucho en el resultado.
-¿Qué
mensaje?-preguntó el que parecía el jefe de ellos.
Trévelez,
antes de salir de su encierro, había escrito rápidamente una nota por si tenía
ocasión de mandarla. Era demasiado grande el papel para poderle meter en la
caja de cerillas, pero, doblándole varias veces a lo largo, había podido
introducirle entre el cajoncito y la parte exterior de la caja. Sacóla ahora y
se lo entregó al indio.
Éste
lo desplegó, aunque estaba seguro Trévelez de que no sabría leer... y mucho
menos lo que allí iba. Vio diez o doce líneas escritas en cursiva corriente,
que evidentemente no entendió. Tampoco entendió lo que iba debajo, pero no
debía ser la primera vez que veía algo así, porque se volvió, excitado, hacia
sus compañeros, y señaló la serie de jeroglíficos mayas que Trévelez había
puesto al pie de la carta.
-¿Estáis
dispuestos a llevarlo?-preguntó.
El
indio, mirándole con cierto temor supersticioso, contestó afirmativamente.
-¿A
Piedras Negras?-dijo.
-Lo
más cerca posible.
-Y,
¿a quién lo hemos de entregar?
-Al
primer maya que encontréis. Enseñadle el papel. En cuanto él vea los símbolos,
sabrá a quién ha de ser entregado. Decidle que se os ha prometido una
recompensa por entregar el mensaje y, si él no puede dárosla, os conducirá a
quien pueda. ¿Habéis comprendido?
-Si.
-Decidle al propio tiempo
en dónde me habéis encontrado. Viajando hacia allá (señaló con la mano),
llegarán al sitio que menciono. Decidle que es el de la derecha. ¿Lo
recordaréis?
Los
indios contestaron afirmativamente. Trévelez se despidió de ellos, se encaramó
a un árbol y emprendió el camino de regreso. Tendría que darse prisa para
estar de vuelta a tiempo.
Afortunadamente, tuvo
bastante acierto, y aunque se desvió un poco del camino, no fue tanto como
había temido en un principio. Llegó al teocalí, recogió la linterna, y
cuando a las diez de la noche entraron en su encierro a llevarle la cena, le
encontraron sentado ante la mesa con una hoja llena de números.
CAPÍTULO VI
Trévelez, antes de ser
trasladado a la cámara más profunda de la pirámide, había reflexionado mucho
acerca de las ventajas e inconvenientes de su plan y creía haber previsto todas
las contingencias.
Los secuestradores le
habían dicho que habían transportado allá todo el material necesario para
construir un aparato igual al del difunto Deusto. Habíanle asegurado, por
añadidura, que dispondrían de la cantidad de energía eléctrica que fuera
preciso para su buen funcionamiento.
Esto no sólo demostraba que
hacía tiempo que preparaban aquello y habían ido trasladando cuanto les hiciera
falta paulatinamente antes de secuestrarle, sino que suponía en uno o varios
de los hombres conocimientos científicos. No podían haber escogido el material
necesario a menos de tener una idea bastante acertada de lo que era el aparato
en cuestión. Y el jefe de la banda, al mencionar el material de que disponían,
había hablado con la seguridad de quien sabe lo que hale falta y lo tiene todo
preparado.
Todo lo _cual convencía a
Trévelez de que no sería cosa fácil engañarles presentando fórmulas y cálculos
falsos que hubieran bastado para engañar a un profano.
Desde el primer momento
había supuesto que necesitaría días para desarrollar su plan y sólo podía
esperar ganar dicho tiempo si lograba convencer a sus secuestradores que había
cedido, sin reservas, ante sus exigencias.
Por consiguiente, no había
soñado ni por un momento engañarles-por lo menos al principio. Más adelante y
según se presentaran las cosas, reflexionaría de nuevo sobre el asunto.
De ahí que, sabiendo que el
jefe iba a hacerle una visita al día siguiente, hiciera todo lo necesario para
que éste viera que se ocupaba, en efecto, de estudiar la cuestión, procurando
que nada en sus cálculos fuera sospechoso.
Preparó, pues, un estudio
concienzudamente razonado, ateniéndose a la verdad. Ya podía tener aquel hombre
los conocimientos científicos que tuviera, no había peligro de que sospechase
nada, puesto que ninguna trampa habría en ellos.
De haber querido, aquella
noche misma hubiese podido tener terminado por completo el estudio y al día
siguiente hubiera podido empezarse a construir el aparato. Eso no pensaba
hacerlo, sin embargo. Su intención era hacer el desarrollo de las teorías de
Deusto de la manera más lenta posible para disponer del tiempo necesario para
sus planes.
Puso, pues, manos a la obra
después de cenar, y dejó preparado lo suficiente para convencer a quien se
presentara de que obraba de buena fe, y, seguro de que lo conseguiría, se quedó
dormido como un bendito no bien se dejó caer en la cama.
Estaba un poco dolorido. No
le había sido posible avanzar por la selva sin más protección que el traje de
baño sin cubrirse de arañazos y había sentido la picadura del sol en el cuerpo
desnudo. No obstante, no era tan buena la luz que iluminaba el cuarto para que
pudieran verse demasiado bien esos detalles. El encargado de llevarle la
comida no había notado en él nada anormal y confiaba que el otro tampoco se
fijaría en nada cuando se presentara al día siguiente. Y si se fijaba, sólo podría
creer que le habían sido producidos al ser trasladado desde el avión hasta la
pirámide. ¿Cómo iba a poder suponer que podía salirse de la pirámide desde
aquel cuarto y menos que, habiendo salido, regresase Trévelez a su encierro en
lugar de huir lo más lejos posible?
Fuera como fuese, la cosa
preocupaba muy poco al director del Instituto y, como ya hemos dicho, se echó
a dormir completamente tranquilo.
Mientras esto sucedía en la
pirámide, los indios con los que se entrevistara en la selva habían llegado a
las inmediaciones de Piedras Negras. Encontrar a un indio de raza maya fue
algo más difícil, sin embargo. Y acercarse a él cuando le encontraron lo iba a
ser mucho más aún. Tenían que convencerle primero de que iban en son de paz,
cosa un poco delicada si se encontraban con un indio solo, siendo ellos tres.
Les ayudó la necesidad de
separarse y buscar cada uno por su lado, puesto que uno hace menos ruido y
puede disimular su proximidad mucho mejor que tres. El primero que descubrió a
un maya se alejó nuevamente sin revelar su presencia, yendo en busca del que
llevaba la carta de Trévelez, y fue éste quien finalmente se dirigió al indio
con las manos en alto en son de paz y le presentó la carta.
La desconfianza que el maya
podía haber experimentado se desvaneció en cuanto vio los jeroglíficos.
Interrogó al portador del mensaje y éste le dio a conocer todo lo sucedido,
repitiendo al propio tiempo las instrucciones que les diera Trévelez y la
promesa de recompensa quo les había hecho
-Tendréis vuestra
recompensa-aseguró el maya-. Pero sólo uno de vosotros puede entregar
personalmente este mensaje y cobrar la recompensa. Los otros tendrán que
aguardar aquí. Llámalos.
Fueron llamados los dos
compañeros del mensajero y se les comunicó la necesidad de que dos de ellos
aguardaran. Se pusieron los tres de acuerdo y decidieron cuál de ellos había
de acompañar al maya. Una vez hecho esto, este último dio un grito singular y,
en contestación a él, aparecieron por entre los árboles otros cuatro
indígenas.
Tras unos momentos de
conversación, dos de ellos se quedaron a hacer compañía a los que habían de
aguardar, otro volvió a desaparecer por entre los árboles y los dos restantes
hicieron una seña al mensajero para que se preparara a seguirles.
-El que acaba de
marchar-explicó uno de ellos-, corre a anunciar nuestra llegada y a abrirnos el
camino.
Se internaron en la selva
en fila india, yendo el mensajero entre los otros dos y, al cabo de algún
tiempo, la comitiva se detuvo.
-Ningún extraño puede
entrar donde has de ir ni conocer el camino-dijo uno de los mayas-. Tendremos
que taparte los ojos.
El indio vaciló unos
instantes, pero acabó dejándose vendar los ojos con un trapo.
No supo dónde le llevaban.
Sólo se dio cuenta de que caminaba sobre piedras a veces y que en varias
ocasiones tuvieron que sujetarle sus compañeros para que no cayera. Tuvo, en
ciertos momentos, la sensación de que caminaba bajo tierra por el olor y por
la diferencia de temperatura, pero no hubiera podido asegurarlo. Subió y bajó varias
veces por lugares muy pendientes y, por fin, le hicieron detenerse y le
quitaron la venda.
Se hallaba parado ante una
casa ante un valle poblado de grandes edificios. Miró a su alrededor con
asombro. En su vida había sospechado la existencia de semejante lugar siquiera.
No le dieron mucho tiempo
para maravillarse, sin embargo. Sus guías le hicieron entrar en la casa, cuya
puerta había sido abierta, y fue conducido inmediatamente a presencia de un
hombre de venerable aspecto, a quien hubo de repetirle lo que había dicho a
los mayas.
El desconocido aceptó el
mensaje que le entregó, dio las gracias al indio y ordenó que se le diera algo
de comer, así como una buena recompensa, tras lo cual debía ser conducido
nuevamente al lugar en que lo aguardaban sus compañeros.
No habían hecho más que
llevarse al indio, cuando el anciano leyó el mensaje y, sin perder momento, se
dispuso a seguir al pie de la letra las instrucciones que éste contenía.
El resultado de ello fue
que, unos minutos mas tarde, cuatro hombres escogidos salían del valle con
dos maletines uno, con las cosas que ellos necesitaban, el otro, para ser
entregado a Trévelez.
*****
Trévelez se levantó al
despertarse sin tener la menor noción de la hora que era. Encendió la linterna
que había apagado al echarse y repasó lo que había hecho el día anterior. En
ello estaba ocupado cuando se abrió la puerta y, con gran sorpresa suya, le
sirvieron desayuno, cosa que era la primera vez que hacían.
Consistía éste en una taza
de café caliente, una torta de maíz y un poco de carne. Sin duda, en vista de
que había decidido amoldarse a sus antojos, sus secuestradores habían decidido
mejorar su dieta. No había hecho más que consumirlo, cuando volvió a abrirse
la puerta para dar paso al jefe.
-Buenos días, señor
Trévelez-le dijo, con amabilidad-. Espero que habrá encontrado todo a
satisfacción suya y que habrá descansado bien en esa cama.
-He descansado divinamente,
gracias. Y la tranquilidad de que se goza aquí abajo es un aliciente para el
trabajo intelectual. Pero no puedo decir que haya encontrado aquí todo lo que
esperaba.
-¿Qué le falta?
-Un medio de medir el
tiempo, en primer lugar. Es un poco desconcertante no saber cuándo es de noche
y cuándo de día. No tengo más guía que la llegada del carcelero con mi comida.
Y por la noche, cuando me despierto, no sé si lo hago porque ha llegado la hora
en que tengo por costumbre levantarme, o si es que algo ha interrumpido momentáneamente
mi sueño. Tengo que guiarme por el estado en que me encuentro para levantarme
o dar media vuelta y volverme a dormir. ¿Qué inconveniente hay en que tenga
aquí un reloj?
-Ninguno-se apresuró a
decir el hombre-, salvo que no sé si podré encontrar uno disponible que
prestarle. Lo miraré, y, si hay manera, cuente usted con él. ¿Qué mas ha echado
de menos?
-Un traje. Hubieran hecho
bien con traerse el mío cuando me secuestraron. Empiezo a cansarme de ir en
traje de baño.
-No trajeron su traje por
dos razones-contestó el jefe de los secuestradores-. En primer lugar, temían
ser descubiertos si se entretenían. En segundo lugar, tenían que, si se
llevaban su traje, hubiera algo oculto en él que, más adelante, pudiera
servirle para hacerles daño o para facilitarle a usted la fuga.
-Eso era fácil de
comprobar, registrándolo.
-Pueden ocultarse algunas
cosas tan bien, que no se encuentran al hacer el registro.
-¿Y mis zapatos?
-Los dejaron atrás por
idéntico motivo. De todas formas, si el clima no hubiera sido benigno, le
hubiéramos proporcionado con qué cubrirse. No obstante, si usted quiere, le
mandaré un pantalón y una camisa... aunque yo, en su lugar, preferiría ir como
va. Desde luego se encontrará más fresco.
-Le agradeceré que me mande
la camisa y el pantalón que me ofrece. En cuanto a zapatos...
-Eso es más difícil. Sería
una casualidad que le fueran bien los zapatos de ninguno de nosotros...
Advirtiéndole que somos pocos los que tenemos aquí más de un par de zapatos.
Haremos lo que podamos. Ahora hablemos de otra cosa que nos interesa más a
ambos. ¿Ha empezado usted a hacer sus cálculos?
-Sí.
-¿Ha adelantado mucho?
-No más de lo que yo
esperaba. Ya le dije que necesitaba unos días para completarlos. No quiero que
haya un fallo a última hora y lo achaque usted a mala fe por mi parte. Hasta
ahora, no he hecho más que desarrollar el razonamiento de Deusto, probando y
comprobando las operaciones a cada paso y no dando un paso adelante hasta
estar seguro de que lo que llevo hecho, está de acuerdo con los principios
fundamentales de la cuestión que se ha de resolver.
-Me gustaría ver esos
cálculos.
-No tengo inconveniente en
enseñárselos... aunque dudo que saque usted nada en limpio de ellos.
Si con esta afirmación
esperaba averiguar los conocimientos que el jefe de la cuadrilla tenía del asunto,
fracasó por completo. Este no dijo nada que le sacara de dudas. Le enseñó dos
o tres papeles cubiertos de cifras.
-Aquí los tiene-dijo.
El hombre tomó los papeles
y los examinó atentamente. Estuvo haciéndolo tanto rato, que Trévelez se
alegró de no haber intentado engañarle. Era evidente que sabía lo que se traía
entre manos.
-Por lo que veo-anunció,
por fin-, ha empezado usted sentando un caso hipotético. Ha supuesto que se
desea obtener ondas de una frecuencia determinada y ha calculado el potencial
eléctrico necesario para producirlas, la capacidad de los condensadores, las
resistencias, transformadores y todo eso...
-En efecto-asintió
Trévelez-. Veo que entiende usted algo de eso.
-Mucho más de lo que usted
se supone-respondió el otro, con sequedad-. Lo bastante, incluso, para darme
cuenta de que aquí no hay más que fórmulas para obtener distintas frecuencias,
sin que, en ningún caso, haya abordado la cuestión principal: la forma de
emitir esas ondas sin que haya desperdicio y el procedimiento para dirigirlas
contra un objeto determinado y concentrarlas en él. Tampoco ha tocado otro
punto: el de conseguir cambiar la frecuencia de las ondas a voluntad en plena
transmisión. Hasta ahora no ha hecho más que exponer datos que nosotros
conocemos ya.
-La culpa es suya y no
mía-respondió Trévelez-. No tenía la menor idea de lo que pudieran ustedes
conocer. Si me lo hubieran dicho, y explicado hasta dónde habían llegado en sus
experimentos, hubiera podido yo seguir adelante desde ese punto y ahorrar
tiempo. Lo natural era que empezase yo por el principio para que comprendiesen
mejor. De no hacerlo así, me exponía a que me dijeran que no comprendían cómo
había llegado yo a las conclusiones que les presentara, e incluso que,
sospechasen que intentaba engañarles.
El hombre pareció
comprender que a Trévelez le asistía la razón, porque no insistió sobre ese
punto, limitándose a preguntar:
-¿Qué fue, exactamente, lo
que dijo Deusto cuando solicitó la ayuda del Instituto? ¿Tiene inconveniente
en decirlo?
-Puesto que he decidido
ayudarles a construir el aparato, no veo razón para ocultarle eso. Me dijo que
estaba haciendo ciertos estudios relacionados con la teoría atómica y con las
propiedades y su potencia vibratoria. Me aseguró que había partido de los últimos
descubrimientos hechos por la Ciencia, ampliándolos y que, gracias a ello,
esperaba poder dotar a los barcos con un medio para luchar contra los témpanos
de hielo, escollos y bajíos. Era posible que su invento tuviera muchas otras
aplicaciones, pero su primera idea había sido ésa.
-Y... ¿le bastó a usted eso
para brindarle protección?-exclamó el otro, con incredulidad.
-Me hubiera bastado si
hubiese estado seguro de que conocía él las propiedades de los cuerpos tan a
fondo como pretendía.
-Pero usted no tenía esa
seguridad.
-No.
-¿Cómo pudo usted
adquirirla?
-Le dije que me tratara
como si no tuviera yo la menor noción de esas
cosas y que me explicara, de forma que pudiera entenderla un profano, la teoría
de las vibraciones y la aplicación que él pensaba hacer de ella. Mi objeto,
naturalmente, era descubrir si conocía lo bastante el asunto para tener
probabilidades de perfeccionar el invento de que hablaba. Las explicaciones
que me dio me convencieron y ya no tuve inconveniente en ayudarle.
-¿Qué explicaciones fueron
ésas?
-Si ha entendido mis
anotaciones, debe usted conocer, divinamente, esas teorías. Sería una pérdida
de tiempo repetirlas.
-No obstante, quisiera
escucharlas. Le digo lo que dijo usted al inventor, señor Trévelez. Haga como
si hablara con un profano. Es posible que en su explicación haya algún dato que
a mí se me escapara y que, escuchándole, vea más clara la solución del asunto.
-Como usted guste-repuso
Trévelez, cuyo principal objeto era lograr que el hombre confiara en él si ello
era posible-. Emplearé, tan aproximadamente como me sea posible, las mismas
palabras que empleó Deusto. Empezó hablando del tan sabido experimento de la
copa de cristal. ¿Es necesario que lo repita?
-Ya le he dicho que debe
hablar como si a un profano se dirigiera-le respondió el otro.
-Sea. Si he de hablarle
como quien habla a un profano, señor Trévelez, me dijo, he de principiar
hablando de los que, con sólo cantar unas notas determinadas, rompen una copa
de cristal fino. Quien conoce la nota vibratoria de una cosa, conoce el medio
de destruirla. Eso es lo que hacen esos señores.
»Si toma una copa de
cristal y le da un golpe, observará que emite una nota musical. Esa nota la
emite el cristal al vibrar. Si vibrara a esa misma velocidad o frecuencia
durante un rato, el cristal no podría resistirlo y estallaría. Pues bien, si
una persona acierta a cantar esa misma nota y prolongarla, hará que el cristal,
afectado por la vibración de su voz, vibre a su vez y acabe estallando. Ese es
el secreto de romper copas con la voz.
-Hasta ahí-interrumpió el
jefe de los secuestradores-, no he sacado ninguna idea nueva.
-Ya se lo advertí-dijo
Trévelez-. Pero, usted insistió en que se lo contara.
-Sí, y sigo insistiendo.
Continúe.
-Todas las cosas vibran.
Todas las cosas tienen su nota característica. Mientras la vibración de un
objeto sea normal, el objeto subsiste. Si lográramos, sin embargo, elevar la
frecuencia de sus vibraciones, llegaría un momento en que la capacidad
vibratoria del objeto sería rebasada. La vibración sería tan fuerte, que sería
impotente contra ella la ley de cohesión, que es la que hace que las moléculas
permanezcan unidas y, al disgregarse éstas, el objeto se convertiría en polvo.
Hay medios científicos para conseguir, ese fin. Si se logra emitir una serie
de ondas de la misma frecuencia vibratoria que el objeto que se quiere destruir,
se establece con él una especie de relación simpática. Basta ir aumentando
poco a poco la frecuencia de las ondas para que el objeto, en simpatía ya con
ellas, vibre al unísono y así se va consiguiendo que sea el objeto mismo el que
emita su propia nota, hasta destruirse.
-Y ¿cómo puede conseguirse
eso?-inquirió el hombre, interrumpiendo de nuevo.
-Eso mismo le pregunté yo a
Deusto. Y él me contestó que en ello consistía su invento. Creía haber
descubierto un medio de emitir ondas de elevadísima frecuencia en una
dirección determinada.
-¿Cómo dijo que lograba
eso?
-No lo dijo, ni insistí yo
en que me lo dijera. Con lo dicho me demostraba que no hablaba por hablar, que
tenía suficientes conocimientos para llevar a cabo el trabajo que se proponía.
Le extendí, por consiguiente, todas las facilidades que podía brindarle el
Instituto.
-Y ¿es eso todo cuanto pudo
averiguar?-inquirió el otro, con evidente desilusión.
-No. De vez en cuando me
daba yo una vuelta por los talleres y laboratorios para hablar con los
inventores que había por entonces alojados en el instituto. En el curso de
estas vueltas, vi trabajar a Deusto y presencié, en parte, la construcción del
aparato, que, como usted no ignora, dio un resultado magnífico.
-¿Espera usted poder
reproducirlo?
-Con tiempo, sí. Estoy
completamente seguro de que cuando haya terminado de hacer cálculos podré
dibujar los planos de un aparato que haga todo lo que hacía el de Deusto...
teóricamente, por lo menos. Después será cuestión de construirlo y probarlo.
Claro está que será preciso afinarlo. Ya sabe que siempre se presentan ciertas
dificultades en la práctica, pero es fácil superarlas.
-¿Cuándo cree usted que
tendrá listos los cálculos?
-Le repito lo que ya le
dije. Aseguré que necesitaba tres días por la menos, aunque bien pudieran ser
más. Es posible que mañana haya resuelto la parte teórica. No obstante, si
quiere pasar a verme mañana a estas horas, le enseñaré hasta dónde he llegado
para entonces. También creo que podré, en ese momento, decirle con mayor seguridad
cuándo quedará terminado todo.
-Bien, volveré mañana a
estas horas entonces. Haga un esfuerzo por terminarlo todo pronto•
-Le aseguro-contestó
Trévelez-, que tengo más ganas que usted de completar mi trabajo. No encuentro
nada agradable tener que permanecer aquí encerrado y quiero conseguir que se
me ponga en libertad lo más aprisa posible.
CAPÍTULO VII
NOTICIAS POR
FIN
Trévelez estaba satisfecho
del resultado de la visita. Había podido observar que el jefe de los
secuestradores, se marchaba convencido de que su prisionero estaba dispuesto a
cooperar con él hasta el fin. Y este convencimiento lo había adquirido no tanto
por las cifras que había visto inscritas en las hojas de papel, sino por la
facilidad con que Trévelez había hablado de sus conversaciones con Deusto.
Ahora estaba seguro el director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas que podría ganar todo el tiempo que necesitara para madura sus
planes.
Que la aparente sinceridad
de Trévelez había causado una agradable impresión en los secuestradores,
quedó demostrado unos minutos después. Se presentó uno de los hombres con un
reloj de bolsillo, un pantalón, una camisa y unos zapatos.
La camisa le venía bien de
todo menos de cuello, pero podía llevarla con el cuello desabrochado. El
pantalón era un poco corto y estrecho, lo que no impidió que se lo pusiese. Los
zapatos, en cambio, resultaron un poco grandes, cosa afortunadamente
remediable, pues tenía papel suficiente allí para hacerse plantillas que le
permitieron ponérselos.
Dejó
el reloj sobre la mesa y, a las doce en punto del mismo, le llevaron de comer.
Se alimentó sin prisas. Su intención era salir de nuevo por la galería de
detrás del altar, pero no sabía si los indios a quienes diera el mensaje habían
podido encontrar a su llegada a maya alguno o si habrían tenido que rondar toda
la noche por los alrededores de Piedras Negras. Quería dar tiempo a que su
mensaje fuera recibido y contestado.
Sería un poco más de la una
cuando volvió a tomar la linterna, se guardó el reloj en el bolsillo e hizo
girar el altar. No siguió la galería de la derecha esta vez, sin embargo, sino
la de la izquierda. Quería saber en qué estado se encontraba, por si tenía
necesidad de hacer uso de ella alguna vez.
Pocos metros de ella había
recorrido, cuando hizo un descubrimiento. La pared derecha del túnel estaba
hundida, pero hacía el otro lado, de suerte que no obstruía el paso. En lugar
de seguir por la galería, se introdujo por el agujero y, haciendo equilibrios
sobre los escombros, pronto se dio cuenta de que lo que había sospechado era
cierto. Era de aquel lado de donde procedían los escombros que tapiaban la
galería central, pero habían caído de tal forma, que no impedían el paso de
una galería a otra y, lo que era más importante, el hueco quedaba por detrás de
la obstrucción. Decidió, por consiguiente, explorar la galería central, ya que
se le presentaba ocasión de hacerlo.
No encontró más lugares
desmoronados en todo el camino y, al desembocar en la cámara del templo
central, encontró que todo el teocalí se hallaba en mejor estado de
conservación que el que visitara el día anterior.
Recorrió
los pasillos hasta la escalera ascendente, por la que subió sin tropiezo. La
cámara de arriba tenía techumbre y paredes y la gran sala de la meseta, aunque
hundida en algunos lados, estaba poco menos que intacta comparado con la del
templo de la derecha y la de la pirámide.
Salió a la meseta. Ésta no
se había librado de la invasión de la selva, y de tal suerte habían arraigado
árboles y plantas sobre la propia meseta y los lados, que, a pesar de hallarse
mejor conservado, el templo estaba mucho más oculto que los otros. Pudo
observar incluso que encima del mismo habían echado raíces tres árboles que
contribuían en gran manera a esconderlo.
Bajó de nuevo y volvió a la
galería, recorriéndola hasta llegar a la obstrucción. Al pasar a la galería de
la izquierda, consultó el reloj. Más valdría, pensó, dar un poco de tiempo más
a los que esperaba. Con esta intención, echó a andar por el túnel aquel,
decidido a explorarlo también. Era el único que le faltaba conocer. Tenía
tiempo para hacerlo.
Estaba bastante
deteriorado, pero transitable. Llegó al final, quitó las cuñas, empujó el
muro. No bien se abrió la puerta secreta v cuando estaba a punto de entrar en
la cámara, oyó un ruido lejano que le obligó a detenerse y prestar atención.
El sonido era demasiado débil para que pudiera identificarlo con seguridad,
pero le pareció algo así como el de un motor.
Aquel ruido suponía la
proximidad de seres humanos. Hubiera querido investigarlo, pero comprendía que
era una imprudencia hacerlo. Si avanzaba con la linterna, ésta sería visible a
gran distancia en la oscuridad. Si lo hacía sin ella, se exponía a caer en
algún hoyo, a tropezar con escombros, a producir ruido que delatara su
presencia. Y, de ser sorprendido allí, no sólo se echarían a perder todos sus
planes, sino que correría peligro de muerte.
Optó por dejar la
exploración del tercer templo para más adelante, cerró el muro y deshizo lo
andado hasta llegar al punto de conjunción de las tres galerías. Luego tiró
por la de la derecha, como el día anterior.
Nada obstruyó su paso. El
muro del fondo cedió a la presión de su cuerpo. Pasó a la cámara, recorrió los
pasillos. Llegó a la estropeada escalera.
Apenas se abrió paso por
entre la maleza y salió a las ruinas de la cámara superior, cuando una voz
dijo a su oído:
-Aquí estamos, jefe.
El hecho de qué la voz
pareciera surgir del aire, de que no hubiera persona alguna visible, no
pareció extrañar a Trévelez.
-¿Habéis traído lo que os
pedí?-inquirió.
-Aquí está todo-le
respondió la voz.
Y sintió que le acercaban
un maletín a la mano.
Lo tomó y dijo:
-¿Cuántos sois?
-Los que pidió usted, jefe.
Cuatro.
Y al decir esto,
aparecieron de pronto como suspendidas en el aire, cuatro cabezas. Los enviados
del valle oculto parecían ir envueltos en capas iguales a las de Yuma-capas
que habrían transportado hasta allí dentro del segundo maletín, seguramente.
-Bien-dijo Trévelez-. Tú (señaló
a uno de ellos), vas a encargarte de buscar un campo de aterrizaje que debe
haber por los alrededores. Entérate de lo que hay en él y avísame. Si hay
algún avión allí, aprovecha la primera ocasión que se te presente para
inutilizarle. Hazlo de manera que cueste trabajo averiguar lo que le pasa y
arreglarlo, pero de tal forma que, de necesitarlo nosotros, podamos tenerle en
condiciones de volar en unos minutos. ¿Comprendes?
-Sí, jefe.
-Permanece vigilándolo si
lo encuentras. Notifícame el número de hombres que hay en él o que se acerquen
a él.
-Bien, jefe.
-Nada más. Ya te daré
nuevas instrucciones si es preciso. Puedes marcharte.
La cabeza desapareció y,
aunque se oyó un leve rumor entre las ramas, delatando el paso del que había
marchado, no se vio en ningún momento parte alguna de su cuerpo, cosa extraña,
puesto que lo más natural era que las ramas separaran alguna vez la capa o
que, al alzar el hombre los pies, ésta se enganchara. Tampoco esto pareció
llamar la atención del director del Instituto, que, encarándose con los otros
tres hombres, les dijo:
-Seguidme.
Bajó la escalera, recorrió
los pasillos, volvió a la cámara de abajo, abrió la puerta secreta.
Caminó en silencio seguido
de los tres hombres. Al llegar a la confluencia de las tres galerías, se
detuvo. Explicó primeramente lo que había oído al final del túnel de la
izquierda. Luego ordenó a uno de los tres:
-Ve a ver qué hay allí. Ten
cuidado. Si eres descubierto fracasará mi plan.
-No seré descubierto, jefe.
El hombre marchó.
Antes de seguir adelante,
Trévelez depositó el maletín en el suelo y lo abrió. Estaba lleno. Contenía,
entre otras cosas, una pistola, municiones, varios estuches, un reloj de
pulsera, una pila eléctrica de bolsillo, un auricular del tamaño de una
avellana, de los que había inventado, el propio Trévelez y... algo que merece
párrafo aparte.
En un rincón del maletín
había dos prendas. Una de ellas era una copia exacta de la maravillosa capa
inventada por el director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas, capa que tenía la virtud de hacerle invisible.
Negra por un lado, la capa
refractaba los rayos luminosos por el otro sin reflejarlos, por lo que todo
lo que bajo ella se hallaba desaparecía de la vista. Bastaba que, volviese la
capa del revés del derecho para hacerse visible o desaparecer como humo disipado
por el viento. Y era de un tejido tan tenue, a pesar de ser muy fuerte, que una
vez doblada, apenas ocupaba sitio y podía meterse holgadamente en un bolsillo.
Eso fue lo que hizo
Trévelez con ella en aquel momento. La sacó, la dobló y la guardó en el
bolsillo del pantalón, donde ni siquiera se notó su bulto.
La segunda prenda explicaba
por qué el roce de las ramas no había dejado parte alguna visible del cuerpo
del recién llegado del valle. Era una especie de mono, mejor dicho, una
especie de traje de buzo, puesto que el pantalón terminaba en unas botas que
formaban parte integrante del conjunto. Este traje, que tenía las mismas
propiedades que la capa, reunía en sí algunas otras ventajas. Tenía la
consistencia del cuero, pero era flexible como piel de ante. Las extremidades
eran mucho más gruesas aún, hasta cerca de la rodilla, y la bota era tan
invisible por la parte de la suela como todo el resto del traje.
Gracias a todo esto, el que
lo llevara puesto podía moverse con entera libertad, sin temor a que
movimiento alguno suyo, por brusco que fuera, pudiera dejarle al descubierto.
Podía subirse a los árboles sin perder su invisibilidad y era el traje lo
bastante grueso para resistir el roce de las ramas sin rasgarse y para proteger
a quien lo llevara contra las mordeduras de serpientes y los zarpazos de las
fieras, cuyas garras, por afiladas que fueran, no podían perforarlo.
Era el traje ideado por
Trévelez para poder viajar, invisible, por la selva. Y, naturalmente, carecía
de una de las propiedades de la capa, no podía doblarse, como ella, hasta
quedar reducido al bulto de un pañuelo. Era voluminoso, pero, teniendo en
cuenta el uso a que estaba destinado, eso era lo de menos.
Dejó el traje de momento
dentro del maletín y sacó el reloj. Para los lectores de esta colección, el
reloj en cuestión no tiene ya secretos. Es un poco más grande y bastante más
grueso que un reloj de pulsera corriente, pese a lo cual, su maquinaria ocupa
escasamente la tercera parte de la caja. Debajo de la esfera, una serie de
minúsculos electroimanes y de piezas extrañas convertían el reloj en
maravilloso receptor y transmisor radiotelegráfico. Sólo recibía y transmitía
en Morse, y una pequeña palanca que sobresalía de la parte de atrás
marcaba los puntos y las rayas haciendo una leve presión sobre la piel.
Últimamente, Trévelez lo
había dotado de un nuevo perfeccionamiento. Acoplando al reloj el minúsculo
auricular que hemos mencionado, podía recibir los mensajes que fueran «hablados»
ante un micrófono en el punto de emisión, lo que resultaba más rápido y menos
engorroso que el procedimiento de puntos y rayas. Y si se llevaban puestos al
propio tiempo los botones o adornos televisores, invención del propio Trévelez,
toda conversación sostenida en sus inmediaciones era captada por dichos botones
y transmitidas en la misma onda televisora, de suerte que, allá en casa de
Garvez, en Barcelona, o, en cualquier otra parte que hubiese una instalación
adecuada, no solamente podían escucharse tales conversaciones, sino que podía
verse el lugar en que se celebraban en una pantalla fluorescente. Este invento
le había hecho posible a Trévelez conversar normalmente con los agentes de
Yuma y ver, al propio tiempo, todo lo que ellos vieran. Cuando las circunstancias
no permitían hacer uso del televisor o del auricular, siempre quedaba el
recurso de emplear el procedimiento Morse.
Trévelez, en aquellos
momentos, no podía llevar cosa alguna a la vista que no le hubiera sido dada
por el jefe de los secuestradores, pero, como no quería hallarse por más
tiempo sin el reloj por lo menos, había encontrado una manera de solucionar el
problema. Creyendo que tendría que conformarse con ir en traje de baño, había
pedido que el reloj que le enviasen llevara una correa larga, lo bastante para
darle la vuelta al cuerpo. Lo llevaría a la cintura, debajo del traje de baño,
y recibiría los mensajes que se le enviaran por presión contra la piel del
vientre.
En vista de que le habían
dado un pantalón, sin embargo, cortó parte de la correa y, en lugar de
sujetárselo a la cintura, se alzó la pernera del pantalón y se lo colocó en el
muslo. Esto tenía la ventaja que había menos peligro de que fuera descubierto
y, sin embargo, dejaba el reloj en un lugar fácilmente asequible sin llamar
la atención para expedir él mensajes si le convenía.
Como aún tenía tiempo antes
de que le llevaran la cena, decidió expedir su primer mensaje desde la galería
misma, para poder hacerlo hablando en lugar de recurrir al Morse.
Con dicho fin, acopló el
auricular al reloj y a la pila eléctrica de bolsillo, se lo encajó en el oído y
usó uno de los botones televisores que había en el maletín para hablar él y
permitir que su interlocutor pudiera verle la cara.
Hecho esto, oprimió la
corona del reloj de pulsera, llamando:
-A... A... A...
Comprendía que Garvez y los
demás agentes estarían consternados por su desaparición y quería
tranquilizarles.
No tardó en recibir
contestación.
-A-marcó la palanquita.
-Use pantalla-ordenó
Trévelez.
-Ya-le respondieron a los
pocos instantes.
El hecho de que la pantalla
funcionara, suponía que Garvez podía oír
cuanto dijese, conque, abandonando el reloj, dijo:
-Puede usted hablarme,
Garvez. Llevo auricular de momento.
Sonó en sus oídos la voz
del jefe de los agentes, voz que en vano intentaba disimular su emoción y su
alegría.
-¡Jefe! ¡Si no lo estuviera
viendo no creería que era usted! ¡Hemos pasado momentos muy amargos! Pudimos
dar con sus huellas parte del camino, pero las perdimos...
-Dispongo de poco tiempo
ahora, Garvez, informe.
Trévelez cambió de tono,
convirtiéndose en el disciplinado jefe de agentes de siempre. En pocas
palabras explicó cómo había sido descubierta su desaparición, todo cuanto se
había hecho por dar con su paradero, lo que habían podido averiguar de la ruta
seguida por el avión en que le llevaban los secuestradores. Terminó
mencionando la preocupación que habían tenido todos, en especial la doctora
Arana y Samara, que no hacían más que presentarse en su casa a proponerle
nuevos medios para encontrarle.
-La doctora se halla aquí
en este momento-terminó diciendo-. Le está viendo en la pantalla. Y en mi
vida he visto mayor alegría reflejada en un semblante.
Trévelez sonrió con
ternura, a pesar suyo.
-Ánimo, Dolores-dijo, con
dulzura-. Estoy sano y salvo. No es tan fácil matarme a mí, como algunos creen.
La doctora le contestó con
unas palabras casi ininteligibles. Era tan grande su emoción que apenas podía
hablar.
-Y ahora-prosiguió
Trévelez-, voy a contarles en breves palabras lo sucedido. El tiempo apremia.
Escuchen.
Contó lo más concisamente
posible cuanto le había ocurrido.
-¿Qué órdenes hay?-inquirió
Garvez, cuando hubo terminado.
-De momento, ninguna. Es
decir, sí, hay una. Que nadie, fuera de los agentes, sepa una palabra de que
se conoce ya mi paradero. Avise a todos. Estos hombres deben tener agentes en
España, y si corriera la noticia de que se sabe dónde estoy, llegaría
inmediatamente a sus oídos y todo se echaría a perder. Tengo indicios de que
poseen una estación radiotelegráfica.
-Alguien debiera marchar
allá, jefe. Cuando Samara se entere, trabajo me va a costar sujetarle.
-Perdería el tiempo
viniendo. Antes de que él o ningún otro pueda llegar, es muy posible que esta
aventura haya tenido ya su desenlace. En cuanto a ayuda se refiere, ya la tengo.
Me hice mandar hombres del valle junto con el reloj y el televisor que estoy
usando. Tengo a cuatro a mi lado en este instante. Que no se mueva nadie de
allí a menos que dé yo órdenes contrarias. Es muy posible que haya que cazar a
alguno allí también dentro de poco. ¿Ha comprendido?
-Sí, jefe.
-Si tuviera algo que
decirme en algún momento, recurra al Morse. No podré usar el televisor
ni el auricular mientras finja ser prisionero.
-Bien, jefe.
-Adiós, pues... Adiós,
Dolores...
-Hasta pronto, jefe. Si no
vuelve pronto iremos a buscarle.
Trévelez volvió a sonreír.
Luego soltó el televisor y desconectó el auricular.
Tomó la pistola y dijo,
entregándosela a uno de los agentes que tenía a su lado
-Tú permanecerás cerca de
mí en todo momento a menos que te ordene yo lo contrario. Guárdame la pistola.
Es conveniente que la tenga a mano, pero, no puedo llevarla yo encima.
El hombre obedeció.
Trévelez cerró la maleta de
nuevo y los tres volvieron a ponerse en marcha.
Al llegar a la pared del
fondo, depositó el maletín a un lado y, abriendo la puerta secreta, entró en
la cámara que le servía de encierro, acompañado de los dos agentes.
CAPÍTULO VIII
PRIMEROS
RESULTADOS
Una vez vuelto el altar a
su sitio, Trévelez le dijo al agente a quien había entregado la pistola:
-Como ya te he dicho, tú no
debes moverte de mi lado. En cuanto a ti (agregó dirigiéndose al otro),
aprovecharás el momento en que me traigan de comer para salir de aquí. Has de
seguir al que me traiga la comida y ver dónde va. Necesito saber cuántos hombres
hay en este sitio y todo lo que se pueda averiguar de ellos. También conviene
que sepamos qué instalaciones hay aquí... a qué se dedica cada uno de los
cuartos.
-Bien,
jefe.
-Tal vez sea mejor que no
salgas hoy. Puedes esperar hasta mañana por la mañana, salir a la hora del
desayuno y volver aquí a la hora de cenar, a menos que por lo que averigües
parezca conveniente que permanezcas fuera. No obstante, habrá que resolver el
problema de la comida para vosotros...
-La cuestión de la comida
es fácil de resolver, jefe. En primer lugar, todos llevamos alimentos
concentrados para tres días, que podernos usar en caso de apuro. De todas
formas, andando por el interior de la pirámide, puedo dar con la despensa de
esta gente y ahorrar lo que llevo. En cuanto a esperar hasta mañana no es
necesario. Supongo que a usted le interesa averiguar esas cosas lo más aprisa
posible. Puedo permanecer toda la noche fuera. Creo que será más fácil explorar
la pirámide mientras todos duermen. Yo, por mi parte, no tengo sueño.
-Bien. En tal caso sal esta
noche.
Así quedó acordado, y el
director del Instituto volvió a ocupar la silla junto a la mesa para hacer una
serie de cifras nuevas. Había tomado una determinación ya. Daría la verdadera
explicación a los secuestradores y se ofrecería él mismo a construirles el
aparato emisor. Con ello ganaría todo el tiempo que fuera preciso. Riesgo no
corría ninguno. No pensaba dar lugar a los hombres a que aprovecharan lo que
él les revelara.
No obstante, aun en el
supuesto de que alguno de ellos pudiera escapar con el secreto, de nada le
serviría. De la conversación sostenida con el jefe, Trévelez había deducido
que éste creía que bastaba el aparato emisor para conseguir los resultados
apetecidos. Creía que el aparato condensaría las ondas y las proyectaría
directamente. En realidad, como no ignoran aquellos de nuestros lectores que
han leído «Una conspiración diabólica», era preciso hacer uso de un
condensador en el punto en, que se concentraran los rayos, detalle que no se
les había ocurrido a los desconocidos.
Por consiguiente, aun
construyendo un aparato enteramente igual al de Deusto, ningún daño podría
hacerse con él. Si era preciso llegar a hacer pruebas para ganar aún más
tiempo, ya se las arreglaría para salir airoso de ellas o, si esto no era
posible, encontraría una excusa que convenciera a sus secuestradores.
Éstos
no desconfiarían ya de él, puesto que no habrían podido hallar intento alguno de
engañar ni en sus cálculos ni en sus planos.
Continuó trabajando hasta
la hora de cenar. El agente señalado para llevar a cabo esa tarea salió
inmediatamente que se abrió la puerta.
Aun no había tenido tiempo
de empezar a cenar Trévelez, sin embargo, cuando sintió contra el muslo la
presión de la palanquita del reloj de pulsera. Se metió la mano en el bolsillo
y, por el agujero que había hecho en el forro, alcanzó la corona del reloj y
dio la contraseña que anunciaba que estaba preparado para recibir el mensaje.
La palanquita se puso a
deletrear:
-XV... Grupo electro
generador a gasolina instalado teocalí izquierda. Habitaciones sirven
almacén gasolina, municiones, provisiones, piezas distintas clases. Hay camas
para cuatro hombres. Sigo investigando.
-Bien.
-¿Ordenes?
-Ninguna
nueva. Continúe e informe.
Terminó la comunicación. El
agente la cerró -emitiendo de nuevo las mismas dos consonantes que al
principio. La X era la contraseña del agente; la V indicaba que pertenecía al
valle. Así no había peligro que se le confundiera con el agente X de cualquier
otro sitio.
De lo que había dicho,
Trévelez sacó varias conclusiones. Era evidente que el ruido que oyera él al
abrir la puerta secreta de la cámara era el del motor de gasolina. Así
resultaba que la electricidad de que había hablado el jefe de los secuestradores
se generaba en el templo de la izquierda y no en la pirámide. ¿Por qué?
Seguramente porque éste resultaba más asequible desde el lugar de aterrizaje
de los aviones..
El trasladar el grupo
generador y el combustible desde el aeródromo hasta la pirámide resultaría muy
pesado y difícil y por eso se habría escogido el teocalí aquel para la
instalación. No era de creer, sin embargo, que la estación radiotelegráfica
estuviera instalada cerca del grupo generador. El jefe y algunos de los hombres
se habían trasladado a la pirámide por estar más escondida y ofrecer un refugio
más seguro, pero no se resignarían a estar incomunicados con el mundo exterior.
La estación de radio tenía que estar allí-lo que suponía que había sido tendido
un cable desde el teocalí para suministrar la corriente. No recordaba
haber visto rastro alguno del cable en cuestión al salir a la meseta en
compañía de sus carceleros, pero eso no quería decir nada. Resultaba muy fácil
ocultar una cosa así entre la maleza.
Mucho hubieran dado
aquellos hombres por conocer la existencia de los pasadizos subterráneos que
establecían comunicación entre los dos monumentos Era evidente que no tenían la
menor noticia de ello. Hubiera sido imposible tender un cable por la galería
sin que se viese y, además, éste hubiese tenido que entrar en la pirámide por
el altar... y allí no había ningún cable. Además se había cedido a la petición
suya, encerrándole en aquella cámara. De haber sabido los secuestradores que
existía comunicación entre ésta y el exterior, jamás le hubieran permitido
ocuparla. Un detalle más: para pasar de un monumento a otro por los túneles,
era preciso cruzar la cámara en que se hallaba Trévelez-y nadie había cruzado
por allá.
Terminó de cenar en el
momento en que la palanquita marcaba una nueva llamada. Aquella vez era el
agente BV el que había recibido la orden, allá en teocalí de la
derecha, de buscar el aeródromo y vigilarlo.
El mensaje suyo acabó de
aclarar muchos puntos. Decía:
-Hallado campo aterrizaje.
Es un claro en la selva delante mismo del templo de la izquierda. Templo parece
servir de almacén. He visto a dos hombres. Tardé en descubrir avión porque está
metido en un hangar construido entre árboles al borde del claro y tan bien
disimulado que parece parte de la selva misma. Templo resultará invisible desde
el aire también por estar cubierto de maleza. Los dos hombres limpian y
engrasan avión. Aguardo ocasión propicia para inutilizarlo, pero ésta no ha
llegado aún. Órdenes. BV.
La contestación de Trévelez
fue breve.
-Continúa vigilando-dijo-.
Inutiliza al avión cuando puedas. No es
necesario entres en teocalí izquierda. XV allí ya. Si hay algo
nuevo notifícamelo. De lo contrario, aguarda a que yo te mande instrucciones. TH.
Con los datos recibidos de
los dos agentes podía formarse una idea de la situación. Los aviones
aterrizaban en el claro y su carga era trasladada al teocalí donde se
guardaba también el combustible necesario para aprovisionar al propio avión y
para el funcionamiento del grupo electro generador. Los cuatro hombres allí
alojados cuidarían, por turnos, del motor y se encargarían de llevar a la
pirámide lo que en ésta se pudiera necesitar, conservando lo demás allá.
La pirámide servía de
albergue al jefe a los técnicos, posiblemente, así como algunos hombres para
escoltarles y hacer las guardias. Podría comprender mejor la organización
cuando tuviese novicias del tercer agente, que no había dado aún señales de
vida-ni era fácil que las diera hasta transcurrido algún tiempo.
*****
A eso de las once, XV
volvió a llamar anunciando que había podido asomarse al exterior del teocalí.
Describió el campo de aterrizaje que había delante del mismo aproximadamente
igual que lo había hecho EV. Por lo demás, no tenía nada nuevo que decir. Los
hombres que ocupaban la antigua construcción de piedra medio sepultada bajo la
vegetación, eran cuatro, en efecto, como dedujera del número de camas encontrado.
Dos de ellos se habían acostado ya. Los otros dos parecían a punto de
imitarles. XV pedía nuevas órdenes.
-Tu compañero vigila el teocalí
y campo de aterrizaje desde fuera. Nada puedes hacer de momento. Mejor
será que te retires a la galería y duermas. Alguien tendrá que relevar a los
que vigilan. Duerme cuatro horas. A las tres de la mañana baja al aeródromo y
vigila desde fuera, teniéndome al corriente de si llega algún otro avión o de
cualquier movimiento que observes. Avisaré a BV para que a las tres se retire a
dormir. Así descansaréis algo los dos. Puede hacer falta, en cualquier momento,
que estemos todos lo más descansados posible.
-Bien, jefe.
Trévelez se puso en
contacto con BV y le dijo que se retirara a dormir a las tres de la madrugada, puesto
que a esa hora habría otro vigilando. Luego aconsejó al agente que le
acompañaba que se echara a dormir debajo de la mesa y se acostó él también. Si
el que rondaba por el interior de la pirámide tenía algo urgente que
comunicarle, ya le despertaría a la presión de la palanquita, porque tenía el
sueño ligero. Si no había nada de particular, BV no daría su informe hasta la
mañana siguiente.
A las once y media, el
director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas se había
quedado dormido.
A la mañana siguiente,
cuando estaba desayunando, oyó una voz que le decía al oído:
-SV está de vuelta, jefe.
-Informa-respondió él.
-Durante la noche, he
podido recorrer todo el interior de la pirámide. Hay seis hombres en total.
Uno al que llaman el jefe, otro al que se refieren con el nombre de “El
Profesor”; al tercero le llaman «Mecánico», y es una especie de
carpintero y mecánico en una pieza; el cuarto es el radiotelegrafista, y le llaman
“Chispas”. Los otros dos sirven para todo, haciendo más bien de escolta
y de guardianes. Los llaman, respectivamente, “Vigilante” y “Sereno”.
Por lo visto, son poco amigos de pronunciar nombres, aun entre ellos. Tal vez
sea una precaución para que se acostumbren y no se le escape a ninguno el
nombre verdadero de otro ante extraños.
-Seguramente-insistió
Trévelez-. ¿Qué más?
-En una de las habitaciones
duermen el jefe, el profesor y el telegrafista.
En otra tienen camas los
guardianes y el mecánico. El cuarto en que está instalada la estación emisora y
receptora es, al propio tiempo, taller, aunque no se ven muestras de que se
haya usado como tal aún. Seguramente lo tienen preparado para construir el
aparato. Es el único cuarto que tiene instalada luz eléctrica, pero no se usa
apenas, de momento, para ahorrar corriente.
«El telegrafista está
generalmente ante su aparato, pero no siempre. (Y digo eso porque esta
mañana, cuando yo entré aquí, él no se había acercado al aparato aún).
Seguramente no esperan mensajes de importancia, de lo contrario habría alguien
de guardia allí día y noche. El mecánico es telegrafista también. Anoche fue
él quien estuvo sentado hasta la hora de acostarse ante el aparato.
»Hay
una cámara que hace veces de almacén. En ella tienen algunas piezas sueltas,
armas, municiones y provisiones. Abunda la carne seca o tasajo y las conservas
entre estas últimas. Cuando quieren hacer algo caliente preparan fuego fuera o
cocinan con una estufa de gasolina en el cuarto-almacén. He visto la estufa y
también he hallado cenizas y tizones en la meseta de la cima. Los demás cuartos
están vacíos.»
-Mucho has descubierto en
una noche.
-No he parado. Por suerte
las puertas de todos los cuartos están abiertas menos la de éste. He hecho
numerosas visitas a uno y otro.
-¿No has sorprendido
conversación alguna que nos dé una idea de los planes que tiene esta gente?
-No. Mi principal empeño ha
sido enterarme de lo que había dentro de la pirámide primero. He oído hablar a
unos y otros, claro está, antes de que se acostaran, pero nunca de nada interesante.
Lo que he escuchado sólo ha servido para que sepa cómo se llaman los unos a los
otros.
-¿No tienes ninguna otra
cosa más que decir?
-No, jefe. Espero sus
órdenes.
-Explícale a tu compañero
exactamente dónde está cada una de las cosas que me has dicho, y el aspecto de
los distintos personajes. Él ha descansado y puede pasarse el día, o parte de
él por lo menos, vagando por los pasillos. Cuando lo hayas hecho, hazte cargo
de mi pistola, tiéndete bajo la mesa y descansa. Si te necesitara para algo ya
te despertaría.
-No necesito dormir, jefe.
-Puede ser necesario
quedarse sin dormir más adelante y quiero que estés en condiciones de hacerlo.
Ahora que puedes, duerme.
SV no discutió más la orden
recibida. Explicó rápidamente a su compañero todo lo que había visto, aceptó
la pistola de Trévelez que éste le entregaba y se tendió debajo de la mesa.
KV, el agente que se había
pasado la noche en la cámara con Trévelez, observó:
-Supongo que no podré salir
hasta que le traigan a usted la comida.
-Creo que podrás salir
antes. El jefe prometió acercarse esta mañana a ver qué progresos había hecho.
Prepárate a salir. No creo que tarde ya.
CAPÍTULO IX
LOS PLANES
EMPIEZAN A DAR FRUTO
Haría cosa de media hora que se había dormido SV, cuando se abrió la puerta y entró el jefe en la cámara. Aprovechando el momento, KV salió antes de que volvieran a cerrar.
-Quedamos, señor
Trévelez-dijo el hombre-, que viniera a verle esta mañana.
-En eso quedamos, en
efecto.
-Veo que le han entregado
las cosas que mandé para usted. Y observo que ha podido ponérselas.
-No me están a medida,
precisamente-sonrió Trévelez-; pero, sirven para tapar mis desnudeces por lo
menos. Los zapatos son grandes, pero estoy mejor con ellos que descalzo.
-Me dijo usted
ayer...-empezó a decir el hombre.
-Que hoy podría darle,
probablemente, una idea del tiempo que iba a tardar en tener mis cálculos
hechos-dijo Trévelez, sin dejarle terminar.
-Y... ¿puede hacerlo?
-Puedo hacer mucho más.
Creo poder prometerle no sólo que terminaré los cálculos hoy mismo, sino que
mañana tendré hechos los planos del aparato, de forma que, por la tarde, puede
iniciarse su construcción si usted quiere.
-¡Magnífico!-exclamó el
hombre, con evidente satisfacción-. ¿Puedo ver hasta dónde ha llegado?
Trévelez le entregó unas
hojas de papel, que el jefe de los secuestradores examinó atentamente,
devolviéndoselas después sin hacer comentario alguno referente a ellas.
-¿Cuándo puedo volver por
aquí?-preguntó.
-Será mucho mejor que me
deje completamente tranquilo ya hasta que haya terminado. Si sufro
interrupciones tardaré mucho más.
-¿A qué hora cree usted que
será eso?
-Mañana al mediodía lo
tendré todo terminado.
-¿Los planos también?
-Los planos también
-¿Cuándo puede empezar su
construcción?
-Después de comer mismo si
ustedes quieren y están preparados.
-¿Si estamos preparados?
-Quiero decir si tienen
todo lo necesario para que se empiece.
-Ya... Es posible que no
tengamos aquí todas las piezas, en efecto, pero es cuestión de media hora traer
aquí las que falten. Naturalmente, hasta que nos dé los planos, no podemos
saber con exactitud las piezas que va a necesitar.
-Ya le he dicho que se los
entregaré mañana al mediodía.
-A esa hora veremos qué es
lo que nos falta para poder trabajar. ¿Le parece bien que le lleve al taller
mañana a las tres?
-Cuanto antes mejor. Tengo
ganas de salir de aquí.
-Eso dependerá de usted. En
cuanto hayamos visto funcionar el aparato, cumpliremos nuestra promesa. Será
trasladado a España. ¿Cuánto tiempo cree que tardará en construirlo?
-Dos o tres días... siempre
que tenga todo lo que necesite.
-Naturalmente.
-Luego habrá que probarlo.
-Sí..
-Y afinarlo. Es muy
probable, que al ponerlo en marcha nos veamos obligados a introducir algunas
leves modificaciones antes de que cumpla su misión como es debido.
-Eso es cosa prevista.
-Si, todo marcha bien,
calculo que dentro de tres días... cuatro, alargándolo mucho, habrá llegado el
momento de que cumplan su parte del contrato.
-Lo cumpliremos, pierda
cuidado.
-Y ahora-prosiguió
Trévelez-, opino que sería mejor que me dejara solo. Queda bastante que hacer
para tenerlo todo listo para mañana al mediodía y no es cosa de perder tiempo.
-Tiene razón-asintió el
jefe-. Hasta mañana, pues. Y afine mucho, señor Trévelez, para que pueda
volver a España lo antes posible.
Se marchó, cosa que
Trévelez había estado deseando porque hacía un rato que notaba la presión de la
palanquita del reloj.
En cuanto estuvo solo
contestó. Era BV el que llamaba. Pedía órdenes.
-Vuelva a vigilar el campo
de aterrizaje-le contestó.
Y a continuación llamó a
XV, ordenándole que volviese al teocalí si le era posible y pasara el
tiempo escuchando la conversación de los cuatro hombres allí alojados. No había
ninguna otra cosa que hacer de momento.
Llegó la hora de comer sin
que KV hubiese hecho acto de presencia. SV
se había despertado ya y paseaba su invisible cuerpo por el cuarto.
A las dos, Trévelez
contestó a una llamada de KV.
-Por lo que oigo-dijo
éste-, parece ser que ha de llegar un avión esta tarde de la ciudad de Méjico.
No sé lo que traerá ni a qué viene, pero he creído conveniente notificárselo en
seguida.
-Has hecho bien,
gracias-respondió él.
-Ordenes.
-Siguen en pie las que le
di.
KV se retiró. Trévelez
empezó a marcar:
-AV... AV... AV...
AV era el anciano al que
los indios habían entregado el mensaje de Trévelez en el valle oculto.
-AV-llegó la contestación.
-Avión próximo llegar
procedente Ciudad de Méjico. Avise allá. Cuando aterrice aquí y sepa sus
características se las comunicaré, así como hora en que despegue de aquí.
Transmítalas entonces a Ciudad Méjico para que se vigile. Si logran verle
llegar, que descubran dónde aterrizó y de quién es. TH.
En cuanto hubo cortado la
comunicación se puso en contacto con BV nuevamente.
-Se espera-le dijo-, la
llegada avión Ciudad de Méjico. Notifícame en cuanto aparezca dándome sus
características, Y, en cuanto vuelva a despegar, avísamelo también.
-Bien, jefe.
XV recibió el mismo aviso
aunque al hablar con éste agregó:
-Si descarga algo, procura
enterarte de lo que es y comunícamelo. Supongo que lo meterán en el teocalí.
-Bien,
jefe. ¿Algo más?
-Nada más.
A media tarde BV anunció la
llegada de un avión monomotor tripulado por dos hombres. Llevaba los colores
mejicanos en el fuselaje y debajo de las alas. El agente pudo dar su número
incluso. Trévelez transmitió inmediatamente dichos detalles al valle, y no
había hecho más que terminar, cuando XV le comunicó desde el teocalí
que sólo había descargado un bidón grande de gasolina y unas cajas que debían
contener algo frágil, porque las movían con mucho cuidado. Aun no había
podido averiguar su contenido.
En cuanto se hubo
completado la descarga, el avión emprendió el vuelo de nuevo, cosa que
Trévelez comunicó al valle en seguida que lo supo.
Algún tiempo después, supo
que las cajas contenían lámparas especiales, al parecer. De ello dedujo que,
para mayor seguridad, el jefe de los secuestradores había radiado un mensaje a
la Ciudad de Méjico pidiendo más lámparas, en cuanto supo que estarían los
planos preparados para el día siguiente. Quería que el aparato estuviera
construido lo más aprisa posible y había aumentado su surtido de lámparas para
que entre ellas encontrara Trévelez las que necesitara para montar el emisor de
ondas de alta frecuencia.
Se acercaba ya la hora de cenar. SV dijo:
-Jefe, supongo que será
mejor que esconda su pistola debajo de la cama ahora para que la coja KV cuando
vuelva. Yo saldré en cuanto se abra la puerta.
-No-le respondió Trévelez-; no creo
necesario que salgas esta noche por la pirámide. Ya has averiguado cuanto puede
averiguarse durante la noche, y por lo poco que puedas escuchar antes de que
los hombres se acuesten, no vale la pena que salgas. Mejor será que descanséis
los dos, por lo que pueda ser.
-No estoy cansado. Después
de todo no hace tanto rato que he dormido.
-Sigo creyendo que no es
necesario que andes por la pirámide esta noche, no obstante. Pero, si no
quieres dormir aún, puedes relevar a XV y que él duerma un rato. Cuando se
despierte, puede ir á relevar a BV para que descanse él, y como no hará falta
guardia en el teocalí tampoco, vuelves tu aquí a dormir.
El agente asintió y se
dispuso a esperar a que volviera su compañero. Cuando, tras haber sido entrada
la cena quedaron solos, BV dio a conocer su presencia. SV
aguardó tan sólo a entregarle la pistola de Trévelez y luego marchó por la
puerta secreta al teocalí para relevar a XV que ya había sido avisado.
-Informa-ordenó
Trévelez a BV.
-Todos los hombres parecen
muy animados. Seguramente les habrá dicho ya el jefe que están a punto de
realizar todos sus sueños, aunque lo habrá hecho en algún momento en que
estuviera yo en otra parte, porque nada he oído. Estando yo cerca del jefe más
tarde, se acercó el telegrafista para decirle que ya había avisado y que el
avión llegaría esta tarde. El profesor, que estaba presente, quiso saber de
qué se trataba. El jefe le contestó que quería ir sobre seguro y que había
pedido más material a Ciudad de Méjico. Sé que el material ha llegado ya.
-¿Qué mas?
-El profesor dijo que,
según fueran los resultados obtenidos entre mañana y pasado, habría que empezar
a trazar planes definitivos. El otro le contestó que no corría prisa. Tiempo
tendrían de trazar planes cuando estuvieran completamente seguros del éxito.
-¿Oíste algo más?
-Nada, hasta última hora.
Es decir, nada que tuviera nada que ver con el asunto. Simples comentarios
sobre cosas vulgares.
-Y... ¿a última hora?
-“Chispas” preguntó
al jefe si debía radiar a España.
-¡Ah! ¿Qué contestó él?
-Que aun no había llegado
el momento.
-¿No se dijo nada que
permitiera formarse una idea del lugar de España a donde quería radiar “Chispas”?
-Nada.
-Esa
es una de las cosas que nos interesa averiguar. ¿Qué más oyó?
-Ninguna otra cosa.
Trévelez se quedó pensativo
unos momentos.
-Jefe...-dijo el agente, de
pronto-.
-¿Qué?
-Podríamos terminar la cosa
hoy mismo. Sabemos la gente que hay aquí y la que se encuentra en el teocalí.
Con dar una inyección a cada uno de ellos mientras duermen...
-Habríamos dejado el
trabajo a medio hacer-le interrumpió Trévelez-. Si hacemos lo que tú dices
esta noche, perderemos toda probabilidad de saber cuántos agentes tienen y
dónde se encuentran. Ha sido ese pensamiento el que ha detenido mi mano desde
un principio. Quiero pillarlos a todos. Si me hubiera conformado con ellos, no
hubiera tenido necesidad de haceros vigilar tanto. No... Hemos de esperar hasta
que no haya posibilidad de que se escape ninguno.
Se sentó a la mesa y se
puso a trabajar rápidamente. A las once tenía terminados ya todos los
cálculos. A las doce, los planos habían quedado hechos también. Quería dejarlo
todo preparado aquella misma noche, por si surgía algo al día siguiente que le
impidiese trabajar;
Una vez hubo terminado y
puesto que no esperaba mensaje alguno, decidió acostarse. El agente le imitó.
CAPÍTULO X
EL LIBRITO DE
NOTAS
A
pesar de haberse despertado mucho antes, Trévelez no se movió de la cama hasta
que le trajeron el desayuno. Desde allí, echado, había recibido ya mensajes de
los otros tres agentes, dando instrucciones a cada uno de ellos.
Como consecuencia de esto
KV y SV se hallaban con él y este último salió a la pirámide en cuanto se abrió
la puerta. Sus instrucciones habían sido bien claras. Podía rondar por donde
quisiera durante la mañana, escuchando conversaciones con el principal objeto
de ver si podía averiguar algo de los agentes que los secuestradores tenían en
el exterior.
En el momento en que
sacaran a Trévelez de la cámara, sin embargo, debía acercarse él al taller y
rondar por los alrededores por si ocurriera algo imprevisto y fuera necesaria
su ayuda.
KV, por su parte, debía
seguir a su jefe al taller y colocarse en un sitio en que no estorbase,
llevando consigo la pistola de Trévelez y unas jeringas que habían sacado del
maletín oculto en la galería por si hacían falta.
Desayunó el director del
Instituto y la mañana transcurrió sin novedad.
A la hora de comer, el jefe
de los secuestradores se presentó con el guardián.
-¿Está todo hecho?-fue su
primera pregunta.
-Le prometí que se lo
tendría todo preparado y he cumplido mi palabra-le contestó Trévelez.
Y le enseñó las notas y los
planos.
-¿Puedo levármelos
ya?-inquirió el hombre en seguida.
-Sí.
-Quiero las notas también.
No le oculto, señor Trévelez, que me las voy a llevar para que las lea mi
compañero, que tiene conocimientos más profundos del asunto que yo. No
desconfío de usted, pero deseo tener la completa seguridad de que no nos
engaña.
-Puede usted llevárselo
todo sin inconveniente alguno. No les engaño. Usted no ha podido descubrir
trampa alguna en mis cálculos porque no la hay. Su compañero le dirá lo mismo.
¿Cuándo piensa empezar la construcción del aparato?
-Necesito un rato para que
mi compañero examine todo esto. En cuanto él haya dado su visto bueno,
examinaremos los planos e iremos reuniendo el material para que pueda empezar
usted a trabajar. Calculo que, para cuando haya acabado usted de comer, estará
todo listo y podrá empezar usted cuando quiera. Ni que decir tiene que no es
preciso que monte usted el aparato con sus propias manos. Bastará con que lo
dirija.
-Bien. Espero a que vuelva
usted, pues. Por mi parte no tengo inconveniente en empezar el montaje sin
perder instante. Cuanto antes quede acabado todo, mejor.
El jefe volvió a marcharse
y Trévelez se puso a comer. Desde que su agente le había dicho que a uno de los
hombres le llamaban el Profesor, había supuesto que aquél sería el verdadero
científico de la cuadrilla y que nada se haría sin haberlo consultado a él.
Por consiguiente, las palabras del hombre no le habían sorprendido.
Interrumpió su comida para
advertirle a KV que, como medida de precaución, debía salir él en cuanto se
volviera a abrir la puerta. Si esperaba a salir al mismo tiempo que su jefe, se
exponía a tener algún tropezón que delatara su presencia. Sabiendo los hombres
que Yuma había anunciado públicamente su intención de buscar a Trévelez, y no
ignorando las facultades del misterioso personaje, cualquier roce con algo
invisible les haría suponer que era el propio Yuma quien se hallaba allí, con
el consiguiente quebranto para sus planes.
Una vez dadas estas últimas
instrucciones terminó la comida. Pero no volvió el jefe de los secuestradores
tan pronto como había dicho. Hubieron de esperarle durante cerca de una hora
más.
Cuando apareció en la
cámara, sin embargo, rebosaba satisfacción. El profesor debía de haberle dicho
que las notas parecían una exposición sincera y perfecta y que los planos
parecían estar hechos a conciencia también.
-Cuando usted quiera, señor
Trévelez-dijo-, iremos al taller.
-Podemos ir ahora mismo,
por mí-anunció el interpelado-. ¿Están ustedes satisfechos ya de que no he
tenido ni por un momento la intención de engañarles?
-Mi compañero parece
creerlo así-confesó el hombre-; y yo tampoco he encontrado nada sospechoso en
sus cálculos. Tendrá usted que examinar el material, que tenemos. Está todo
en el taller ya.
-Vamos allá, pues.
A pesar de la confianza que
el hombre decía tener en Trévelez ya, no por eso dejó de tomar sus
precauciones para que no intentara escaparse. Dejó que el guardián fuera
delante con la linterna, Trévelez detrás, y él cerró la marcha. Así recorrieron
algunos pasillos hasta llegar al taller.
Era éste una especie de
sala subterránea, poco más o menos cuadrada. No tenía puerta. Y estaba
brillantemente iluminada por electricidad. Por lo visto la habían encendido
entonces para que Trévelez pudiera trabajar mejor, aunque éste, acostumbrado
a la mortecina luz de las linternas, quedó deslumbrado al principio y no pudo
distinguir nada.
Cuando se le acostumbraron
los ojos a la inusitada luz, observó que contra la pared del fondo había una
gran mesa sobre la qué estaba la instalación radiotelegráfica. La silla
colocada delante de ella estaba vacía en aquellos momentos.
Á uno de los lados había
una mesa larga pegada a la pared. En ella se veían toda clase de herramientas y
una potente bombilla la iluminaba. Contra la pared opuesta había otro banco
de trabajo y encima de éste y en el suelo, alrededor, había piezas de hierro
de diversos tamaños, tubos, planchas de caucho para aislar, lámparas,
carretes, y cien mil otras cosas.
Junto a ellas había dos
hombres que, por la descripción de sus agentes, Trévelez comprendió eran el «Profesor»
y «El Mecánico», aun antes de que le fueran presentados.
-Vea usted el material que
hay aquí, señor Trévelez-dijo el «Profesor»-. Si falta algo, lo
mandaremos buscar inmediatamente.
El director del Instituto
se acercó y fue examinando, pieza por pieza, todo lo que allí había.
-La mayor parte de estas
lámparas-dijo por fin-, no sirven para nada. Pero veo que, con las pocas que
sirven, hay lo suficiente para nuestro propósito... Hará falta más cable. Y...
Tomó los carretes de pronto
y, tras examinarlos todos, hizo una mueca.
-Ninguno de éstos-anunció-,
reúne las condiciones necesarias,
El jefe de los
secuestradores soltó una exclamación.
-¿No es posible aprovechar
ninguno de ellos?-inquirió, decepcionado-. De ésos sí que no tenemos ninguno
más. Había tomado toda clase de precauciones en cuanto a las lámparas se
refiere, para asegurarme de que no faltara la clase que usted necesitase, pero
confieso que no había pensado en la posibilidad de que los carretes fueran
inútiles.
-Lo son. Y por
completo-aseguró Trévelez.
-Habrá que pedir otros-dijo
el “Profesor”.
-Pero no podremos tenerlos
aquí ya hasta mañana. Hay que tener en cuenta...
-¿Para qué vamos a perder
el tiempo discutiendo?-le interrumpió el “Profesor”-. Si no sirven, no
sirven. No hay más que hablar. El señor Trévelez nos dirá exactamente lo que
necesita y mañana lo tendremos. Esperaremos hasta entonces para empezar.
-No es necesario-intervino
Trévelez-; podemos empezar hoy mismo de todas formas. Los carretes empezaremos
a montarlos cuando lleguen. De todas formas, hay muchas otras cosas que hacer
antes de que se los pueda colocar en el aparato y, aunque los tuviéramos, no
los necesitaríamos de momento.
-Mejor que mejor-dijo el
jefe, con evidente alivio-. Voy a pedirlos ahora mismo, ¿Quiere usted decirme
sus características exactas?
Trévelez lo hizo. El hombre
se acercó a la mesa de radio. También él sabía usarlo, al parecer. Sacó una
libreta de notas del bolsillo del pantalón, la colocó abierta sobre la mesa,
posó los dedos en el pulsador y empezó a llamar.
Mientras seguía examinando
el material, Trévelez aguzó el oído, y tomó nota, mentalmente, de la
contraseña de la estación a que se llamaba. Cuando ésta contestó, el jefe
empezó a transmitir, pero Trévelez no entendió una palabra del mensaje.
Evidentemente lo estaba transmitiendo en clave.
Terminó el hombre y volvió
a acercarse al grupo.
-Mañana tendremos esos
carretes aquí sin falta-aseguró.
El director del Instituto
movió la cabeza en señal de asentimiento.
-Con eso no basta-dijo-.
¿Dónde están los planos que les di?
-Tome-dijo el profesor,
entregándoselos.
-Aquí he dibujado el
bastidor que ha de Servir de base al aparato. Creo que este señor podrá hacerlo
sin ayuda mía-dijo Trévelez, mirando al mecánico.
-Es cierto-asintió éste,
después de haber echado una mirada al dibujo-. Voy a poner manos a la obra en
seguida.
Con el plano delante,
empezó a serrar tubos de metal a medida, mientras Trévelez hacía una selección
de los materiales que allí había.
-Vamos a trasladar todo lo
que nos sirva al banco de enfrente-dijo-. Lo demás sólo sirve de estorbo.
Pueden llevárselo ya de aquí, o dejarlo en este banco si quieren.
Empezó a trasladar piezas,
y cuando tuvo todas las que le interesaban al otro lado, empezó a comprobar el
estado de las lámparas, los condensadores, resistencias, etc., con ayuda de
los instrumentos de medición eléctricos y el cuadro de interruptores y de
pruebas que había sido instalado por encima del banco.
Luego, mientras fingía
observar los progresos que hacía el mecánico, se metió la mano en el bolsillo
y, oprimiendo la corona del reloj con disimulo, ordenó al agente que se hallaba
en el taller con él:
-No vuelvas a la cámara
esta noche. Aguarda fuera. Ya te daré instrucciones.
El Profesor se ofreció a
ayudarle en sus comprobaciones y, entre los dos, no tardaron en repasar todos
los dispositivos eléctricos.
-Más vale-dijo entonces
Trévelez-, que ayude ahora al mecánico a terminar. No puedo hacer nada
mientras ese bastidor no esté un poco más adelantado.
Cuando llegó la hora de la
cena, el bastidor había quedado completamente terminado y habían podido
montarse en él ya varias piezas. Se abandonó el trabajo para cenar y le
preguntaron a Trévelez si pensaba trabajar después. Él respondió
negativamente.
-No se adelantaría gran
cosa-dijo-. Sería sacrificar horas de sueño en balde. Continuaremos mañana.
Espero que, para pasado, todo esté dispuesto para empezar a funcionar. El
trabajar demasiadas horas sería forzar la máquina, y cuando llegara el momento
de las pruebas definitivas, estaría demasiado cansado para resolver
dificultades si se presentaran.
No se discutió su decisión y fue acompañado
de nuevo a la cámara, donde no tardaron en servirle la cena.
Antes de sentarse a ella,
sin embargo, tenía que hacer algo importante. Llamó a KV por medio del reloj.
-¿Te fijaste en el librito
de notas que sacó el jefe cuando se puso a radiar el mensaje?-le preguntó.
-Sí, jefe.
-Es preciso que te apoderes
de él en cuanto ese hombre se haya dormido. Cuando lo tengas, tráemelo
inmediatamente. No tendrás más remedio que salir de la pirámide con él,
atravesar por la selva hasta el aeródromo, entrar por el teocalí y pasar
por la galería. Es muy expuesto intentar abrir esta puerta. Hace demasiado
ruido y podría acudir alguien. No vale la pena correr el riesgo. ¿Has
comprendido?
-Sí.
-Hazlo
lo más pronto posible. Tendrás que volverla a dejar en su sitio antes de la
mañana y, entretanto, necesitamos copiar su contenido.
-Bien, jefe. Lo haré tan
pronto como pueda. Ahora todo depende de la hora a que se acueste y de si me es
posible meterle la mano en el bolsillo sin despertarle.
En cuanto hubo acabado de
hablar con KV, llamó a SV.
-Quédate toda la noche
fuera-le ordenó-. Vigila, especialmente, el cuarto en que duerme el jefe. KV
va a quitarle un librito del bolsillo. Se lo devolverá antes del amanecer. Pero
pudiera despertarse antes de eso y echarle de menos. Si tal sucediese avisa en
seguida y procuraremos arreglar las cosas de forma que no sospeche lo
sucedido.
-Bien, jefe.
Esta precaución de Trévelez
no era tan tonta como parecía. Si el jefe se despertaba y echaba de menos la
libreta, lo más probable era que creyese habérsela dejado caer en algún sitio y
que la buscase, sobre todo en el taller, donde recordaría haberla sacado.
Si Trévelez sabía que la
andaba buscando, podría mandar á su agente con ella para que la dejase caer por
alguna de los lugares en que hubiese estado el hombre, éste, al encontrarla de
nuevo, se tranquilizaría. Jamás se le ocurriría pensar, ni remotamente, en la
verdadera explicación de lo sucedido.
CAPÍTULO XI
SE ADELANTAN
LOS ACONTECIMIENTOS
Trévelez
calculaba que el jefe no se acostaría antes de las doce, y teniendo en cuenta
que KV tendría que aguardar a que se durmiese y aprovechar una ocasión propicia
para quitarle la libreta, no era de esperar, aún en el mejor de los casos, que
KV pudiera presentarse en la cámara antes de las doce y media o la una. Era
muy posible que, después de eso, no tuviese tiempo de dormir y, por
consiguiente, decidió aprovechar el tiempo. Se echó inmediatamente después de
cenar, y era tal la costumbre que tenía de dormir cuando se le presentaba la
ocasión, que no le costó el menor trabajo conciliar el sueño.
Le despertó el propio KV
con unos golpecitos en el hombro.
-Traigo la libreta,
jefe-anunció.
-¿Qué hora es?
-La una y cuarto.
Trévelez se levantó de la
cama. Dijo:
-Vamos a la galería.
Abrió la puerta secreta.
Pasaron a la galería. Volvieron a cerrar el paso. Trévelez buscó la maleta, la
abrió y sacó una lámpara eléctrica de bolsillo. A su luz ojeó la libreta.
-Aquí tenemos la clave que
empleó ese hombre para transmitir su mensaje-dijo-. Y hay dos grupos de letras
al lado de las cuales no hay significado alguno... Uno de ellos lo reconozco:
es la contraseña que empleó el jefe cuando hizo su llamada. Por consiguiente,
hemos de suponer que el otro grupo es una contraseña también.
»Sabemos
seguro que esta gente está en comunicación con una emisora de la ciudad de
Méjico y con otra emisora instalada en España. Puesto que aquí no hay más que
esos dos grupos, ello significa que no tienen agentes más que en esos dos
sitios... a menos que comuniquen con ellos por algún otro procedimiento.
»Ya que las
lámparas y la gasolina las trajeron de Méjico, es lógico creer que los carretes
han sido pedidos al mismo sitio... sobre todo teniendo en cuenta que esperan
recibirlos mañana. Por consiguiente, el otro grupo corresponde a la emisora
receptora que tienen en España.
Hojeó y hojeó toda la
libreta sin hallar ninguna otra cosa.
-Mi primera
intención-anunció-, había sido copiar todo esto esta noche, pero he cambiado
de opinión. Hay un procedimiento mejor. Voy a radiar desde aquí el contenido de
esta libreta al valle. Lo puedo hacer yo solo. Mientras lo hago, vuelve tú a la
cámara y acuéstate. Ya te despertaré cuando haya terminado.
-Puedo radiar yo eso,
jefe-protestó el agente.
-He de radiar instrucciones
al propio tiempo, conque he de hacerlo yo. De todas formas, yo ya he dormido
un rato y. podré dormir cuando acabe si quiero. Tú, sin embargo, has de volver
a dejar esta libreta donde la encontraste. Ve y descansa. Puede ser que cambie
por completo mis planes y que tengamos que hacer muchas cosas antes de que amanezca.
Todo depende del tiempo que tarde en radiar mi mensaje. Ve... El tiempo
vuela.
El agente no se hizo
repetir la orden. Volvió a la cámara y se echó en la cama de su jefe. Éste,
entretanto, había conectado el reloj al auricular y a la pila de bolsillo. Se
puso el auricular y tomó uno de los botones televisores. Empezó a llamar
AV... AV... AV...
-AV-le contestaron.
-Pantalla-ordenó.
-Está puesta-le contestaron
al cabo de unos instantes-. ¿Lleva puesto el auricular?
Trévelez dejó el reloj y
contestó, oralmente
-Sí.
Agregando luego:
-Ordenes.
-Escucho.
-Prepare papel y pluma. Va
a tener que escribir mucho.
Un momento de silencio.
Luego:
-Estoy preparado.
-La organización esta tiene
agentes en la ciudad de Méjico y en España; no sé en qué población de ésta,
pero seguramente en Barcelona.
-Ya.
-No creo que tenga agentes
en ninguna otra parte, porque se hubiera preocupado de dotarles de estación
radiotelegráfica como a los demás.
-¿Está seguro de que tales
estaciones no existen?
-Por completo, no. Pero en
una libreta de la que he podido apoderarme figuran dos contraseñas nada más.
Es de suponer que, si dispusieran de otras estaciones, estarían apuntadas en
ella también.
-Cierto.
-¿Se ha averiguado el paradero
del avión que dije?
-Sí. Está vigilado. Los
tripulantes han sido seguidos. Se conoce su domicilio y se sabe ya el nombre de
todas las personas con quienes están en contacto. Se ha descubierto, por
añadidura, el lugar en que tienen emplazada su emisora.
-Magnífico. Esta tarde han
mandado a ella un mensaje desde aquí.. Estaba yo delante y he oído la
contraseña. Tome nota de ella.
Citó la contraseña. El otro
dijo:
-Ya está anotada.
-En la libreta figuran dos
contraseñas, como le he dicho Esa es una de ellas. Por consiguiente, la otra
tiene que ser la de España. Tome nota.
Le dictó la otra contraseña
también.
-El mensaje radiado desde
aquí lo fue en clave. Pero sé que en él se daban instrucciones para que se
adquirieran unos carretes que yo había pedido y que esos carretes serán
enviados mañana. La libreta que poseo contiene la clave completa.
»No sabía yo que hubieran
dado ya con el emplazamiento de la emisora. Mi plan era que, usando la
contraseña, la llamara usted desde allí y sostuviera una conversación
cualquiera con ella empleando la clave para no despertar sospechas. Con ayuda
de radiogoniómetros hubiera podido, entonces, localizarla. Eso es ya
innecesario, afortunadamente, puesto que se sabe dónde está. Pero la clave y la
contraseña nos servirán para dar con el lugar en que se encuentra la estación
española.
-En efecto.
-No obstante, ya que le he
llamado a usted y para no perder tiempo dando dos veces las explicaciones, voy
a dictarle la clave entera. Por fortuna no es demasiado larga ni complicada.
Usted puede transmitírselo directamente a Garvez y darle las explicaciones
oportunas. Si me queda tiempo después de dictársela, adelantaré mis planes y
daremos el golpe definitivo esta noche en lugar de aguardar más. ¿Está
preparado?
Trévelez empezó a dictar.
La operación fue más rápida de lo que se había esperado. Al terminar, consultó
el reloj. Eran las tres y media. Dijo:
-Hay tiempo para todo.
Empiece a transmitir en seguida a España. Pero antes avise a Ciudad de Méjico
para que dentro de una hora empiecen a hacer limpieza allí. No creo que tenga
yo tiempo de acabar aquí antes.
Cortó la comunicación. Pero
antes de volver a la cámara, sacó el traje invisible del maletín y se lo puso,
calándose la capucha y poniéndose los finísimos y largos guantes que cubrían
las manos y parte del brazo. Anteriormente se había quitado el reloj del muslo,
y tras cortar nuevamente la correa, se lo había puesto en la muñeca.
Se metió en los bolsillos
interiores las demás cosas que contenía el maletín-la pila eléctrica entre
ellas-y tras conectar el auricular de nuevo, se lo encajó en el oído. El traje
llevaba varios botones televisores de forma que no necesitaba el que había
suelto.
Una vez preparado, entró en
la cámara, se acercó a la cama y despertó a KV.
-Levanta-ordenó-. No es
necesario que esperemos más. Vamos a terminar esta noche.
KV se levantó.
-¿Tienes las hipodérmicas?
-Sí.
-Bien. Vamos a salir los
dos por la galería al teocalí y, desde allí, cruzaremos la selva hasta
la pirámide. Tú me conducirás a la puerta de la cámara en que duermen los
guardianes y el mecánico. Luego te diriges a la cámara del jefe, el Profesor
y Chispas. SV está montando guardia a la puerta de ese cuarto. Le
entregas a SV una de las hipodérmicas y, entre los dos, dejáis sin conocimiento
a los tres hombres. Yo me encargo de los otros tres. ¿Has comprendido?
-Sí, jefe.
-Ahora, aguarda un momento.
Hemos de avisar a todos antes de salir.
Llamó a XV y a BV,
ordenándoles que se reunieran ambos en el teocalí. Ninguno de los dos
tenía hipodérmicas, por lo que Trévelez ordenó a BV que bajara a la galería,
donde él se las proporcionaría. SV fue
advertido también de las intenciones de su jefe y una vez tomadas estas
medidas, Trévelez y KV abrieron la puerta secreta otra vez, y lámpara de
bolsillo en mano, torcieron por la galería de la izquierda.
Cerca del final les salió
al encuentro BV, guiado por la luz de su lámpara, recibió de sus manos las
hipodérmicas y les acompañó teocalí adentro, sirviéndoles de guía,
hasta dejarles en la meseta exterior.
Mientras él volvía atrás
para reunirse con su compañero, el director del Instituto y el otro agente
bajaron al campo de aterrizaje, lo cruzaron y se metieron por la selva.
La distancia entre el teocalí
y la pirámide no era muy grande, en realidad, pero la espesura de la selva
hacía penosa la marcha, de suerte que tardaron bastante en llegar a su meta.
KV, que conocía mejor el
interior, guió a su jefe hasta la puerta del cuarto en que dormían los
guardianes y el mecánico y le dejó allí, marchando a reunirse con SV.
Trévelez aguardó unos
momentos para darle tiempo a llegar. Luego entró silenciosamente en la cámara,
aguzando el oído. Después de escuchar unos instantes para asegurarse, por el
sonido de la respiración, de que los tres hombres dormían, se decidió a
encender unos segundos la luz para ver dónde se hallaba cada uno de ellos.
Llevaba ya la hipodérmica
en la mano, y no bien hubo encendido, la clavó en el más cercano, inyectándole
la mitad de su contenido. A renglón seguido, acabó de vaciar la jeringa en el
cuerpo de otro de los hombres. Ambos habían pasado del sueño natural al
inducido por el narcótico que acababan de administrarles.
Con la luz apagada, atento
el oído, Trévelez trató de averiguar si el que quedaba sé había despertado.
Entretanto, se guardó la jeringa vacía y sacó otra cargada.
Cuando, transcurrido un
minuto completo, no hubo notado más ruido que la respiración acompasada del durmiente se acercó a él en la oscuridad y
encendió la luz de pronto, con la hipodérmica preparada. El hombre, turbado
sin duda por la luz, pareció a punto de despertarse. No llegó a hacerlo, sin
embargo, porque, rápido como el pensamiento, el director del Instituto le vació
media jeringuilla en el cuerpo.
No se paró a mirar nada.
Aunque no había oído alboroto por parte alguna, no estaría tranquilo hasta
saber cómo les había ido a sus agentes. Bajó al pasillo sin hacer ruido, pero
con la luz encendida, porque no conocía bien el camino. Y por la luz se
enteraron de su presencia SV y KV, quienes temiendo que alguno de los
guardianes o el mecánico se hubiera despertado antes de tiempo, acudían en su
ayuda.
También ellos habían
llevado a cabo bien su trabajo. El jefe y sus compañeros se hallaban sumidos
en un sueño del que tardarían en salir doce horas por lo menos.
Trévelez empezó a llamar a
los agentes del teocalí. La contestación de éstos fue satisfactoria.
Los cuatro que les habían sido encomendados dormían también profundamente,
CAPÍTULO XII
GOLPE FINAL
Empezaba
a amanecer cuando Trévelez y sus agentes, libres ya de los trajes que les
habían hecho invisibles, terminaron la tarea de dar a cada uno de los hombres
una nueva inyección que asegurara que, al salir de su sueño, hubieran perdido
por completo la memoria.
Todos ellos habían sido
trasladados al teocali, pasándoles por la galería subterránea, tarea
mucho más fácil que tener que transportarlos a través de la selva.
Trévelez y el agente que se
había encargado de inutilizar el avión bimotor, apartado junto al claro, se
dirigieron al hangar y, tras un cuarto de hora de trabajo, dejaron el aparato
en condiciones de emprender el vuelo inmediatamente. A continuación lo sacaron
del hangar y bajaron del teocalí a los diez durmientes. Sólo cuatro de
ellos fueron embarcados en el avión, junto con dos agentes, uno de los cuales
hizo de piloto.
El aeroplano alzó inmediatamente
el vuelo, y tras describir unos círculos por encima de la pirámide, puso rumbo
al Valle de la Regeneración.
Unas horas más tarde
regresaba vacío, con un solo agente a bordo. Fueron cargados cuatro durmientes
más y un agente, y en su tercer viaje se llevó a los dos restantes junto con el
último agente y Trévelez, que era el que iba sentado a los mandos esta vez.
Cuando el bimotor hizo un
aterrizaje perfecto en el pequeño aeródromo del Valle, el anciano de quien ya
hemos hablado estaba esperándole.
-¡Bienvenido, jefe!-saludó,
al ver saltar a tierra a Trévelez-. Nos ha tenido usted angustiados. Ha corrido
más riesgo del que era necesario.
-Era imprescindible que lo
corriese para poder pillar a toda la cuadrilla-contestó Trévelez-. ¿Qué
noticias hay de la capital?
-Inmejorables. Todos los
cómplices de estos hombres han sido sorprendidos. Espero su llegada aquí dentro
de muy poco rato.
-¿España?
-Cumplí sus instrucciones.
Radié la clave completa y la contraseña. Aun no tengo noticias. Pero creo, jefe,
que es hora de que desayune.
-Primero, amigo
mío-respondió el director del Instituto de Inventores-, necesito algo que hace
tiempo que no me he dado, a pesar de llevar debajo de este pantalón un traje de
baño. Proporcióneme ropa. Deme jabón. En mi vida me he sentido más sucio.
*****
Desde el momento en que
Garvez y Dolores vieran el rostro de su jefe en la pantalla fluorescente, no
habían vuelto a tener noticias suyas. Por disciplina aguardaban, que no por
ganas. Todos ellos hubieran corrido a su lado, de no haberlo prohibido él
expresamente. Y su desasosiego y su angustia aumentaban cuando pasaba otro día
sin que nada se hubiera sabido de él.
Jamás había saltado Garvez
de la cama con mayor alegría que la noche en que, por orden del jefe, le
radiaban desde el valle oculto. Corrió a la habitación en que tenía instalada
la pantalla, dio a los interruptores y anotó cuanto le fueron dictando tras
haberle explicado lo que de él esperaba Trévelez.
A pesar de lo avanzado de
la hora, Garvez llamó a todos los agentes para comunicarles la grata nueva de
qué el jefe estaba a punto de volver a España. A los primeros que llamó fue a
Samara y a Dolores, porque sabía que a ellos les produciría mayor alegría que a
nadie.
Dolores, al saberlo, le
acribilló a preguntas y Garvez tuvo que jurarle solemnemente que no sabía más
que lo que había dicho, para evitar que la joven se presentara en su casa.
A todos les dijo, sin
embargo, que era posible que tuvieran que
movilizarse dentro de unas horas para asistir al último acto del drama
iniciado en el bosquecillo del parque del Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas.
A los últimos que avisó fue
a Manrique y Marcos, porque éstos eran los que mejor situados estaban para lo
que tenía que hacer. A ellos les comunicó las instrucciones del jefe y les
dijo que, dentro de una hora, debían estar preparados para sintonizar sus
aparatos con la emisora a la que él iba a llamar, y descubrir con sus
radiogoniómetros la dirección de donde procedía la emisión.
Y una hora más tarde, según
lo convenido, Garvez empezó a radiar la contraseña de la emisora clandestina.
No debía haber nadie de guardia en aquel momento, porque nadie contestó. El
caso estaba previsto, sin embargo, y no por eso se desanimó. Desde el momento
señalado; continuó radiando la llamada con diez minutos hasta que, al cabo de
cerca de dos horas, recibió contestación.
Con la clave que había
recibido, delante, y de acuerdo con los datos que le habían sido
proporcionados, anunció a la emisora, fingiendo radiar desde América, que todo
marchaba bien. Trévelez había acabado por ceder. El aparato se estaba
construyendo. Dentro de muy pocos días podrían empezar a desarrollar sus
planes de acuerdo con lo previsto.
A las preguntas que hizo la
emisora contestó con bastante tino y prolongó la conversación hasta tener la
completa seguridad de que Manrique y Marcos habían tenido tiempo más que
sobrado para captar la onda de la estación aquella.
Terminada la conversación,
llamó inmediatamente a ambos, que le transmitieron la dirección señalada por
sus respectivos radiogoniómetros.
Estos datos, junto con los
que él había adquirido, le bastaron para descubrir, en el plano de Barcelona,
que la estación clandestina se hallaba en Sarria, dentro de una manzana de
casas de la carretera del mismo nombre.
Marcos se encargó de
dirigirse allí, y una vez se hubo asegurado de que, en efecto, allí existía una
emisora bastante bien disimulada, Garvez siguió la segunda parte de sus
instrucciones..
Radió una nueva llamada, y
cuando recibió contestación, hizo saber que era conveniente que todos los
agentes de la cuadrilla en Barcelona debían reunirse en la casa de Sarria, a
las once de la mañana, hora en que recibirían allí instrucciones
importantísimas y urgentísimas para empezar a poner en práctica los planes
trazados.
Después de eso, los agentes
de Yuma fueron llegando a Sarria y acordonando el edificio sin llamar la
atención.
Los miembros de la
cuadrilla acudieron a la cita aisladamente, y a las once en punto había unas
doce personas rea unidas en una sala de la casa del representante del Jefe
y del Profesor.
A
las once en punto también, Garvez lanzó su llamada de nuevo. Y empezó, a
continuación, a transmitir.
El radiotelegrafista
descifró el mensaje y palideció. Acudió, corriendo con él, a la sala en que
todos esperaban las instrucciones importantes y urgentes. El jefe tomó el
papel de sus temblorosas manos y leyó en alta voz:
«Otros, antes que vosotros, se apoderaron
del invento de Deusto y con él sembraron el terror. Los crímenes que ellos
cometieron queréis repetirlos vosotros, aumentándolos y corrigiéndolos. Cuando
los asesinos aquellos se exaltaron creyéndose dueños del mundo, alguien hizo
mil añicos todas sus ilusiones; alguien que velaba por la Humanidad, que
perseguía al criminal, que le tenía declarada guerra sin cuartel y que salió
victorioso siempre de todos los encuentros que tuvo con los que del crimen
quisieron vivir.
«Vosotros, aun menos
afortunados que aquellos asesinos, habéis fracasado antes de empezar. El que
hizo añicos las ilusiones de los asesinos de Deusto ha pulverizado las
vuestras, aun sólo en ciernes. Habéis fracasado vosotros, que soñasteis con ser
dueños del mundo y que estáis a punto de purgar nuestra maldad.»
-¿Quién firma
eso?-preguntó, entre iracundo y temeroso, uno de los concurrentes.
Y antes de que pudiera
contestarle su jefe, una voz terrible dio la contestación
-¡YUMA!
Un rostro horrible apareció
flotando en el aire. Los ojos, de siniestro brillo, pasearon su mirada por la
sala. Una mano sin brazo surgió, de pronto, de la nada. Y los dedos blanqueaban
oprimiendo la culata de una pistola.
En el silencio que la
sorpresa impuso, sonaron unos golpes en la puerta de la sala.
La cabeza se desplazó. La mano
también, aunque sin dejar nunca de apuntar a los reunidos. Una segunda mano,
salida del aire al parecer, descorrió el cerrojo, hizo girar el tirador.
Entraron cinco hombres
armados de pistolas y ocuparon puntos estratégicos del cuarto. Las manos flotantes
desaparecieron. La horrible cabeza también.
Sonó una carcajada horrible
y, simultáneamente, uno de los criminales sintió un pinchazo y rodó sin
conocimiento por tierra. Repitióse la carcajada, y otro cayó.
Los asistentes a la reunión
empezaron a sentirse invadidos por el pánico. Aquel ser invisible que derribaba
hombres como si el rayo obedeciera a su conjura, les desmoralizaba.
Hubo una carrera general
hacia la puerta. Hubiera sido imposible contener el alud valiéndose sólo de
manos y brazos. Los cinco recién llegados empezaron a disparar fríamente, como
si su propósito fuera acabar de una vez con los doce malhechores. Todo el que
era alcanzado caía, por muy leve que fuese la herida.
Al propio tiempo, el
invisible ser seguía atronando el cuarto con sus horribles carcajadas y
cooperando con los tiradores. Tantos derribaban sus pinchazos como las balas
de los otros.
Pocos momentos duró
aquello. Ni uno de los doce se hallaba en pie al cabo de unos minutos. Pero
ninguno estaba muerto, ni gravemente herido siquiera. Las balas de los agentes
de Yuma no mataban. Y no tenían fuerza para hacer más que heridas
superficiales. Pero contenían un líquido que privaba del conocimiento en
cuanto rasgaba la piel. Y, como la hipodérmica que había hecho caer a algunos,
producía un sueño que duraba doce horas aproximadamente.
Antes de que éstas hubieran
transcurrido, todos aquellos hombres habían sido sacados de allí y se hallaban
preparados para hacer un viaje al valle donde llegara horas antes su jefe.
Allá en el Valle, Trévelez
conoció el resultado de su plan de labios de la doctora Arana, que quiso ser
quien se lo comunicara, como excusa para verle y para hablarle.
Y la expresión de Trévelez
reflejada en la fluorescente pantalla mientras la miraba a su vez y la
escuchaba, hicieron dar un vuelco al corazón de la doctora, que ya no podía
disimular por más tiempo el profundo amor que la inspiraba.
FIN
Digitalización: Antonio
González Vilaplana
Publicado por: Editorial
Molino, octubre de 1945