El prisionero del Teocali

G. L. Hipkiss

(como Rafael Molinero)

 

Yuma/12

 

 

 

CAPÍTULO I

EL SECUESTRO DE TRÉVELEZ

 

Existe un edificio grandioso, rodeado de jardines, que ningún hombre de cien­cia deja de visitar cuando pasa por Bar­celona, y que, goza de merecida fama en el mundo entero. Se halla en las afueras de la ciudad, sobre una colina próxima al monte del Tibidabo y la estructura cen­tral del mismo consta de seis pisos.

Una biblioteca, que figura entre las mejores del mundo, ocupa por completo la planta baja. El primer piso contiene una serie de juegos de habitaciones, compuestas de alcoba y despacho. En los demás se alojan, estudian y trabajan, especialistas en todos los ramos del saber humano. Esta estructura es completa­mente cuadrada y en el centro de la misma hay un gran patio estilo árabe, con palmeras, arcadas, flores, bancos de azulejos y un surtidor central cuyas aguas refrescan el ambiente en verano.

Gracias a la conformación de la casa, todas las habitaciones de la misma es­tán muy bien ventiladas y gozan de abun­dante luz.

De la fachada posterior y de los dos lados parten dos amplias y largas naves-seis en total-que albergan talleres muy bien equipados, laboratorios dota­dos de todos los adelantos modernos, sa­las de maquinaria de todas clases, etc.

Completamente apartado del resto, en el fondo de un bosquecillo, anida otro laboratorio taller destinado a los expe­rimentos de índole peligrosa.

Nuestros lectores habrán reconocido ya, sin duda, el edificio: se trata del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, fundación destinada a pro­teger a inventores en ciernes e investi­gadores científicos cuyos medios no les permitan llevar a cabo sus trabajos.

El Instituto, único en su género, no sólo pone todo su material a disposición de los inventores e investigadores, sino que sus ingenieros y especialistas les ayudan a resolver sus dificultades y, una vez perfeccionado un invento, se encarga de hallarle mercado, limitándose a co­brar al inventor un tanto por ciento in­significante del importe de la venta, para subvenir a los gastos de sostenimiento.

Son famosas las exposiciones que la fundación celebra periódicamente y a ellas acuden representantes de todas las industrias en busca de ideas nuevas y de inventos que incrementen y mejoren la producción de sus fábricas.

Cuando se trata de investigaciones de orden abstracto, el Instituto publica me­morias, folletos, monografías u obras voluminosas por su cuenta, deduciendo siempre un tanto de los beneficios para contribuir a los gastos que su sosteni­miento representa.

Al fijar su residencia en la Ciudad Con­dal, Ramón Trévelez-español de origen americano-decidió realizar el proyecto que había estado acariciando toda su vi­da, dedicando una parte de su cuantiosa fortuna a la fundación del Instituto en colaboración con el Estado. Gracias a él, España pudo beneficiarse de muchas in­venciones que, de lo contrario, hubieran ido a parar al extranjero o que el inven­tor jamás hubiese podido perfeccionar por falta de medios.

Detrás del edificio que hemos descrito, y a continuación de los jardines, hay un extenso parque, con avenidas umbrías. Una de éstas conduce a un bosque, en el que predominan los alerces, los abetos los pinos, por entre los que serpentea convertida ya en simple sendero. Desem­boca en un gran claro, a uno de cuyos lados se alza una estructura larga y baja con numerosas puertas que dan a cuar­titos individuales.

En el centro del claro hay una gran piscina de límpidas aguas, a ambos ex­tremos de la cual hay instalados tram­polines y toboganes. Trévelez tenía por costumbre acudir allí todas las mañanas a pasar un rato y hacer después un poco de ejercicio en el gimnasio vecino, ape­nas visible por entre los árboles del otro lado.

En la mañana en que damos principio a muestro relato, llegó poco después del amanecer, como solía, y se introdujo en uno de los cuartitos a desnudarse.

No bien se hubo cerrado la puerta tras él, abrióse la del cuartito contiguo y sa­lieron dos hombres. Ambos llevaban la cara cubierta hasta los ojos por un pa­ñuelo. Se estacionaron uno a cada lado de la salida del cuarto del director del Instituto y aguardaron. Uno de ellos lle­vaba un paño grande en la mano.

Poco después se abrió la puerta y, an­tes de que Trévelez se diera cuenta de su peligro y pudiera hacer cosa alguna por defenderse, los dos hombres se aba­lanzaron sobre él. El paño, empapado en cloroformo, le cubrió la nariz y la bo­ca; brazos fuertes intentaron sujetarle.

Las fuerzas del director del Instituto eran prodigiosas. Hubiera vencido fácil­mente a los dos hombres a pesar de haber sido pillado desapercibido. Es más, llegó incluso a arrojarles a ambos lejos de sí, pero no lo hizo a tiempo para salvarse. El narcótico había surtido ya su efecto y, antes de que pudiera arran­carse el paño de la cara y hacer frente a los hombres que, levantándose del sue­lo, corrían de nuevo a atacarle, le fallaron las piernas. Unos segundos después había perdido el conocimiento.

Los desconocidos no se pararon a reco­ger la ropa de su cautivo. En traje de baño, como se encontraba, cargaron con él y se perdieron entre los pinos.

No haría veinte minutos que se habían marchado, cuando llegó uno de los inge­nieros, se desnudó y se bañó. Durante la hora siguiente, el lugar no estuvo desier­to ni un minuto siquiera, pero, cosa rara, a ninguno se le ocurrió usar el cuarto que había empleado el director del Instituto.

Trévelez no fue echado de menos hasta cerca de las once de la mañana, hora, en que uno de los ingenieros quiso con­sultarle. No encontrándole en su despa­cho, preguntó al portero, que aseguró no haberle visto desde que saliera a primera hora a bañarse, como de costumbre. In­terrogados unos y otros, ninguno pudo dar razón de su paradero ni había quien le hubiera visto en toda la mañana, excepción hecha del mencionado portero.

No obstante, no se dio demasiada importancia al hecho. El señor Trévelez se ausentaba a veces sin previo aviso y se creyó que, después de bañarse, habría marchado a algún sitio con la intención de volver pronto y que algo le había re­trasado.

Llegó la hora de comer sin que compareciese ni se supiera nada de él. A las cinco de la tarde se presentó un hombre a visitarle: era Garvez.

-Hola, Juan-le dijo al portero al en­trar-. ¿Está en su despacho el señor Trévelez?

-No señor, debe de haber salido.

-¿No dijo a dónde iba?-inquirió Garvez, sin darse cuenta de la forma en que le habían contestado.

-No ha dicho nada, ni sabíamos que tuviese la intención de salir siquiera, no le hemos visto salir si a eso viene...

-Entonces, ¿cómo está usted tan se­guro de que no se encuentra en su despacho?

El portero le explicó lo sucedido.

Garvez consultó su reloj.

-Es raro-dijo-. Si pensaba salir des­pués del baño, lo más natural era que lo dijese. De todas formas, el camino más corto para él era volver a pasar por aquí y hubiera podido decir algo de paso. ¿Sabe usted si se llevó el automóvil?

-No lo oí y, además, el conductor está aquí en estos instantes. Uno de los químicos se asomó al garaje, sin em­bargo, y dice que el coche, sigue allí.

-Es raro-repitió Garvez, pensativo-. No creo que pueda tardar en regresar, sin embargo, puesto que nada ha dicho. Subiré a esperarle un rato a su despa­cho... si está abierto.

Subió en el ascensor. El despacho no estaba abierto, pero Trévelez le había dado una llave para que pudiese entrar, si era preciso, en su ausencia-cosa que ni el portero ni nadie sabía. Abrió, por consiguiente, la puerta y entró.

Había subido no sólo para esperar a Trévelez como había dicho, sino para intentar ponerse en contacto con él. De momento, no se le había ocurrido pen­sar en la posibilidad de que le hubiera sucedido algo al director del Instituto. No obstante, el hecho de que se hubiese ausentado durante tantas horas no deja­ba de extrañarle. Cierto era que había marchado muchas veces del Instituto sin decir allí una palabra-mejor dicho, eso lo hacía con frecuencia. Pero, si na­da decía allí, avisaba por lo menos a Garvez y aquella vez no lo había hecho.

Ni siquiera le había telefoneado para en­terarse de si había algo nuevo en ciertas investigaciones que estaban haciendo.

Tomó asiento en el sillón de su amigo y jefe y, oprimiendo la corona de su reloj de pulsera que, como ya saben nuestros lectores, era al propio tiempo que reloj, aparato transmisor y receptor radiotelegráfico, radió la contraseña a la que Tré­velez respondía siempre sin demora.

Aquella vez, sin embargo, Garvez no obtuvo la menor respuesta. Repitió la llamada varias veces con idéntico resul­tado y entonces empezó a alarmarse.

¿Cómo era posible que Trévelez dejase de responder a menos que le hubiese su­cedido algo?

Se levantó de su asiento, salió al pasi­llo, cerró la puerta nuevamente con lla­ve y bajó a la portería.

-¿Está usted seguro-le preguntó al portero-, que nadie ha visto al señor Trévelez después de salir de aquí para irse a la piscina?

-Completamente seguro, señor Garvez. Precisamente anduvimos buscando por todas partes e interrogando a todo el mundo.

-¿Se han asegurado de que no se en­cuentra en ninguno de los camerinos de la piscina? Pudiera haberle dado un ataque o algo así...

-No, señor. A nadie se le ha ocurrido mirar. ¿Cómo iba a darle un ataque al señor Trévelez con lo sano que está? Además, ya sabe usted que no tiene nada de particular que se vaya y esté ausente días enteros, incluso sin decir una pa­labra.

-A pesar de todo-anunció Garvez-; yo no estaré tranquilo hasta que haya examinado esos cuartos. Voy a darme un paseo hasta la piscina. ¿Sabe usted cuál es el cuarto que suele él usar?

-No creo que tenga preferencia por ninguno. Usa cualquiera de ellos, indistintamente.

Garvez salió del edificio, cruzó por en­tre los cuadros de flores y llegó al par­que. Se encaminó al bosquecillo de que ya hemos hablado, sin dejar de mirar a su alrededor por si veía aparecer al hombre a quien buscaba por algún lado.

Al encontrarse en el claro, se acercó al primer camarín y lo abrió. Sólo encon­tró en él toallas, un traje de baño y unos taburetes. Probó el siguiente, con igual resultado. El tercero era el que ha­bía ocupado Trévelez aquella mañana. No hacía falta que nadie se lo dijera a Garvez. Allí estaba todavía el traje del director, colgado de la percha, los zapa­tos en el suelo, el reloj (igual al que llevaba él) descansaba sobre un taburete.

Cuando hizo el descubrimiento, sintió como si una mano le oprimiera el cora­zón. Se metió el reloj de su jefe en el bolsillo, miró cuidadosamente a su alre­dedor en busca de algún indicio que le permitiera adivinar lo ocurrido y, no ha­llando nada, salió de nuevo y se encami­nó al gimnasio. Allí había instalado un teléfono conectado con la centralilla del Instituto.

Ya no era de extrañar que Trévelez no hubiese contestado a su llamada. Había desaparecido de allí sin otra cosa que un traje de baño al parecer, cosa que, para Garvez, sólo podía tener un signi­ficado.

Telefoneó al Instituto, dio a conocer al portero su hallazgo y le pidió que man­dara inmediatamente gente que le ayu­dase a explorar los alrededores, por si el director había sufrido algún accidente en las cercanías. Cabía la posibilidad de que hubiese ido a dar una vuelta por el bosque en traje de baño y que le hubiera ocurrido algo. Podía haber perdido el conocimiento al darse un golpe y no ha­ber vuelto en si aun para pedir socorro si no le era posible ponerse en pie de nuevo. Cabía la posibilidad esa, como decimos, pero Garvez no creía en ella. No obstante era preciso cerciorarse.

No esperó él a que llegara nadie del Instituto: se metió en el bosquecillo sin perder momento y lo fue recorriendo, bus­cando huellas.

Todos sus esfuerzos por dar con su paradero fueron vamos. Y la media do­cena de personas que acudieron del Ins­tituto no obtuvieron mayor éxito. Tréve­lez había desaparecido por completo, sin dejar rastro.

No le cabía la menor duda ya a Gar­vez de que su jefe había sido secuestra­do. Sólo así podía explicarse que hubie­ra dejado reloj y traje. Pero, ¿quién le habría secuestrado y para qué? ¿Dónde le habrían llevado?

Recurrió al empleo de perros sabuesos, con la esperanza de que éstos pudieran seguirle la pista, pero resultó tan inútil como todos los demás procedimientos. Trévelez no había dejado rastro que pu­liesen seguir los perros, lo que constituía una prueba más de que había sido se­cuestrado. Sus pies no habían tocado el suelo-eso era evidente, porque los sa­buesos no podían olfatearle. No quedaba más explicación que una: le habían tras­ladado de allí en brazos.

Por aquel lado, cosa de un kilómetro más allá, la finca propiedad del Instituto lindaba con un camino de segundo or­den. El secuestrador, o los secuestrado­res, tenían que haber salido por aquel punto, que era el más solitario. Jamás se hubiesen atrevido a pasar por ningún otro lado en pleno día con un hombre sin conocimiento y en traje de baño.

Examinando aquel camino, se descu­brieron huellas de neumáticos-lo que, a fin de cuentas, nada significaba: más de un automóvil debía pasar por allí al cabo del día.

Garvez puso en movimiento a todos les agentes de Yuma y se encerró en su casa para dirigir sus actividades-lo que no impidió que fuese denunciaría la des­aparición a la policía: el director del Instituto de Inventores e Investigacio­nes Científicas era un personaje dema­siado conocido, demasiado apreciado pa­ra que pudiera guardarse el secreto de lo que le había sucedido.

El mismo día de su desaparición, cen­tenares de personas estaban ya investi­gando. Y, como consecuencia de ello, se supo que aquella mañana temprano, un peón caminero había visto, en una ex­planada del otro lado de la colina, un avión bimotor que aguardaba con los mo­tores en marcha. Le había llamado la atención por dos razones: primera, por­que en su vida había visto un aeroplano parado fuera de un aeródromo; segunda, porque era la primera vez que veía al natural un avión de dos motores. No obstante, tenía prisa y no se paró a ver si se acercaba alguien, o si despegaba. Tampoco se había fijado qué señales lle­vaba en las alas o en el fuselaje.

La policía se puso en contacto inme­diatamente con el aeropuerto. Dio la descripción que el peón caminero había proporcionado y preguntó si se sabía si algún avión bimotor había andado por los alrededores del Tibidabo aquella ma­ñana.

Las autoridades del aeropuerto contes­taron negativamente. Daba la casuali­dad, incluso, que aquel día ni había des­pegado ni aterrizado en el Prat avión alguno que se pareciera al que les ha­bían descrito. No obstante, pidieron unos minutos para interrogar al personal y averiguar si alguien había oído o visto algo.

El resultado de este interrogatorio no fue del todo nulo. Uno de los mecánicos del campo aseguraba haber visto pasar, a primera hora de la mañana, un avión que volaba a gran altura. Picada su cu­riosidad, lo examinó con ayuda de unos gemelos y pudo comprobar que se tra­taba de un bimotor; pero que no lleva­ba señal alguna que permitiera estable­cer su nacionalidad. En el momento de ser descubierto, parecía volar en direc­ción Sudeste.

Y aquel día ya no se pudo averiguar más.

 

 

 

CAPÍTULO II

YUMA APARECE EN PÚBLICO

 

Los periódicos del mundo entero pu­blicaron la noticia con grandes titulares. Ramón Trévelez, el hombre a cuya ayuda tenían que agradecer muchos el ha­ber salido de la miseria, el hombre cuyos conocimientos científicos habían prestado tantos servicios a la Humanidad, el hom­bre a quien todo el mundo admiraba, respetaba y quería había sido secues­trado.

¿Qué fin perseguían sus secuestradores? ¿Rescate? No lo parecía. No se ha­bía recibido noticia alguna de ellos. Fue­ra como fuese, muy listos habían de ser para poder permanecer inmunes. A Ra­món Trévelez no podía secuestrársele sin que el mundo entero se sublevase. La policía de todos los países le buscaba. No eran ya instituciones, sino gobiernos los que dirigían las investigaciones que por todo el mundo se llevaban a cabo.

Y se recibían datos, aunque escasos. Se había visto aterrizar un avión bimo­tor misterioso en Persia, y aunque de momento no se había dado demasiada importancia a la cosa, al conocerse la noticia de la desaparición del director del Instituto y saberse que se suponía viajaba con sus secuestradores en un bi­motor, se había acudido al desierto lugar en que se viera aterrizar el bimotor. Allí se hallaron pruebas de que los planes para su secuestro habían sido preparados hasta en su último detalle de antemano. Unos cuantos bidones vacíos no dejaban lugar a dudas acerca de lo que había ido a buscar allí el aeroplano. Era evidente que en aquel lugar, como en otros, po­siblemente, se había colocado con antici­pación gasolina suficiente para cargar sus depósitos.

Procuró averiguarse quiénes se habían encargado de hacerlo. Pero nada se ade­lantó. Los agentes de los secuestradores habrían aprovechado la noche y obtenido poco a poco el combustible para no lla­mar la atención.

La próxima noticia llegó de Mongo­lia, donde un avión bimotor había tomado tierra para aprovisionarse. Pero tampoco allí pudo descubrirse quién se había encargado de preparar el aprovi­sionamiento. Sólo se sabía que el aero­plano había continuado su vuelo hacia el Sudeste.

Y allí se perdió por completo la pista. Nadie parecía haber vuelto a verle y to­dos los esfuerzos que se hicieron por desenterrar nuevos indicios fueron vanos.

Entretanto, los agentes de Yuma fre­cuentaban los bajos fondos, escuchaban conversaciones, recogían y analizaban ru­mores con la esperanza de que, tarde o temprano, alguno se iría de la lengua y se sabría algo concreto.

En Persia, todos los esfuerzos se con­centraron en descubrir a los que habían dejado la gasolina para el avión; pero, o los culpables no se hallaban ya allí, o guardaban muy bien su secreto.

Entretanto, en Barcelona, reinaba gran consternación. Garvez se consumía por­que nada podía hacer para auxiliar a su amigo y jefe. Varias veces estuvo a punto de abandonarlo todo y marchar personalmente a Mongolia a ver si allí encontraba él una pista que seguir, aun­que los demás no habían logrado hacer­lo. Cualquier cosa, pensaba, menos aque­lla inactividad. Pero se sobrepuso su sen­tido común. Era mucho más útil su presencia en Barcelona, puesto que allí po­día recibir los informes de todos los agentes y dirigir las operaciones.

Santos, Rodrigo, Manrique, Marcos y Reyes apenas dormían. Estaban seguros de que en España habría agentes de los secuestradores y, si era humanamente posible, pensaban dar con ellos tarde o temprano.

Dos personas había cuyo pesar era, quizá, mucho más profundo que el de todos los demás, a pesar de ser la pesa­dumbre de todos muy grande. Una de ellas era la doctora Dolores Arana.

Se presentó en casa de Garvez con los ojos azules enrojecidos por el llanto, el rostro demacrado por la preocupación continua y la falta de dormir.

-¿Nada?-inquirió al ver al jefe de los agentes de Yuma.

-Nada-respondió éste, sacudiendo tristemente, la cabeza.

-¡Hay que hacer algo!

-Se está haciendo todo lo humana­mente posible, doctora. Siéntese...

-No puedo estar sentada, no puedo estarme quieta un momento sabiendo que él corre peligro. He hablado con el doctor Prensa. Le he dicho que, de mo­mento, no puedo ocuparme de la clínica. No estoy en condiciones de atender a los enfermos, de ocuparme de nada hasta que sepamos algo... Lo dejo todo para dedi­carme por completo a esto, a dar con su paradero...

-¿Y qué va usted a hacer, doctora? El mundo entero se preocupa de eso y ya ve usted lo poco que se ha consegui­do... Se hace todo lo humanamente posible.

-Hay que hacer lo sobrehumanamente posible, pues... ¡A lo mejor ha muerto a estas horas!-agregó con un gemido.

-Tranquilícese, doctora. Eso no es de esperar que haya sucedido ni que suce­da... de momento.

-¿Por qué?... ¿Quién le garantiza que...?

-No se exalte. Es cuestión de sentido común-la interrumpió Garvez-. Si hu­bieran querido matarle, lo hubiesen he­cho aquí mismo. ¿Qué necesidad tenían de cargar con él? Es evidente que le necesitan para algo y, mientras tengan la esperanza de conseguir lo que se pro­pongan, Trévelez no corre peligro.

-É no cederá nunca a sus exigencias.

-Pero, es lo bastante inteligente para ganar tiempo... y es tiempo lo que se necesita. Hay demasiada gente buscán­dole para que no den con su paradero tarde o temprano. Créame, doctora, to­dos daríamos la vida por él si fuera pre­ciso y, ni qué decir tiene, no sosegamos. También nosotros le profesamos cariño y sentimos profundamente lo ocurrido.

-Lo sé-murmuró la joven-. Perdó­neme, Garvez. No he dudado ni un momento que se hace todo lo posible. Pero estoy trastornada y no sé lo que me digo. Si a él le ocurriera algo...

Garvez le dio unas palmaditas cariño­sas en el hombro.

-Tenga usted valor-dijo-, y confianza. Trévelez se ha encontrado en situaciones muy difíciles durante su existencia y siempre ha salido bien de ellas. Ésta (agregó con una confianza que andaba muy lejos de sentir) no será excepción de la regla.

La segunda persona que hemos men­cionado era Samara. Si exceptuamos a Dolores Arana, tal vez no hubiera entre los agentes de Yuma uno solo cuyo cari­ño por Trévelez fuera más profundo ni cuya admiración, como la de él, rayara en la idolatría. El caso era tanto más curioso cuanto que Samara era relativa­mente recién llegado a España. El agen­te K era un gigantesco eurasiático de una capacidad mental extraordinaria. La inteligencia de que continuamente daba pruebas, sus conocimientos científicos, la habilidad con que sabía aplicarlos y los revolucionarios inventos de que era au­tor, le colocaban a una altura que, a decir de los hombres de ciencia, sólo Tré­velez superaba.

Llevaba, como decimos, muy poco tiempo en España, pero ese poco tiem­po había bastado no sólo para que Trévelez viera en él a un amigo fiel hasta la muerte, sino para que adquiriera tal confianza en su integridad y en su pru­dencia, que no tuvo ya para él secreto alguno, equiparándole en eso a Garvez, Marcos y Santos, cuya amistad inque­brantable, los peligros corridos juntos y los muchos años que se conocían, habían demostrado fuera de toda duda.

Si los fuertes lazos de amistad qué unían a los dos hombres resultaban ver­daderamente admirables para el mundo en general lo eran, mucho más aún, pa­ra los agentes de Yuma, que conocían, mejor que el propio interesado, la ver­dadera historia de Samara.

Este había sido en otros tiempos uno de los adversarios más terribles de Yu­ma. Era el único que podía preciarse de haber llegado incluso a penetrar su se­creto. Y más de una vez Yuma había estado a punto de perecer a sus manos o a las de sus agentes.

Por fin, sin embargo, como todos los enemigos de la sociedad que se enfrenta­ban con Yuma, Samara había caído. El misterioso ser invisible, tras haberle ven­cido, le había quitado la memoria inyec­tándole una droga por él inventada.

Para Yuma, ningún hombre era esen­cialmente malo. Las circunstancias, el ambiente, la crianza, las malas doctri­nas podrían pervertirle, pero opinaba que la maldad no era congénita en ninguno y que, por muy bajo que hubiese caído, siempre quedaba en él una chispa de bon­dad que, cuidada y alimentada, podía convertirse en regeneradora hoguera.

Una cosa podía dificultar la regenera­ción y convertirla en ardua empresa: el recuerdo de los actos delictivos cometi­dos, la costumbre creada por el ejercicio de los malos instintos, la violencia que el cambio pudiera suponer para quien se había habituado a vivir fuera de la Ley y no se sintiera con fuerzas para abrirse un nuevo surco. Este inconveniente lo había obviado Yuma haciendo perder la memoria a cuantos malhechores caían en sus manos.

Era un gran experimento el que Yuma estaba llevando a cabo y, hasta el mo­mento, no podía quejarse de sus resul­tados.

Allá en el continente americano, en el Yucatán, no muy lejos de Piedras Ne­gras y oculto en el corazón de un maci­zo montañoso, hay un valle cuya existen­cia jamás sospechó explorador alguno.

Grandes edificios lo pueblan y en él vive una comunidad singular-no por su aspecto, sino por los fines que persigue.

Figuran, entre los mencionados edifi­cios, grandes laboratorios, talleres, es­cuelas, gimnasios, lugares de recreo, ca­sas destinadas a vivienda y unas cons­trucciones pequeñas, aisladas, donde re­siden los que del mundo exterior llegan.

En este valle-que pudiéramos llamar feudo de Yuma-todos los que entran carecen de memoria. Ninguno sabe quién es, qué ha sido, dónde ha desarrollado sus actividades, ni si éstas fueron malas o buenas.

Pudiera llamarse “Valle de los Ni­ños”, porque cuantos a él son enviados, por muy viejos que sean, tienen el cere­bro tan limpio de impresiones como ni­ños recién nacidos, y como tales han de ser educados.

En realidad, aquél es el «Valle de la Regeneración» y el objeto que persiguió Yuma al fundarlo fue educar de nuevo a los que, antes de morir su memoria, fue­ron criminales.

Allí se les enseña un oficio que esté en consonancia con sus aptitudes, se les in­culca un profundo amor al trabajo y se despierta en ellos el deseo de vivir en un mundo libre de crímenes y de todas las bajas pasiones.

Se les enseña que amor engendra amor, que la solución de todos los problemas del mundo yace en la capacidad que tenga el hombre para amar y ayu­dar a sus semejantes y que sólo traba­jando con ahínco y amando con desinterés puede llegar la Humanidad al pi­náculo del progreso y de la felicidad.

Una vez regenerado por completo, el hombre es enviado al mundo de nuevo, donde Yuma o sus agentes se encargan de situarle donde pueda ganarse honro­samente la vida.

A aquel valle había llegado cierto día Fegor, verdadero genio del mal, cuyas terribles hazañas ya conocen nuestros lectores. Fegor, privado de la memoria por Yuma tras su último encuentro con él en la Casa del Cráter, conservaba intactas sus extraordinarias facultades. Co­mo consecuencia de ello, fue tarea fácil darle de nuevo los conocimientos científi­cos que antes de perder la memoria había poseído.

Al cabo de unos años, sus instructores, asombrados de los fantásticos progresos que había hecho, notificaron a Yuma que se hallaba en condiciones de volver nue­vamente a habitar entre sus semejantes

Normalmente, el misterioso personaje se hubiese encargado de encontrarle un empleo para que se ganara la vida hon­radamente. Las facultades de Fegor, sin embargo, eran demasiado excepcionales para correr el riesgo de que la Humani­dad no se beneficiara todo lo posible de ellas. Por consiguiente, decidió ponerle en contacto con Ramón Trévelez, para que éste le encomendara investigaciones científicas susceptibles de mejorar la suerte de sus semejantes.

Fegor, que ignoraba quién era y qué era lo que había hecho antes de llegar al valle, recibió el nombre de Samara, a cuyo nombre se le extendieron documen­tos y fue enviado a España, donde, como ya hemos dicho, no tardó en convertirse en persona de confianza de aquel a quien con tanta saña había combatido.

Samara llegó a casa de Garvez poco después de haberse marchado Dolores, y el objeto de su visita era el mismo que el de la doctora. Nada delataba en su sem­blante la angustia que la desaparición de su jefe y amigo le producía, pero Gar­vez, que había llegado a conocer bien y a apreciar al nuevo ayudante de Yuma, no necesitaba de señales exteriores para comprender los sentimientos de su visi­tante. Sin esperar a que el otro le in­terrogara, movió negativamente la ca­beza.

-No se sabe nada-dijo.

Samara se dejó caer en un sillón. Guardó silencio unos momentos, con la mirada fija en la lejanía.

-No creo que haya muerto-dijo, por fin, repitiendo, inconscientemente, los argumentos que esgrimiera el propio Garvez al hablar con la doctora-. Le han se­cuestrado con un fin determinado y, mientras tengan la esperanza de poder conseguir sus propósitos, la vida de Tré­velez no corre peligro.

-Eso es lo que yo opino también-asintió Garvez.

-Pero existe un peligro en el que no sé si se le habrá ocurrido a usted pen­sar-prosiguió el eurasiático.

-¿Cuál?

-Si, en cualquier momento, sus se­cuestradores llegan a adivinar, a sospechar siquiera toda la verdad acerca de su prisionero, le matarán sin perder mo­mento. Comprenderán que es inútil es­perar, puesto que Trévelez jamás se pres­tará a facilitar la ejecución de sus pla­nes.

-Ese peligro-contestó Garvez, lenta­mente-, no se me había pasado por alto. Pero nada podemos hacer nosotros por conjurarla.

-Sí que podemos-dijo el otro.

-¿Qué?

-Yuma tiene que aparecer de nuevo... y hacerlo públicamente esta vez.

Garvez le miró con viveza.

-Quizá tenga usted razón-asintió.

-Estoy seguro de que la tengo. Si Yuma aparece como he dicho, la Prensa hablará de ello, los secuestradores se enterarán, si alguna sospecha hubieran concebido, se desvanecerá inmediatamen­te. Trévelez tendrá más probabilidades de vida.

-Es cierto... ¿Qué plan propone, Sa­mara?

-Esta tarde se celebrará una reunión en el Olimpia, a la que asistirán repre­sentantes de las autoridades y de la Prensa. Alguien debe aprovechar el mo­mento oportuno para aparecer en la pla­taforma como si fuera Yuma.

-¿So pretexto de qué? Tiene que ha­ber alguna excusa para que Yuma se presente así en público.

-¿Qué mejor pretexto que la desapa­rición de Trévelez? Puede anunciar pú­blicamente que piensa él poner en juego todos sus recursos para dar con su para­dero y castigar a los que le han se­cuestrado.

-¿Quién propone usted que haga papel de Yuma, Samara?

-Eso lo dejo a su elección, Garvez.

-Creo-dijo éste, lentamente-, que es usted el más indicado. Trévelez tiene confianza ilimitada en usted, no he de ser yo menos. Vuelva usted a su casa. Iré yo a visitarle más tarde.

Los dos hombres se estrecharon la mano. Samara se fue y, unos minutos más tarde, Garvez abandonaba su hoteli­to y se dirigía apresuradamente al Ins­tituto de Inventores e Investigaciones Científicas. Subió rápidamente al despa­cho del director, entró, haciendo uso de su llave, oprimió las molduras que hacían girar la estantería y pasó al despacho secreto.

Una vez allí, tiró de la colgante lám­para y, en cuanto se descorrió la pared que daba al guardarropa, pasó al inte­rior y descolgó la capa negra que pendía de un gancho. La dobló y se la metió en el bolsillo, cerró todas las puertas de nuevo, y a continuación, se dispuso a hacerle a Samara la visita prometida.

 

*****

 

Eran las cuatro de la tarde. El público había acudido can interés a escuchar la conferencia que sobre la cuarta dimensión había de dar un conocido hombre de ciencia, como toda la Pren­sa había anunciado que el gran matemático explicaría el tema de una forma que resultara comprensible para el más-pro­fano en la materia, el local estaba lleno de bote en bote.

Antes de presentar al conferenciante, un científico barcelonés soltó un pequeño discurso, a modo de introducción.

-Señores-dijo-: Cuando bajo los auspicios de las autoridades se acordó dar un ciclo de conferencias de vulgarización científica, se decidió, por unanimidad, que el más indicado para presidirlas era nuestro ilustre conciudadano, el doctor Ramón Trévelez, director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científi­cas. Él aceptó gustoso el nombramiento y hasta ofreció dar él mismo una de las conferencias anunciadas, prestándose, en el transcurso de ella, a contestar á cuan­tas preguntas relacionadas con el tema se le dirigieran.

»Por desgracia, la suerte„ no ha queri­do que nos viéramos honrados con su presencia. Ha sido víctima, como todos, ustedes saben, de unos secuestradores e ignoramos, de momento, su paradero. Aun tenemos todos la esperanza, sin embargo, de que se le encuentre a tiem­po para que asista a alguna de estas conferencias por lo menos y...

Una voz tonante le interrumpió

-¡Ramón Trévelez será hallado y res­catado!-sonó en la plataforma, muy cerca del que hablaba, aunque no había allí ninguna persona visible.

El orador volvió la cabeza, frunciendo lentamente el entrecejo. A punto estaba de hablar con dureza a los que ocupaban las sillas más cercanas, creyendo que al­guno de sus ocupantes había hablado con el único fin de interrumpirle, cuando la voz tonante habló de nuevo.

-Ramón Trévelez-anunció-, es un hombre demasiado necesario a la ciencia para que pueda permitirse que sus secuestradores permanezcan impunes. Se­rán hallados y castigados.

-Pero, ¿quién habla?-inquirió el ora­dor, desconcertado, mirando a su alre­dedor-. ¿Quién es el que dice todo eso?

Y se inmovilizó de pronto, dilatadas las pupilas, al ver aparecer, como flotan­do en el aire, una cabeza en cuyo terri­ble rostro, cubierto de cadavérica palidez, brillaban como carbunclos dos ojos.

-¡Yuma!-exclamó, sobrecogido.

Y su exclamación fue coreada por muchos de los que asistían a la conferencia.

-Yuma-asintió la voz-; Yuma, que declara públicamente su intención de movilizar todos sus recursos para dar con el paradero de don Ramón Trévelez.

Durante unos momentos siguió vién­dose la horrible cabeza, cuya mirada de fuego se paseó por el auditorio. Luego, mientras unos la contemplaban con terror y otros con asombro, desapareció de nuevo para no reaparecer más.

La conferencia perdió inmediatamente todo interés para la mayoría de los con­currentes. El matemático, comprendién­dolo así, anunció que, en vista de las circunstancias, había decidido suspender su exposición, cosa que el presidente es­cuchó con enorme alivio. Viendo el hu­mor del público, había temido que éste se fuera retirando de la sala poco a poco, lo que hubiera resultado bochorno­so para el conferenciante.

Se advirtió que se daría a conocer en la Prensa para qué día se aplazaría el acto y el público fue desfilando de la sala, siendo los periodistas los primeros en sa­lir paró correr a sus respectivas Redac­ciones y preparar la noticia.

Y aquella noche todos publicaron la nueva de que Yuma había aparecido en plena conferencia para anunciar su pro­pósito de encargarse de buscar a Trévelez.

 

 

 

CAPÍTULO III

TRÉVELEZ HACE UN DESCUBRIMIENTO

 

Los efectos del cloroformo fueron des­vaneciéndose lentamente. Trévelez, con los ojos cerrados, hizo un esfuerzo por recordar lo que le había pasado. La ex­periencia le había demostrado que no siempre es conveniente dar a conocer, que ha recobrado uno el conocimiento hasta haberse preparado para posibles sor­presas.

Poco a poco, a medida que los vapo­res se disipaban, la memoria fue volvien­do. Recordó haber salido del cuartito para meterse en la piscina y el ataque de que había sido objeto. Sabía que el clo­roformo le había dejado sin sentido an­tes de que hubiese podido retirarse el paño de la cara.

Más tarde... Lo sucedido más tarde resultaba nebuloso. Lo recordaba como un sueño confuso. Había abierto los ojos, visto que se hallaba a bordo de un avión e inmediatamente un hombre sentado cerca de él le había vuelto a dar un anes­tésico. Esto sucedió dos veces. La terce­ra le quitaron el conocimiento mediante una inyección, temiendo, sin duda, que usar nuevamente cloroformo pudiera lle­gar a costarle la vida.

Mientras pensaba todo esto, se dio cuenta de dos cosas; primera, estaba tendido cuan largo era sobre un suelo de piedra; segunda, seguía sin mas ropa que el traje de baño con el que le sor­prendieran. Para entonces, ya se consideraba con fuerzas suficientes para hacer frente a la situación. Puso en tensión to­dos sus músculos, preparado para po­nerse en pie de un brinco y abrió muy despacio los ojos.

El resultado no fue el que había espe­rado. Veía tanto con los ojos abiertos como si los hubiese tenido cerrados. Se encontraba envuelto en las mas profun­das tinieblas. Durante unos instantes lle­vó a temer que la administración de tan­ta droga le hubiese dejado ciego y acabó diciéndose, más bien porque tal era su esperanza que por verdadero convenci­miento, que se hallaba en una habitación sin ventana de ninguna clase.

Se levantó, no obstante, y echó a an­dar con cautela hasta que sus manos, ex­tendidas, tropezaron con una pared, de piedra también, como el suelo. Examinó ésta minuciosamente, valiéndose del tac­to, y luego la fue siguiendo, sin dejar de mover la mano arriba y abajo en busca de alguna abertura.

Por fin, al cabo de un buen rato, dio con el hueco de una puerta que, o cerra­ba herméticamente (en cuyo caso debía haber huecos de ventilación por algún otro lado, ya que el aire era respirable), o daba a algún otro cuarto oscuro, por­que no se filtraba por ella ni el menor rayo de luz.

Una vez allí, se colocó de espaldas a la puerta y echó a andar hacia adelante tan en línea recta como le fue posible, hasta dar con la pared. Desde allí, si­guió andando, pegado a la pared, hacia la izquierda, que era el mismo camino que siguiera la primera vez. Contó cua­tro pasos antes de llegar a la esquina, ocho pasos más hasta la esquina siguien­te y poco más de tres hasta la puerta.

Repitió la operación anterior. De es­paldas contra la puerta, cruzó de nuevo el cuarto en línea recta. Esta vez, sin embargo, torció hacia la derecha en lu­gar de hacia la izquierda, sin dejar de tantear la pared.

Gracias a esta maniobra, descubrió que se hallaba en un cuarto cuadrado, de ocho pasos de lado, de paredes y suelo de piedra, sin más solución de continuidad que la puerta cerrada.

Examinó luego todo el suelo de la habitación, andando a gatas. Estaba completamente vacía.

Había llegado a ese punto de sus in­vestigaciones, cuando oyó ruido por el lado de la puerta. Se pegó inmediata­mente a la pared del mismo lado. La puerta se abrió y entró un hombre con una linterna encendida. A pesar de que ésta no daba mucha luz, tan acostum­brado estaba ya Trévelez a la oscuridad que quedó momentáneamente deslum­brado.

Antes de que la vista se le acostum­brara lo bastante a la claridad, oyó una voz que decía

-¡Ah! ¡Ha recobrado el conoci­miento! Coma, que pronto le sacare­mos de aquí.

Algo tintineó contra el suelo y la puer­ta volvió a cerrarse en el preciso momen­to en que el director del Instituto se disponía a abalanzarse sobre su carce­lero.

Cerca de la puerta y siempre a tien­tas, encontró un cacharro con agua y un trozo de pan con carne dentro. En­tonces se dio cuenta, por primera vez, de que tenía hambre, y comió y bebió. Aquello pareció darle nuevas energías El desconocido había dicho que pronto le sacarían de allí, pero prefería salir solo si le era posible. Volvió a situarse junto a la puerta a esperar.

No tenía medio alguno de medir el tiempo, pero calculó que habría transcurrido cosa de un cuarto de hora cuan­do volvió a abrirse la puerta de su en­cierro. Estaba preparado para abalan­zarse sobre el primero que se presentara, pero los secuestradores eran dema­siado inteligentes para no comprender que tal sería su intento.

Unos rayos de luz entraron en el cuar­to, pero no asomó nadie. Una voz dijo:

-¡Salga!

Y, puesto que nadie entraba, Trévelez salió, dispuesto a aprovechar la prime­ra oportunidad que se le presentara.

Pero no se le presentó ninguna. La puerta daba a un pasillo, y en éste, con­tra la pared de enfrente y un poco a la izquierda, estaba el hombre que había hablado y que llevaba la linterna en una mano y en la otra un revólver que apuntaba al prisionero.

Al otro lado de la puerta y contra la pared de enfrente también había otro hombre con otra linterna y otro revól­ver.

-Eche usted a andar hacia la dere­cha-ordenó el que hablara primero.

Y, como para indicarle el camino, el otro hombre echó a andar delante de él.

En cuanto Trévelez se puso en mar­cha, el segundo hombre caminó tras él, sin dejar de apuntarle con el revólver. No había la menor probabilidad de po­der escaparse de momento. El intentar­lo hubiera sido suicida, ya que, aunque lograra dominar y desarmar al que iba delante, el de detrás le hubiera matado de un tiro.

No fueron muy lejos. Un poco más allá se abría otra puerta de la que salía bastante claridad. En ella metieron a Trévelez.

Encontróse éste en un cuarto de apro­ximadamente las mismas dimensiones que el que acababa de abandonar, sólo que estaba amueblado, aunque tosca­mente. Una mesa larga, de construc­ción casera, ocupaba el centro de la estancia. Había, además, siete a ocho sillas, dos de ellas ocupadas por dos hombres en mangas de camisa.

-Puede usted sentarse-dijo uno de ellos.

Trévelez se dejó caer en una de las sillas desocupadas. Los dos hombres que le habían acompañado se situaron cer­ca de la puerta-único medio de salida de allí, dejando las linternas en el suelo.

El recinto aquel estaba iluminado por cuatro lámparas-una colgada en cada pared.

-Señor Trévelez-dijo el hombre que le había invitado a sentarse-, lamento mucho haber tenido que someterle a hacer un viaje tan largo en tan desagra­dables condiciones, pero, cuando conoz­ca usted mis motivos, comprenderá que no había más remedio que hacerlo para conseguir lo que necesito.

-No ha escogido usted el mejor me­dio para conseguir de mí nada-le respondió el director del Instituto-. Si lo que usted quiere es algo injusto, nada obtendrá de mí ni por las buenas ni por las malas. De tratarse de algo justo, no hubiera tenido inconveniente en ac­ceder a sus deseos, de habérmelo pedido usted como es debido. Pedido ahora, no lo conseguiría usted tampoco.

-No le voy a pedir nada que repre­sente pérdida alguna para usted ni que esté fuera de su alcance. Si le he hecho traer hasta aquí, ha sido porque estaba convencido de que nada lograría hablando con usted en España.

-Eso quiere decir que no nos halla­mos en España.

-No tengo inconveniente en decirle que se encuentra usted muy lejos de su patria, señor Trévelez. No tengo incon­veniente... porque no le creo a usted tan tonto que no lo haya adivinado ya. Se­gún me han dicho, recobró usted varias veces el conocimiento por el camino, Es­toy seguro que se habrá usted dado cuen­ta de que viajaba en avión, y como sa­be perfectamente el tiempo que pueden durar los efectos del cloroformo, guián­dose por las veces que ha sido necesario cloroformizarle, puede tener una idea bastante aproximada del tiempo trans­currido. Si ese tiempo lo multiplica por la velocidad de un avión, tendrá una idea aproximada de la distancia que ha recorrido.

-Y... ¿con qué fin me ha traído usted tan lejos?

-A mi compañero y a mí-contestó el hombre-, nos interesan mucho las cuestiones científicas. Estamos haciendo investigaciones aquí, por nuestra cuen­ta... Investigaciones que esperamos que cambien la faz del mundo. Usted puede ayudarnos mucho, dándonos detalles de algunas cosas que conoce y que nos­otros no hemos resuelto del todo aún...

Aunque Trévelez no tenía la menor intención de acceder a lo que le pedían, quiso saber qué era lo que interesaba a aquellos hombres y preguntó:

-¿En qué puedo ayudarles?

-Tuvo usted en el Instituto, en cier­ta ocasión, a un joven llamado Deusto...

El nombre aquel puso en guardia a Trévelez, que contestó, no obstante:

-En efecto.

-Ese joven inventó un aparato emi­sor de ciertas ondas...

-Aparato que estuvo a punto de cam­biar la faz del mundo también ­-observó Trévelez[1].

-¡Oh!-se apresuró a decir su inter­locutor-. No es nuestro propósito seguir los pasos de los que robaron el aparato aquel. Nuestros fines son más elevados.

-Así lo espero. ¿Bien?

-Necesitamos que nos describa usted el funcionamiento de ese aparato, que nos haga unos planos de él... Preferiría­mos, claro está, que dirigiera usted su construcción, pero no insistimos sobre ese particular.

-Lo siento mucho, señores, pero han perdido ustedes el tiempo trayéndome aquí. Como dicen, el aparato en cuestión fue inventado por un tal Deusto, es a él a quien deben dirigirse ustedes

-No ignoramos que Deusto murió asesinado.

-Pero pueden tratar con sus herederos.

-No es necesario. Usted puede resolvernos ese problema.

-Yo no intervine para nada en su construcción. Ni siquiera me comunicó el inventor todos los detalles de su descubrimiento.

-Sabemos perfectamente, señor Trévelez, que antes de recibir la ayuda del Instituto, el inventor ha de enterarle a usted de que ha inventado algo, en efecto, y de que no solicita la ayuda del Instituto simplemente por vivir gratis una temporada.

-Es cierto, pero un inventor no necesita revelarnos todo su secreto para convencernos de su buena fe. En el caso de Deusto bastaron ciertos detalles para convencerme de que sabía lo que se hacía y de que iba por buen camino.

-Señor Trévelez, usted es inventor. Es, por añadidura, un hombre de ciencia que goza de fama universal. No querrá, por consiguiente, hacerme creer que por los datos que Deusto dio no pudo usted deducir los que se callaba.

-Lo siento, señores, ya he dicho que no puedo ayudarles.

-Piénselo usted bien. No deseamos hacerle daño alguno. En cuanto no haya proporcionado los datos que necesitamos, será conducido nuevamente a España. Eso puedo garantizárselo. Lo único que pudiera inducirnos, muy á pesar nuestro, a quitarle la vida, sería que usted averiguara dónde se encuentra, cosa esta completamente imposible. También cabría la posibilidad de que nos cansáramos de tenerle aquí encerrado si usted se negara a hablar; pero creo que, si recapacita, comprenderá que nada adelantará con ello. Tarde o tem­prano daremos con el secreto, con su ayuda o sin ella. Vamos por muy buen camino. Si le hemos secuestrado ha si­do, simplemente, para ganar tiempo. No obstante, no nos apremia éste tanto que no podamos esperar unos días. Volverá a su encierro, y, en cuanto cambie usted de opinión, no tiene más que comuni­cárselo al que le lleva de comer.

Se puso en pié. Trévelez le imitó. Uno de los hombres parados junto a la puer­ta dio un paso hacia él.

-¡Ah!-agregó el desconocido-. Olvi­daba hacerle una advertencia. Si alguna vez llega a creer que, con un poco de cautela, puede sorprender al que entre a llevarle la comida y reducirle a la impo­tencia, más vale que se le quite la idea de la cabeza. Aun en el supuesto de que lograra hacerlo, nada adelantaría. No conseguiría salir de donde se encuentra. Y si por una de esas casualidades in­creíbles pudiera salir, sería lo mismo. Le daríamos caza en seguida... si no acaba­ba con usted antes alguna serpiente o algún habitante de la casi impenetrable selva que nos rodea.

Trévelez se echó a reír.

-¿Pretende usted asustarme, acaso con fantasías?

-No se trata de fantasías, señor Trévelez y...

Se volvió y habló en voz baja unos mo­mentos con su compañero. Este dijo en voz alta:

-Tal vez sea mejor. Hazlo.

El hombre volvió a encararse con su cautivo.

-Para que se convenza de que para usted no hay más salvación que hablar, voy a dejarle asomarse unos momentos al exterior-dijo.

Hizo una señal a los dos hombres armados.

-Vamos-ordenó.

Ambos cogieron las linternas. Uno echó a andar delante y el otro detrás de Tré­velez y su acompañante.

Tiraron en dirección contraria al lu­gar en que se encontraba el cuarto des­tinado a encierro del cautivo. Las puer­tos, las formas y dirección de los pasi­llos que cruzaron llamaron poderosamen­te la atención del director del Instituto, que creyó reconocer en ellos un estilo determinado.

Desembocaron en un pasillo corto, as­cendente, que murió al pie de una esca­lera de piedra. Subieron las gradas. La oscuridad no era completa allí, y cuando llegaron a la parte superior, la luz de las linternas no fue necesaria para ver dón­de se encontraban. Era un cuarto peque­ño. Parte de la pared en que se hallaba la puerta estaba derruida. El cuarto se hallaba en el rincón de una gran sala cuyo techo estaba hundido en su mayor parte y sembrado el suelo de piedras. Un sol abrasador se filtraba por los agujeros, caldeando los escombros y el piso.

Atravesaron por entre los escombros hasta una puerta monumental, que se hallaba casi por completo en pie. Pasa­ron por ella al exterior.

Estaban ahora sobre una meseta arti­ficial, de piedra. Los árboles de la espe­sa selva que les rodeaba llegaban hasta las mismas laderas del montículo en que se hallaba la meseta, creciendo algunos, incluso sobre las laderas mismas. Pero, de trecho en trecho veíase por entre la maleza algún trozo de escalinata de pie­dra por los lados.

-Mire usted en todas direcciones-le invitó el desconocido-. Resultaría impo­sible alejarse de aquí sin un guía. Para el que desconoce la región, esa selva es una ratonera en la que ha de dejar for­zosamente la vida.

Le permitió permanecer unos minutos allí, mirando a su alrededor, antes de obligarle a bajar al interior del montículo­ de nuevo y recluirle en el oscuro cuar­to. Pero Trévelez bajó con mucha más esperanza de la que había subido. En lu­gar de hacerle comprender con aquello lo desesperado de su situación, los des­conocidos habían hecho todo lo contra­rio. Las esperanzas del director del Insti­tuto habían renacido. Se alegraba de vol­ver a su encierro para poder pensar tran­quilo y trazarse un plan de campaña.

 

 

 

CAPÍTULO IV

TRÉVELEZ TRAZA SUS PLANES

 

Una vez le metieron en el cuarto y cerraron la puerta, tras él, Trévelez fue a sentarse en un rincón y se puso a re­flexionar. La estructuración del interior del montículo le había hecho concebir una sospecha. La salida al exterior la había confirmado. Se encontraba prisionero en el interior de un teocalí - uno de los templos mayas cuyas ruinas salpican la selva en Méjico y Guatemala.

Los trozos de escalinata vistos eran, en realidad, parte de la pirámide gradada que habían ido cubriendo tierra y maleza en el transcurso de los siglos.

El hecho de que sus secuestradores le hubiesen permitido ver el exterior, de­mostraba que habrían oído hablar de Trévelez, sabrían muchas cosas de él, pero ignoraban otras que les hubiera convenido mucho saber en aquellos instantes. De haberse fijado bien en su seco rostro, su tostado cutis, la nariz aguile­ña y el conjunto de sus facciones, no hubiera dejado de llamarles poderosa­mente la atención la similitud de tales características con las de los rostros es­culpidos en las ruinas mayas de Uzual, lzamal y Chitchen-Itza.

Trévelez, en efecto, como ya saben nuestros lectores, era de ascendencia ame­ricana. Lo que tal vez no sepan es que descendía en línea recta de mayas tam­bién y que había heredado de sus ante­pasaos un conocimiento sorprendente del idioma, las costumbres y la historia del desaparecido pueblo. Estos conoci­mientos iban a servirle de mucho en la situación en que se encontraba.

El hecho de que le hubieran apresado en traje de baño le había incomunicado por completo con sus amigos, pero, es­taba seguro ya de que, si sabía jugar bien sus cartas, no sólo podría salvarse, sino tener probabilidades de hacer fracasar todos los planes de sus secuestra­dores.

En vista del descubrimiento hecho, ya no le interesaba salir de la pirámide, si no conseguir que le encerraran aun más profundamente en ella, y a conseguir este fin tendían los planes que en aquel mo­mento empezaba a trazar.

Llegó la hora de la cena. La puerta se abrió.

Mientras un hombre colocaba en el suelo las provisiones y el agua, Trévelez dijo:

-Necesito hablar con su jefe. Dígale que he reflexionado y tomado una re­solución.

El hombre contestó con un gruñido pero era evidente que cumplió el encar­go del prisionero, porque un cuarto de hora más tarde estaba de regreso, acom­pañado de otro. Trévelez fue conducido inmediatamente al mismo cuarto que la vez anterior.

-Me dicen que ha reflexionado usted v que necesita verme-dijo el hombre, al verle entrar-. ¿Qué resolución ha to­mado, señor Trévelez?

Éste se dejó caer en un asiento.

-Comprendo que es difícil escaparse de aquí. Reconozco también que la selva que nos rodea no sólo es casi impene­trable, sino que el aventurarse por ella ofrece incontables peligros...

-¿Bien?

-No puedo permanecer mucho tiem­po lejos del Instituto. Mi presencia allí es necesaria. Estoy seguro de que se esta revolviendo el mundo para encontrarme.

-Si ello puede servirle de consuelo­-dijo el desconocido-, le diré qué el mun­do entero, en efecto, anda buscándole, aunque sin la menor esperanza de dar con su paradero. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra, no se ha ha­llado aún el menor indicio. Hasta el propio Yuma ha aparecido en público para anunciar que va a movilizar todos sus recursos para encontrarle... Soy lo bastante sensato para reconocer que Yu­ma es un enemigo peligroso, pero en este caso está destinado a fracasar al igual que las autoridades de todos los países.

Si la noticia de la aparición de Yuma sorprendió a Trévelez, no dio la menor muestra de ello. Es muy posible que com­prendiera en seguida que en ello andaba la mano de Garvez, que había querido protegerle con ello. Dijo:

-Es difícil, en efecto, que lleguen a sospechar siquiera dónde me encuentro. Por eso precisamente quiero ver si con­sigo que ustedes me suelten.

-En su mano está conseguirlo. No sólo le soltaremos, sino que volveremos a llevarle a España. Sigue en pie la pro­mesa que le hice.

-No sé si podré ceder a sus exigen­cias.

-¿Por qué?

-Recuerdo perfectamente los datos que nos proporcionó Deusto, pero nunca me he parado a pensar en ellos, a seguir sus razonamientos ni a sacar las conse­cuencias.

-Puede usted hacerlo ahora.

-No donde me encuentro.

-¿Por qué no? Igual se puede pensar en una parte que en otra.

-Para que resuelva el problema es preciso que haga algo más que pensar, Necesito hacer cálculos, comprobacio­nes...

-¿Qué necesita?

-Lo primero de todo, quiero que se me proporcione un lugar decente en que dormir. El suelo es un poco duro para ser cómodo y estoy demasiado molesto tendido en él, y descanso demasiado mal para poder pensar con la claridad que el caso requiere.

-¿Qué más desea?

-Luz, una mesa, en silla, lápices, pa­pel, regla, compases... Eso, de momen­to. Después... después ya veremos.

-Pide usted cosas que pueden con­vertirse en armas. Aunque no por tenerlas podría usted escapar, podría hacer daño a alguno de mis hombres, cosa que quiero impedir, puesto que a todos los necesito.

-Sin esas cosas no puedo hacer na­da. Y aun con ellas no garantizo que me sea posible hacerlo.

-Tendremos que estudiarlo.

-Como ustedes quieran. Pero estú­dienlo aprisa. Me interesa volver al Instituto cuanto antes. Si temen que con ayuda de las cosas que pido pueda cons­truir algo, que me permita escapar sin haberles revelado lo que desean saber, ¿por qué no me encierran en un lugar más seguro a su juicio?

-Es una idea-dijo el hombre-. ¿Cuánto tiempo necesitaría para ha­cer lo que le pido?

-No puedo decírselo con exactitud. Puede ser que tres días basten para que, con los datos que poseo, descubra los que me falta conocer. No obstante, puede su­ceder que tarde más en completar mis cálculos. Después de logrado eso, he de dibujar los planos del aparato, cosa que también requerirá tiempo, puesto que he de estudiar la mejor manera de aplicar lo que haya descubierto. Lo malo es que, cuando estén terminados, no po­drán ustedes hacer gran cosa con ellos.

-¿Por qué?

-¿De dónde sacarán el material y las herramientas para construirlo?

-Lo tenemos aquí todo ya. No se preocupe por eso. En cuanto tengamos los planos, empezaremos a construirlo.

-Y ¿cómo lo probarán?

-Si usted ha pensado engañarnos, se­ñor Trévelez, confiando en que no podre­mos comprobar lo que usted nos diga, más vale que se le quite eso de la ca­beza. No saldrá usted de aquí hasta que hayamos comprobado la eficacia del apa­rato. Para tranquilidad suya (agregó con sorna), le diremos que hasta hemos previsto la necesidad de corriente eléctrica y ésta no ha de faltarnos cuando llegue cl momento oportuno.

-Tanto mejor-anunció Trévelez-. ¿Qué deciden ustedes?

-Eso ya lo veremos. Por lo pronto, volverá usted a su encierro. Mañana le daremos a conocer nuestra decisión.

Y Trévelez fue conducido nuevamente a la habitación que le servía de calabozo.

Se tumbó en el suelo dispuesto a dor­mirse y, mientras conciliaba el sueño, examinó la situación a la luz de lo que el desconocido había dicho.

Según él, tenían allí ya todo el mate­rial que pudiera hacer falta para cons­truir un aparato igual al inventado por el difunto Deusto. Ello suponía que el mismo habría sido trasladado hasta allí por aire, como lo había sido él. Y, como no era fácil que se hubieran arriesgado a tirarlo a la selva en paracaídas, preciso era que hubiese algún claro bastante grande por allí cerca en suficientes bue­nas condiciones para que aterrizara un aeroplano. Y, por idénticas razones, ha­bía que creer que existiera un camino practicable desde dicho campo de ate­rrizaje hasta la pirámide, aunque él no había visto ni rastro de uno desde la meseta.

El material, una vez trasladado a la pirámide, habría sido almacenado en al­guna de las cámaras. Había la cuestión de la electricidad también. Si disponían de corriente como había dicho el hom­bre, preciso era que contasen con algún medio de generarla. Y ese medio debía hallarse allá adentro también.

O mucho se equivocaba o, por añadi­dura, debía existir una estación de radio­telegrafía en la pirámide. No era de creer que aquellos hombres se hallasen com­pletamente incomunicados con el exte­rior. Y el hecho de que supieran que el mundo entero le andaba buscando y de que Yuma hubiese aparecido en público para dar a conocer sus intenciones, era una prueba más de la existencia, por lo menos, de una estación receptora, puesto que no hubieran podido enterarse tan pronto de las noticias, de lo contrario.

Le hubiera gustado poder dar con ella y emplearla para dar a conocer su para­dero, pero, de momento, eso era soñar. Se daría por satisfecho si lograba que le cambiaran de habitación y le diesen to­do cuanto había pedido.

Y, así pensando, acabó por quedarse dormido.

 

 

 

CAPÍTULO V

TRIUNFA LA ESTRATEGIA DE TRÉVELEZ

 

Despertó de pronto para encontrarse, como siempre, envuelto en las más pro­fundas tinieblas. No tenía la menor idea del tiempo que llevaba dormido, pero se sentía descansado.

Se incorporó en el suelo, dispuesto a esperar a que le fuera dada a conocer la decisión de sus secuestradores.

Transcurrió muchísimo rato, sin em­bargo, antes de que se abriera la puerta.

Cuando, por fin, se entreabrió ésta y rasgaron las tinieblas los resplandores de una linterna, se puso en pie y, obede­ciendo a una orden, salió del cuarto. Se encontró con los mismos dos hombres del día anterior que, con las mismas precauciones de siempre, le llevaron por pasillos subterráneos hasta un punto en que éstos se tornaban pendientes y em­pezaban a descender.

Al cabo de unos minutos de viajar y serpentear por aquellos pasadizos, sus guías se detuvieron ante una puerta re­cientemente reconstruida al parecer. Esta fue abierta y se le hizo pasar a una es­tancia bastante grande. A un extremo de ella, pegado a la pared, había une espe­cie de altar parecido al que había visto arriba, en la sala de la meseta. Por enci­ma de él se veía esculpida en la pared una reproducción de la serpiente con plu­mas de los mayas y, debajo, una serie de jeroglíficos.

Al otro extremo había sido instalada una mesa muy tosca, construida con madera de árboles de la selva. Encima de ésta, sin embargo, habían colocado un tablero liso, con una hoja de papel de dibujo sujeta a él con chinches. A un lado se veía un montoncito de hojas de repuesto, un bloc de papel, lápices, afila lápices, tinta china, una caja de compa­ses, cartabón, escuadra y regla. A otro lado había una linterna apagada y una caja de cerillas. Cerca de la mesa había una tosca silla y, en un rincón, una ca­ma de campaña.

-Aquí tiene usted lo que pedía-anun­ció uno de los hombres-. Le dejaré mi linterna y, si no tiene bastante con su luz, puede encender la otra. Junto a la cama encontrará provisiones. Han de servirle de desayuno y comida. Ya no volveremos a traerle nada hasta la no­che. Mañana vendrá el jefe a ver qué tal marcha y si tiene todo lo que necesita.

-¿Dice que ha de servirme eso para desayuno y comida?

-Sí.

-¿Qué hora es?

-Las once aproximadamente. No va­lía la pena hacer dos viajes. Si quiere comérselo todo ahora puede usted ha­cerlo. Pero ya sabe que no volveremos a traerle nada hasta las diez, y son mu­chas horas las que ha de esperar.

-Gracias. Procuraré alargar lo que me han traído.

-Es lo mejor que puede hacer.

El hombre dejó la linterna encima de la mesa y marchó con su compañero, cerrando la puerta tras sí.

A Trévelez le había salido bien la pri­mera parte de sus planes. Había querido que le colocaran en la cámara más pro­funda de la pirámide y lo había conse­guido.

En cuanto se quedó solo, se dirigió a la cama, se sentó en ella y se puso a co­mer. Tenía apetito y quería hacer acopio de fuerzas. Una vez satisfecho, se puso en pie de nuevo y se acercó al altar.

Arriba, en la meseta, había encon­trado señales inconfundibles para él, de que aquella pirámide había sido emplea­da en tiempos antiguos como observato­rio astronómico por los mayas. La en­trada, por añadidura, estaba orientada hacia el Este, según había podido de­ducir por la posición del sol. Al notar esto y mirar a su alrededor obedeciendo las instrucciones de sus secuestradores, había buscado, por el lado oriental, la estela que, de ser ciertas sus deduccio­nes, tenía que hallarse allí.

No podía asegurar que la hubiese en­contrado, pero abajo y delante, medio oculto por la vegetación, creía haber vis­to el extremo de una piedra. Para él, aquello confirmaba sus sospechas.

Ahora bien, si la pirámide en que se encontraba había sido empleada como observatorio, si lo que había visto abajo era una estela como suponía, tenían que existir, no muy lejos y por el lado orien­tal, tres templos más, alzados sobre sus respectivos teocalís. Estos eran necesa­rios para fijar la posición de los equinoc­ios y solsticios según el procedimiento maya.

Este no podía ser más sencillo. Colo­cándose en las gradas de la pirámide por detrás de la estela, se veía salir el sol por el lado izquierdo del templo de la izquierda el día veintidós de junio, sols­ticio de verano. El veintiuno de marzo y el veintitrés de septiembre, el sol salía por encima del templo central, marcando así la llegada de los equinoccios vernal y otoñal, respectivamente. Y el veintidós de diciembre, el sol salía por el lado de­recho del templo de la derecha, señalan­do la llegada del solsticio de invierno.

Por lo tanto, Trévelez estaba seguro de que a cierta distancia de allí tenían que hallarse los templos o sus ruinas. No era esto lo más interesante, sin em­bargo. Había sido costumbre de los ma­yas enlazar tales templos con la pirámi­de por medio de pasadizos subterráneos, y eran éstos los que quería buscar el di­rector del Instituto. Conociendo como co­nocía, las costumbres de sus antepasados, esperaba lograrlo sin dificultad. Por eso había maniobrado de suerte que le ins­talaran en la cámara profunda.

Subsistía la posibilidad, naturalmente, de que tales pasadizos se hubiesen hun­dido o cegado con el tiempo, pero era un riesgo que había que correr.

Examinó detenidamente todo lo escul­pido alrededor del altar. Luego metió los dedos en los huecos que servían de ojos a la escultura de una cabeza que parecía estar saliendo de la boca de una serpien­te. Tiró con fuerza y, tras repetidos es­fuerzos, consiguió que el bloque de pie­dra entero se moviera. Introdujo la ma­no en la cavidad y buscó, en ella durante unos momentos. Luego, exhalando un suspiro de satisfacción, volvió a tapar tal hueco.

Se apoyó contra la mesa del altar y empujó. Se había sabido hallar tan bien el punto de equilibrio, que la enorme mole de piedra giró sin dificultad, a pesar de haber transcurrido siglos, segura­mente, desde que mano humana la toca­ra por última vez.

Tomó la linterna encendida de encima de la mesa, las cerillas y un compás pa­ra usarlo a modo de puñal si se veía obli­gado a ello y, con todas estas cosas, se introdujo por el oscuro pasadizo y cerró nuevamente el altar tras sí.

Dejó la lámpara en el suelo unos ins­tantes. La caja de cerillas estaba llena y se arriesgó a desperdiciar una de ellas. La encendió con cuidado, quitó la mano de delante. La llama osciló y acabó apagándose. Había corriente de aire. Los huecos abiertos por los constructores de los pasadizos en tiempos remotos se­guían cumpliendo su misión de ventilar los subterráneos-por lo menos algunos de ellos.

Trévelez volvió a tomar la linterna y echó a andar. Por allí, por lo menos, el túnel estaba en perfecto estado y el suelo era llano. Antes de haber dado muchos pasos, llegó a un punto en que se veía la boca de una galería a derecha e izquier­da de la que había recorrido hasta aquel momento. Era fácil de comprender que conducían a los teocalís de derecha e iz­quierda.

Optó por continuar andando por el central, ya que éste resultaría un poco más corto, mas hubo de abandonar su intento. A los pocos metros se encontró ante un montón de piedras que obstruía el paso. No habían caído del techo, sino de los lados, pero representaba una la­bor muy grande abrirse paso por entre ellas y desistió, retrocediendo sobre sus pasos.

Probó suerte por la galería de la dere­cha y, aunque encontró hundimientos de trecho en trecho, éstos fueron demasiado pequeños para impedirle el paso, y al cabo de unos minutos, se halló ante una pared de piedra.

Examinó los lados detenidamente:. En­contró, en un hueco, las cuñas que la sujetaban a modo de cerrojos, las retiró y empujó. El muro cedió, franqueándole el paso a una cámara semejante a aque­lla de la que había partido, pero más pequeña.

Entró en la cámara y cerró el altar tras sí. Luego salió al pasillo. Los corre­dores eran una reproducción exacta de los de la pirámide en que había estado prisionero y no se había producido hun­dimiento alguno en ellos. Tras un rato de andar, llegó al pie de una escalera donde tropezó con las primeras dificul­tades.

Seguramente, la techumbre del templo de la meseta se habría hundido años an­tes, dejando la parte superior de la esca­lera al descubierto y los elementos se habían encargado de lo demás. Faltaban piedras en varios sitios y había montones de tierra y piedras en otros, de suerte que se veía obligado a subir con mucho cuidado para no pisar en falso y sufrir una caída.

Aun necesitaba la linterna, porque, a pesar de hallarse cerca de la superficie, la oscuridad era casi completa. Cuando llegó arriba, comprendió a qué se debía aquello. La selva había logrado adueñar­se por completo del teocalí, cubriéndole por completo de vegetación. Hubo de abrirse paso por entre las ramas y maleza antes de ver la luz del sol y, aun entonces, apenas le era posible ver rastro algu­no del monumento sobre el que se ha­llaba. De haberse acercado a él desde el exterior, seguramente no hubiese sospe­chado siquiera su existencia.

Dos veces se vio asaltado por serpien­tes, de cuya picadura se libró tan sólo gracias a su agilidad. A una de ellas pu­do asirla por la cola y estrellarle la ca­beza contra una piedra.

En cuanto sus ojos se hubieron acos­tumbrado un poco al brillo del sol, se encaramó a un árbol que había echado raíces por entre las grietas de las piedras del teocalí y miró a su alrededor. No vio nada más que las copas de los árboles. Los otros dos templos debían haber su­frido la misma suerte que aquél.

Bajó del árbol, apagó la linterna y la dejó escondida cerca de la escalera. No había más que un medio para orientar­se: el sol. Aun no había alcanzado su cenit y brillaba alto-pero detrás del tem­plo aún, puesto que éste estaba orientado hacia el Oeste.

Se abrió paso por entre árboles y ma­leza y empezó a bajar del montículo en que se había convertido el monumento. Avanzaba con lentitud, porque la selva era espesísima y hubiera sido necesario usar un machete para abrirse camino. Afortunadamente para él, no iba cargado con nada, lo que le permitía introducirse por espacios estrechos y, gracias a su agilidad, hacer progresos a veces por las copas de los árboles cuyas ramas se en­trelazaban. Más veces empleaba este último procedimiento quo el primero, a que la maleza dificultaba también el paso por el suelo y brindaba escondite a insectos y reptiles cuya mordedura era venenosa.

De vez en cuando se detenía a escuchar, para continuar su camino luego. Una vez creyó distinguir movimiento en­tre los árboles, y le pareció que se trata­ba de un ser humano; pero cuando se acercó, no halló a nadie.

El sol siguió ascendiendo, alcanzó el cenit e inició el descenso por el lado en que debía hallarse la pirámide. Trévelez calculó, aproximadamente, el tiempo transcurrido desde que abandonara su encierro. Tenía el propósito de volver, por raro que parezca, y no quería que fuese advertida su ausencia. Era preciso que calculase mayor tiempo para el re­greso que para la salida, puesto que po­día suceder que se extraviara algo y tardara en dar con el teocalí enterrado.

Por fin vio brillar entre las hojas las aguas de un lago, llegó hasta la orilla y permaneció oculto subido entre las ra­mas. El lago era grande y árboles y ma­leza llegaban hasta su orilla por todos los lados. Hallara allí lo que buscara o no, tendría que ser el límite de su ex­cursión. No podía arriesgarse a ir más lejos. Calculaba que podría perder allí una hora a lo sumo antes de emprender el regreso y se instaló en el árbol lo más cómodamente posible.

Hasta aquel momento, fuera de dos o tres reptiles, no había tropezado con más animal que un jaguar, y éste, que rara vez ataca al hombre, no quiso ha­cer excepción en su caso. Desde su altura vio acercarse varias veces animales que iban a beber, pero ni un solo ser hu­mano.

Por fin, cuando empezaba a decirse que tendría que volver a la pirámide sin ha­ber adelantado nada, vio aparecer un grupo de indios al borde del lago, no muy lejos del lugar en que se hallaba. No sabía que acogida le dispensarían estos cuando se presentara, pero, estaba decidido a correr el riesgo.

Se descolgó del árbol y, con los bra­zos en alto y las manos abiertas para demostrar que iba en son de paz (se ha­bía enganchado al traje de baño el com­pás, en una de cuyas puntas iba atrave­sada la caja de cerillas), empezó a andar hacia ellos.

Los indios iban armados de machetes solamente, y el primero que le vio, des­envainó prontamente el suyo, pero vien­do que iba con los brazos en alto y que no llevaba nada en las manos, volvió a envainarlo y dijo algo a sus compañeros, que se volvieron y aguardaron.

Trévelez siguió andando hasta hallarse a pocos pasos de ellos. Luego se detuvo en seco y los miró detenidamente. Que­ría ver si distinguía por sus facciones qué tribu pertenecían para hablarles en su idioma si le era conocido. Por últi­mo, en la duda, decidió hablarles en español primero y uno de los indios le contestó en el mismo idioma, interca­lando ciertas palabras indígenas era las que Trévelez reconoció, con agradable sorpresa, el nahuatle, idioma en el que, desde aquel momento, continuó su con­versación.

-¿Dónde estamos?-preguntó.

-Cerca del río Usamacinta-le con­testaron.

-¿Por el lado de Méjico o Guatemala?

-Méjico.

-¿Sabéis dónde está Piedras Negras?

Le contestaron afirmativamente.

-¿Querréis llevar allí un menaje?

Los indios vacilaron, se miraron...

-Recibiréis una buena recompensa-prometió Yuma.

Parecieron ablandarse. Hubieran re­chazado de plano la petición de un ex­traño normalmente, pero el hecho de que aquel desconocido hablara con tanta fa­cilidad su idioma, su gran talla y la recia musculatura que se le veía, influ­yeron mucho en el resultado.

-¿Qué mensaje?-preguntó el que pa­recía el jefe de ellos.

Trévelez, antes de salir de su encierro, había escrito rápidamente una nota por si tenía ocasión de mandarla. Era dema­siado grande el papel para poderle me­ter en la caja de cerillas, pero, doblán­dole varias veces a lo largo, había podi­do introducirle entre el cajoncito y la parte exterior de la caja. Sacóla ahora y se lo entregó al indio.

Éste lo desplegó, aunque estaba segu­ro Trévelez de que no sabría leer... y mucho menos lo que allí iba. Vio diez o doce líneas escritas en cursiva corriente, que evidentemente no entendió. Tampo­co entendió lo que iba debajo, pero no debía ser la primera vez que veía algo así, porque se volvió, excitado, hacia sus compañeros, y señaló la serie de jeroglíficos mayas que Trévelez había puesto al pie de la carta.

-¿Estáis dispuestos a llevarlo?-preguntó.

El indio, mirándole con cierto temor supersticioso, contestó afirmativamente.

-¿A Piedras Negras?-dijo.

-Lo más cerca posible.

-Y, ¿a quién lo hemos de entregar?

-Al primer maya que encontréis. En­señadle el papel. En cuanto él vea los símbolos, sabrá a quién ha de ser entre­gado. Decidle que se os ha prometido una recompensa por entregar el mensaje y, si él no puede dárosla, os conducirá a quien pueda. ¿Habéis comprendido?

-Si.

-Decidle al propio tiempo en dónde me habéis encontrado. Viajando hacia allá (señaló con la mano), llegarán al sitio que menciono. Decidle que es el de la derecha. ¿Lo recordaréis?

Los indios contestaron afirmativamen­te. Trévelez se despidió de ellos, se en­caramó a un árbol y emprendió el ca­mino de regreso. Tendría que darse prisa para estar de vuelta a tiempo.

Afortunadamente, tuvo bastante acier­to, y aunque se desvió un poco del cami­no, no fue tanto como había temido en un principio. Llegó al teocalí, recogió la linterna, y cuando a las diez de la noche entraron en su encierro a llevarle la ce­na, le encontraron sentado ante la mesa con una hoja llena de números.

 

 

 

CAPÍTULO VI

SE DESARROLLAN LOS PLANES

 

Trévelez, antes de ser trasladado a la cámara más profunda de la pirámide, había reflexionado mucho acerca de las ventajas e inconvenientes de su plan y creía haber previsto todas las contin­gencias.

Los secuestradores le habían dicho que habían transportado allá todo el material necesario para construir un aparato igual al del difunto Deusto. Habíanle asegu­rado, por añadidura, que dispondrían de la cantidad de energía eléctrica que fuera preciso para su buen funcionamiento.

Esto no sólo demostraba que hacía tiempo que preparaban aquello y habían ido trasladando cuanto les hiciera falta paulatinamente antes de secuestrarle, si­no que suponía en uno o varios de los hombres conocimientos científicos. No po­dían haber escogido el material necesa­rio a menos de tener una idea bastante acertada de lo que era el aparato en cuestión. Y el jefe de la banda, al men­cionar el material de que disponían, ha­bía hablado con la seguridad de quien sabe lo que hale falta y lo tiene todo pre­parado.

Todo lo _cual convencía a Trévelez de que no sería cosa fácil engañarles presen­tando fórmulas y cálculos falsos que hu­bieran bastado para engañar a un pro­fano.

Desde el primer momento había su­puesto que necesitaría días para desarro­llar su plan y sólo podía esperar ganar dicho tiempo si lograba convencer a sus secuestradores que había cedido, sin re­servas, ante sus exigencias.

Por consiguiente, no había soñado ni por un momento engañarles-por lo me­nos al principio. Más adelante y según se presentaran las cosas, reflexionaría de nuevo sobre el asunto.

De ahí que, sabiendo que el jefe iba a hacerle una visita al día siguiente, hi­ciera todo lo necesario para que éste viera que se ocupaba, en efecto, de estu­diar la cuestión, procurando que nada en sus cálculos fuera sospechoso.

Preparó, pues, un estudio concienzudamente razonado, ateniéndose a la verdad. Ya podía tener aquel hombre los cono­cimientos científicos que tuviera, no ha­bía peligro de que sospechase nada, pues­to que ninguna trampa habría en ellos.

De haber querido, aquella noche mis­ma hubiese podido tener terminado por completo el estudio y al día siguiente hubiera podido empezarse a construir el aparato. Eso no pensaba hacerlo, sin em­bargo. Su intención era hacer el desarro­llo de las teorías de Deusto de la mane­ra más lenta posible para disponer del tiempo necesario para sus planes.

Puso, pues, manos a la obra después de cenar, y dejó preparado lo suficiente para convencer a quien se presentara de que obraba de buena fe, y, seguro de que lo conseguiría, se quedó dormido co­mo un bendito no bien se dejó caer en la cama.

Estaba un poco dolorido. No le había sido posible avanzar por la selva sin más protección que el traje de baño sin cu­brirse de arañazos y había sentido la picadura del sol en el cuerpo desnudo. No obstante, no era tan buena la luz que iluminaba el cuarto para que pudie­ran verse demasiado bien esos detalles. El encargado de llevarle la comida no ha­bía notado en él nada anormal y confiaba que el otro tampoco se fijaría en nada cuando se presentara al día siguiente. Y si se fijaba, sólo podría creer que le habían sido producidos al ser trasladado desde el avión hasta la pirámide. ¿Cómo iba a poder suponer que podía salirse de la pirámide desde aquel cuarto y menos que, habiendo salido, regresase Trévelez a su encierro en lugar de huir lo más lejos posible?

Fuera como fuese, la cosa preocupa­ba muy poco al director del Instituto y, como ya hemos dicho, se echó a dormir completamente tranquilo.

Mientras esto sucedía en la pirámide, los indios con los que se entrevistara en la selva habían llegado a las inmediacio­nes de Piedras Negras. Encontrar a un indio de raza maya fue algo más difícil, sin embargo. Y acercarse a él cuando le encontraron lo iba a ser mucho más aún. Tenían que convencerle primero de que iban en son de paz, cosa un poco delica­da si se encontraban con un indio solo, siendo ellos tres.

Les ayudó la necesidad de separarse y buscar cada uno por su lado, puesto que uno hace menos ruido y puede disi­mular su proximidad mucho mejor que tres. El primero que descubrió a un maya se alejó nuevamente sin revelar su presencia, yendo en busca del que lle­vaba la carta de Trévelez, y fue éste quien finalmente se dirigió al indio con las manos en alto en son de paz y le presentó la carta.

La desconfianza que el maya podía haber experimentado se desvaneció en cuanto vio los jeroglíficos. Interrogó al portador del mensaje y éste le dio a co­nocer todo lo sucedido, repitiendo al pro­pio tiempo las instrucciones que les die­ra Trévelez y la promesa de recompen­sa quo les había hecho

-Tendréis vuestra recompensa-aseguró el maya-. Pero sólo uno de vosotros puede entregar personalmente este mensaje y cobrar la recompensa. Los otros tendrán que aguardar aquí. Llá­malos.

Fueron llamados los dos compañeros del mensajero y se les comunicó la ne­cesidad de que dos de ellos aguardaran. Se pusieron los tres de acuerdo y deci­dieron cuál de ellos había de acompañar al maya. Una vez hecho esto, este últi­mo dio un grito singular y, en contes­tación a él, aparecieron por entre los ár­boles otros cuatro indígenas.

Tras unos momentos de conversación, dos de ellos se quedaron a hacer com­pañía a los que habían de aguardar, otro volvió a desaparecer por entre los árboles y los dos restantes hicieron una seña al mensajero para que se prepara­ra a seguirles.

-El que acaba de marchar-explicó uno de ellos-, corre a anunciar nuestra llegada y a abrirnos el camino.

Se internaron en la selva en fila in­dia, yendo el mensajero entre los otros dos y, al cabo de algún tiempo, la comi­tiva se detuvo.

-Ningún extraño puede entrar donde has de ir ni conocer el camino-dijo uno de los mayas-. Tendremos que taparte los ojos.

El indio vaciló unos instantes, pero acabó dejándose vendar los ojos con un trapo.

No supo dónde le llevaban. Sólo se dio cuenta de que caminaba sobre pie­dras a veces y que en varias ocasiones tuvieron que sujetarle sus compañeros para que no cayera. Tuvo, en ciertos momentos, la sensación de que camina­ba bajo tierra por el olor y por la dife­rencia de temperatura, pero no hubiera podido asegurarlo. Subió y bajó varias veces por lugares muy pendientes y, por fin, le hicieron detenerse y le quitaron la venda.

Se hallaba parado ante una casa ante un valle poblado de grandes edificios. Miró a su alrededor con asombro. En su vida había sospechado la existencia de semejante lugar siquiera.

No le dieron mucho tiempo para ma­ravillarse, sin embargo. Sus guías le hi­cieron entrar en la casa, cuya puerta ha­bía sido abierta, y fue conducido inme­diatamente a presencia de un hombre de venerable aspecto, a quien hubo de re­petirle lo que había dicho a los mayas.

El desconocido aceptó el mensaje que le entregó, dio las gracias al indio y or­denó que se le diera algo de comer, así como una buena recompensa, tras lo cual debía ser conducido nuevamente al lugar en que lo aguardaban sus compa­ñeros.

No habían hecho más que llevarse al indio, cuando el anciano leyó el mensaje y, sin perder momento, se dispuso a se­guir al pie de la letra las instrucciones que éste contenía.

El resultado de ello fue que, unos mi­nutos mas tarde, cuatro hombres esco­gidos salían del valle con dos maletines uno, con las cosas que ellos necesitaban, el otro, para ser entregado a Trévelez.

 

*****

 

Trévelez se levantó al despertarse sin tener la menor noción de la hora que era. Encendió la linterna que había apa­gado al echarse y repasó lo que había hecho el día anterior. En ello estaba ocu­pado cuando se abrió la puerta y, con gran sorpresa suya, le sirvieron desayu­no, cosa que era la primera vez que hacían.

Consistía éste en una taza de café ca­liente, una torta de maíz y un poco de carne. Sin duda, en vista de que había decidido amoldarse a sus antojos, sus se­cuestradores habían decidido mejorar su dieta. No había hecho más que consu­mirlo, cuando volvió a abrirse la puerta para dar paso al jefe.

-Buenos días, señor Trévelez-le dijo, con amabilidad-. Espero que habrá en­contrado todo a satisfacción suya y que habrá descansado bien en esa cama.

-He descansado divinamente, gracias. Y la tranquilidad de que se goza aquí abajo es un aliciente para el trabajo in­telectual. Pero no puedo decir que haya encontrado aquí todo lo que esperaba.

-¿Qué le falta?

-Un medio de medir el tiempo, en primer lugar. Es un poco desconcertan­te no saber cuándo es de noche y cuán­do de día. No tengo más guía que la llegada del carcelero con mi comida. Y por la noche, cuando me despierto, no sé si lo hago porque ha llegado la hora en que tengo por costumbre levantarme, o si es que algo ha interrumpido mo­mentáneamente mi sueño. Tengo que guiarme por el estado en que me en­cuentro para levantarme o dar media vuelta y volverme a dormir. ¿Qué in­conveniente hay en que tenga aquí un reloj?

-Ninguno-se apresuró a decir el hombre-, salvo que no sé si podré encontrar uno disponible que prestarle. Lo miraré, y, si hay manera, cuente usted con él. ¿Qué mas ha echado de menos?

-Un traje. Hubieran hecho bien con traerse el mío cuando me secuestraron. Empiezo a cansarme de ir en traje de baño.

-No trajeron su traje por dos razones-contestó el jefe de los secuestradores-. En primer lugar, temían ser des­cubiertos si se entretenían. En segundo lugar, tenían que, si se llevaban su tra­je, hubiera algo oculto en él que, más adelante, pudiera servirle para hacerles daño o para facilitarle a usted la fuga.

-Eso era fácil de comprobar, regis­trándolo.

-Pueden ocultarse algunas cosas tan bien, que no se encuentran al hacer el registro.

-¿Y mis zapatos?

-Los dejaron atrás por idéntico mo­tivo. De todas formas, si el clima no hubiera sido benigno, le hubiéramos proporcionado con qué cubrirse. No obstante, si usted quiere, le mandaré un pantalón y una camisa... aunque yo, en su lugar, preferiría ir como va. Desde luego se encontrará más fresco.

-Le agradeceré que me mande la ca­misa y el pantalón que me ofrece. En cuanto a zapatos...

-Eso es más difícil. Sería una casua­lidad que le fueran bien los zapatos de ninguno de nosotros... Advirtiéndole que somos pocos los que tenemos aquí más de un par de zapatos. Haremos lo que podamos. Ahora hablemos de otra cosa que nos interesa más a ambos. ¿Ha em­pezado usted a hacer sus cálculos?

-Sí.

-¿Ha adelantado mucho?

-No más de lo que yo esperaba. Ya le dije que necesitaba unos días para completarlos. No quiero que haya un fallo a última hora y lo achaque usted a mala fe por mi parte. Hasta ahora, no he hecho más que desarrollar el razonamiento de Deusto, probando y compro­bando las operaciones a cada paso y no dando un paso adelante hasta estar se­guro de que lo que llevo hecho, está de acuerdo con los principios fundamenta­les de la cuestión que se ha de resolver.

-Me gustaría ver esos cálculos.

-No tengo inconveniente en enseñár­selos... aunque dudo que saque usted nada en limpio de ellos.

Si con esta afirmación esperaba ave­riguar los conocimientos que el jefe de la cuadrilla tenía del asunto, fracasó por completo. Este no dijo nada que le sa­cara de dudas. Le enseñó dos o tres pa­peles cubiertos de cifras.

-Aquí los tiene-dijo.

El hombre tomó los papeles y los exa­minó atentamente. Estuvo haciéndolo tanto rato, que Trévelez se alegró de no haber intentado engañarle. Era evidente que sabía lo que se traía entre manos.

-Por lo que veo-anunció, por fin-, ha empezado usted sentando un caso hipotético. Ha supuesto que se desea obte­ner ondas de una frecuencia determina­da y ha calculado el potencial eléctrico necesario para producirlas, la capacidad de los condensadores, las resistencias, transformadores y todo eso...

-En efecto-asintió Trévelez-. Veo que entiende usted algo de eso.

-Mucho más de lo que usted se su­pone-respondió el otro, con sequedad-. Lo bastante, incluso, para darme cuenta de que aquí no hay más que fórmulas para obtener distintas frecuencias, sin que, en ningún caso, haya abordado la cuestión principal: la forma de emitir esas ondas sin que haya desperdicio y el procedimiento para dirigirlas contra un objeto determinado y concentrarlas en él. Tampoco ha tocado otro punto: el de conseguir cambiar la frecuencia de las ondas a voluntad en plena transmisión. Hasta ahora no ha hecho más que ex­poner datos que nosotros conocemos ya.

-La culpa es suya y no mía-respon­dió Trévelez-. No tenía la menor idea de lo que pudieran ustedes conocer. Si me lo hubieran dicho, y explicado hasta dónde habían llegado en sus experimen­tos, hubiera podido yo seguir adelante desde ese punto y ahorrar tiempo. Lo natural era que empezase yo por el prin­cipio para que comprendiesen mejor. De no hacerlo así, me exponía a que me dijeran que no comprendían cómo había llegado yo a las conclusiones que les pre­sentara, e incluso que, sospechasen que intentaba engañarles.

El hombre pareció comprender que a Trévelez le asistía la razón, porque no insistió sobre ese punto, limitándose a preguntar:

-¿Qué fue, exactamente, lo que dijo Deusto cuando solicitó la ayuda del Ins­tituto? ¿Tiene inconveniente en decirlo?

-Puesto que he decidido ayudarles a construir el aparato, no veo razón para ocultarle eso. Me dijo que estaba ha­ciendo ciertos estudios relacionados con la teoría atómica y con las propiedades y su potencia vibratoria. Me aseguró que había partido de los últimos descubri­mientos hechos por la Ciencia, amplián­dolos y que, gracias a ello, esperaba po­der dotar a los barcos con un medio para luchar contra los témpanos de hielo, es­collos y bajíos. Era posible que su in­vento tuviera muchas otras aplicaciones, pero su primera idea había sido ésa.

-Y... ¿le bastó a usted eso para brin­darle protección?-exclamó el otro, con incredulidad.

-Me hubiera bastado si hubiese esta­do seguro de que conocía él las propie­dades de los cuerpos tan a fondo como pretendía.

-Pero usted no tenía esa seguridad.

-No.

-¿Cómo pudo usted adquirirla?

-Le dije que me tratara como si no tuviera yo la menor noción de esas co­sas y que me explicara, de forma que pudiera entenderla un profano, la teoría de las vibraciones y la aplicación que él pensaba hacer de ella. Mi objeto, natu­ralmente, era descubrir si conocía lo bas­tante el asunto para tener probabilida­des de perfeccionar el invento de que ha­blaba. Las explicaciones que me dio me convencieron y ya no tuve inconvenien­te en ayudarle.

-¿Qué explicaciones fueron ésas?

-Si ha entendido mis anotaciones, de­be usted conocer, divinamente, esas teo­rías. Sería una pérdida de tiempo repe­tirlas.

-No obstante, quisiera escucharlas. Le digo lo que dijo usted al inventor, señor Trévelez. Haga como si hablara con un profano. Es posible que en su explicación haya algún dato que a mí se me escapara y que, escuchándole, vea más clara la solución del asunto.

-Como usted guste-repuso Trévelez, cuyo principal objeto era lograr que el hombre confiara en él si ello era posi­ble-. Emplearé, tan aproximadamente como me sea posible, las mismas pala­bras que empleó Deusto. Empezó hablando del tan sabido experimento de la copa de cristal. ¿Es necesario que lo re­pita?

-Ya le he dicho que debe hablar co­mo si a un profano se dirigiera-le respondió el otro.

-Sea. Si he de hablarle como quien habla a un profano, señor Trévelez, me dijo, he de principiar hablando de los que, con sólo cantar unas notas deter­minadas, rompen una copa de cristal fino. Quien conoce la nota vibratoria de una cosa, conoce el medio de destruir­la. Eso es lo que hacen esos señores.

»Si toma una copa de cristal y le da un golpe, observará que emite una nota musical. Esa nota la emite el cristal al vibrar. Si vibrara a esa misma veloci­dad o frecuencia durante un rato, el cris­tal no podría resistirlo y estallaría. Pues bien, si una persona acierta a cantar esa misma nota y prolongarla, hará que el cristal, afectado por la vibración de su voz, vibre a su vez y acabe estallan­do. Ese es el secreto de romper copas con la voz.

-Hasta ahí-interrumpió el jefe de los secuestradores-, no he sacado ninguna idea nueva.

-Ya se lo advertí-dijo Trévelez-.­ Pero, usted insistió en que se lo contara.

-Sí, y sigo insistiendo. Continúe.

-Todas las cosas vibran. Todas las cosas tienen su nota característica. Mien­tras la vibración de un objeto sea nor­mal, el objeto subsiste. Si lográramos, sin embargo, elevar la frecuencia de sus vibraciones, llegaría un momento en que la capacidad vibratoria del objeto sería rebasada. La vibración sería tan fuerte, que sería impotente contra ella la ley de cohesión, que es la que hace que las moléculas permanezcan unidas y, al dis­gregarse éstas, el objeto se convertiría en polvo. Hay medios científicos para conseguir, ese fin. Si se logra emitir una se­rie de ondas de la misma frecuencia vi­bratoria que el objeto que se quiere des­truir, se establece con él una especie de relación simpática. Basta ir aumentan­do poco a poco la frecuencia de las on­das para que el objeto, en simpatía ya con ellas, vibre al unísono y así se va consiguiendo que sea el objeto mismo el que emita su propia nota, hasta des­truirse.

-Y ¿cómo puede conseguirse eso?­-inquirió el hombre, interrumpiendo de nuevo.

-Eso mismo le pregunté yo a Deus­to. Y él me contestó que en ello consis­tía su invento. Creía haber descubierto un medio de emitir ondas de elevadísi­ma frecuencia en una dirección determinada.

-¿Cómo dijo que lograba eso?

-No lo dijo, ni insistí yo en que me lo dijera. Con lo dicho me demostraba que no hablaba por hablar, que tenía suficientes conocimientos para llevar a cabo el trabajo que se proponía. Le extendí, por consiguiente, todas las faci­lidades que podía brindarle el Instituto.

-Y ¿es eso todo cuanto pudo averi­guar?-inquirió el otro, con evidente desilusión.

-No. De vez en cuando me daba yo una vuelta por los talleres y laboratorios para hablar con los inventores que ha­bía por entonces alojados en el institu­to. En el curso de estas vueltas, vi tra­bajar a Deusto y presencié, en parte, la construcción del aparato, que, como usted no ignora, dio un resultado mag­nífico.

-¿Espera usted poder reproducirlo?

-Con tiempo, sí. Estoy completamen­te seguro de que cuando haya terminado de hacer cálculos podré dibujar los pla­nos de un aparato que haga todo lo que hacía el de Deusto... teóricamente, por lo menos. Después será cuestión de cons­truirlo y probarlo. Claro está que será preciso afinarlo. Ya sabe que siempre se presentan ciertas dificultades en la prác­tica, pero es fácil superarlas.

-¿Cuándo cree usted que tendrá listos los cálculos?

-Le repito lo que ya le dije. Asegu­ré que necesitaba tres días por la menos, aunque bien pudieran ser más. Es posible que mañana haya resuelto la parte teórica. No obstante, si quiere pa­sar a verme mañana a estas horas, le enseñaré hasta dónde he llegado para entonces. También creo que podré, en ese momento, decirle con mayor segu­ridad cuándo quedará terminado todo.

-Bien, volveré mañana a estas horas entonces. Haga un esfuerzo por termi­narlo todo pronto•

-Le aseguro-contestó Trévelez-, que tengo más ganas que usted de comple­tar mi trabajo. No encuentro nada agra­dable tener que permanecer aquí encerra­do y quiero conseguir que se me ponga en libertad lo más aprisa posible.

 

 

 

CAPÍTULO VII

NOTICIAS POR FIN

 

Trévelez estaba satisfecho del resulta­do de la visita. Había podido observar que el jefe de los secuestradores, se mar­chaba convencido de que su prisionero estaba dispuesto a cooperar con él hasta el fin. Y este convencimiento lo había adquirido no tanto por las cifras que ha­bía visto inscritas en las hojas de papel, sino por la facilidad con que Trévelez había hablado de sus conversaciones con Deusto. Ahora estaba seguro el director del Instituto de Inventores e Investiga­ciones Científicas que podría ganar todo el tiempo que necesitara para madura sus planes.

Que la aparente sinceridad de Tréve­lez había causado una agradable impre­sión en los secuestradores, quedó demos­trado unos minutos después. Se presen­tó uno de los hombres con un reloj de bolsillo, un pantalón, una camisa y unos zapatos.

La camisa le venía bien de todo me­nos de cuello, pero podía llevarla con el cuello desabrochado. El pantalón era un poco corto y estrecho, lo que no impidió que se lo pusiese. Los zapatos, en cam­bio, resultaron un poco grandes, cosa afortunadamente remediable, pues tenía papel suficiente allí para hacerse planti­llas que le permitieron ponérselos.

Dejó el reloj sobre la mesa y, a las doce en punto del mismo, le llevaron de comer. Se alimentó sin prisas. Su inten­ción era salir de nuevo por la galería de detrás del altar, pero no sabía si los indios a quienes diera el mensaje habían podido encontrar a su llegada a maya alguno o si habrían tenido que rondar toda la noche por los alrededores de Pie­dras Negras. Quería dar tiempo a que su mensaje fuera recibido y contestado.

Sería un poco más de la una cuando volvió a tomar la linterna, se guardó el reloj en el bolsillo e hizo girar el altar. No siguió la galería de la derecha esta vez, sin embargo, sino la de la izquier­da. Quería saber en qué estado se en­contraba, por si tenía necesidad de ha­cer uso de ella alguna vez.

Pocos metros de ella había recorrido, cuando hizo un descubrimiento. La pa­red derecha del túnel estaba hundida, pero hacía el otro lado, de suerte que no obstruía el paso. En lugar de seguir por la galería, se introdujo por el agujero y, haciendo equilibrios sobre los escombros, pronto se dio cuenta de que lo que ha­bía sospechado era cierto. Era de aquel lado de donde procedían los escombros que tapiaban la galería central, pero habían caído de tal forma, que no im­pedían el paso de una galería a otra y, lo que era más importante, el hueco quedaba por detrás de la obstrucción. Decidió, por consiguiente, explorar la galería central, ya que se le presentaba ocasión de hacerlo.

No encontró más lugares desmorona­dos en todo el camino y, al desembocar en la cámara del templo central, encon­tró que todo el teocalí se hallaba en me­jor estado de conservación que el que vi­sitara el día anterior.

Recorrió los pasillos hasta la escalera ascendente, por la que subió sin tropie­zo. La cámara de arriba tenía techumbre y paredes y la gran sala de la meseta, aunque hundida en algunos lados, esta­ba poco menos que intacta comparado con la del templo de la derecha y la de la pirámide.

Salió a la meseta. Ésta no se había librado de la invasión de la selva, y de tal suerte habían arraigado árboles y plantas sobre la propia meseta y los lados, que, a pesar de hallarse mejor con­servado, el templo estaba mucho más oculto que los otros. Pudo observar in­cluso que encima del mismo habían echado raíces tres árboles que contribuían en gran manera a esconderlo.

Bajó de nuevo y volvió a la galería, recorriéndola hasta llegar a la obstruc­ción. Al pasar a la galería de la izquier­da, consultó el reloj. Más valdría, pensó, dar un poco de tiempo más a los que es­peraba. Con esta intención, echó a an­dar por el túnel aquel, decidido a explo­rarlo también. Era el único que le fal­taba conocer. Tenía tiempo para ha­cerlo.

Estaba bastante deteriorado, pero tran­sitable. Llegó al final, quitó las cuñas, empujó el muro. No bien se abrió la puerta secreta v cuando estaba a punto de entrar en la cámara, oyó un ruido lejano que le obligó a detenerse y pres­tar atención. El sonido era demasiado débil para que pudiera identificarlo con seguridad, pero le pareció algo así como el de un motor.

Aquel ruido suponía la proximidad de seres humanos. Hubiera querido inves­tigarlo, pero comprendía que era una imprudencia hacerlo. Si avanzaba con la linterna, ésta sería visible a gran dis­tancia en la oscuridad. Si lo hacía sin ella, se exponía a caer en algún hoyo, a tropezar con escombros, a producir rui­do que delatara su presencia. Y, de ser sorprendido allí, no sólo se echarían a perder todos sus planes, sino que corre­ría peligro de muerte.

Optó por dejar la exploración del ter­cer templo para más adelante, cerró el muro y deshizo lo andado hasta llegar al punto de conjunción de las tres gale­rías. Luego tiró por la de la derecha, como el día anterior.

Nada obstruyó su paso. El muro del fondo cedió a la presión de su cuerpo. Pasó a la cámara, recorrió los pasillos. Llegó a la estropeada escalera.

Apenas se abrió paso por entre la ma­leza y salió a las ruinas de la cámara superior, cuando una voz dijo a su oído:

-Aquí estamos, jefe.

El hecho de qué la voz pareciera sur­gir del aire, de que no hubiera persona alguna visible, no pareció extrañar a Trévelez.

-¿Habéis traído lo que os pedí?-in­quirió.

-Aquí está todo-le respondió la voz.

Y sintió que le acercaban un maletín a la mano.

Lo tomó y dijo:

-¿Cuántos sois?

-Los que pidió usted, jefe. Cuatro.

Y al decir esto, aparecieron de pronto como suspendidas en el aire, cuatro ca­bezas. Los enviados del valle oculto pa­recían ir envueltos en capas iguales a las de Yuma-capas que habrían trans­portado hasta allí dentro del segundo maletín, seguramente.

-Bien-dijo Trévelez-. Tú (señaló a uno de ellos), vas a encargarte de buscar un campo de aterrizaje que debe ha­ber por los alrededores. Entérate de lo que hay en él y avísame. Si hay algún avión allí, aprovecha la primera ocasión que se te presente para inutilizarle. Haz­lo de manera que cueste trabajo averi­guar lo que le pasa y arreglarlo, pero de tal forma que, de necesitarlo nosotros, podamos tenerle en condiciones de volar en unos minutos. ¿Comprendes?

-Sí, jefe.

-Permanece vigilándolo si lo encuen­tras. Notifícame el número de hombres que hay en él o que se acerquen a él.

-Bien, jefe.

-Nada más. Ya te daré nuevas ins­trucciones si es preciso. Puedes marcharte.

La cabeza desapareció y, aunque se oyó un leve rumor entre las ramas, de­latando el paso del que había marchado, no se vio en ningún momento parte al­guna de su cuerpo, cosa extraña, pues­to que lo más natural era que las ramas separaran alguna vez la capa o que, al alzar el hombre los pies, ésta se engan­chara. Tampoco esto pareció llamar la atención del director del Instituto, que, encarándose con los otros tres hombres, les dijo:

-Seguidme.

Bajó la escalera, recorrió los pasillos, volvió a la cámara de abajo, abrió la puerta secreta.

Caminó en silencio seguido de los tres hombres. Al llegar a la confluencia de las tres galerías, se detuvo. Explicó pri­meramente lo que había oído al final del túnel de la izquierda. Luego ordenó a uno de los tres:

-Ve a ver qué hay allí. Ten cuidado. Si eres descubierto fracasará mi plan.

-No seré descubierto, jefe.

El hombre marchó.

Antes de seguir adelante, Trévelez de­positó el maletín en el suelo y lo abrió. Estaba lleno. Contenía, entre otras co­sas, una pistola, municiones, varios es­tuches, un reloj de pulsera, una pila eléctrica de bolsillo, un auricular del ta­maño de una avellana, de los que había inventado, el propio Trévelez y... algo que merece párrafo aparte.

En un rincón del maletín había dos prendas. Una de ellas era una copia exac­ta de la maravillosa capa inventada por el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, capa que tenía la virtud de hacerle invisible.

Negra por un lado, la capa refracta­ba los rayos luminosos por el otro sin re­flejarlos, por lo que todo lo que bajo ella se hallaba desaparecía de la vista. Bas­taba que, volviese la capa del revés del derecho para hacerse visible o desapare­cer como humo disipado por el viento. Y era de un tejido tan tenue, a pesar de ser muy fuerte, que una vez doblada, apenas ocupaba sitio y podía meterse holgadamente en un bolsillo.

Eso fue lo que hizo Trévelez con ella en aquel momento. La sacó, la dobló y la guardó en el bolsillo del pantalón, donde ni siquiera se notó su bulto.

La segunda prenda explicaba por qué el roce de las ramas no había dejado parte alguna visible del cuerpo del re­cién llegado del valle. Era una especie de mono, mejor dicho, una especie de traje de buzo, puesto que el pantalón terminaba en unas botas que formaban parte integrante del conjunto. Este traje, que tenía las mismas propiedades que la capa, reunía en sí algunas otras ven­tajas. Tenía la consistencia del cuero, pe­ro era flexible como piel de ante. Las ex­tremidades eran mucho más gruesas aún, hasta cerca de la rodilla, y la bota era tan invisible por la parte de la suela como todo el resto del traje.

Gracias a todo esto, el que lo llevara puesto podía moverse con entera liber­tad, sin temor a que movimiento alguno suyo, por brusco que fuera, pudiera de­jarle al descubierto. Podía subirse a los árboles sin perder su invisibilidad y era el traje lo bastante grueso para resistir el roce de las ramas sin rasgarse y para proteger a quien lo llevara contra las mordeduras de serpientes y los zarpazos de las fieras, cuyas garras, por afiladas que fueran, no podían perforarlo.

Era el traje ideado por Trévelez para poder viajar, invisible, por la selva. Y, naturalmente, carecía de una de las pro­piedades de la capa, no podía doblarse, como ella, hasta quedar reducido al bul­to de un pañuelo. Era voluminoso, pero, teniendo en cuenta el uso a que estaba destinado, eso era lo de menos.

Dejó el traje de momento dentro del maletín y sacó el reloj. Para los lectores de esta colección, el reloj en cuestión no tiene ya secretos. Es un poco más gran­de y bastante más grueso que un reloj de pulsera corriente, pese a lo cual, su maquinaria ocupa escasamente la terce­ra parte de la caja. Debajo de la esfera, una serie de minúsculos electroimanes y de piezas extrañas convertían el reloj en maravilloso receptor y transmisor radiotelegráfico. Sólo recibía y transmitía en Morse, y una pequeña palanca que so­bresalía de la parte de atrás marcaba los puntos y las rayas haciendo una leve presión sobre la piel.

Últimamente, Trévelez lo había dota­do de un nuevo perfeccionamiento. Aco­plando al reloj el minúsculo auricular que hemos mencionado, podía recibir los mensajes que fueran «hablados» an­te un micrófono en el punto de emisión, lo que resultaba más rápido y menos engorroso que el procedimiento de pun­tos y rayas. Y si se llevaban puestos al propio tiempo los botones o adornos televisores, invención del propio Tréve­lez, toda conversación sostenida en sus inmediaciones era captada por dichos botones y transmitidas en la misma onda televisora, de suerte que, allá en casa de Garvez, en Barcelona, o, en cualquier otra parte que hubiese una instalación adecuada, no solamente podían escuchar­se tales conversaciones, sino que podía verse el lugar en que se celebraban en una pantalla fluorescente. Este invento le había hecho posible a Trévelez con­versar normalmente con los agentes de Yuma y ver, al propio tiempo, todo lo que ellos vieran. Cuando las circunstan­cias no permitían hacer uso del televi­sor o del auricular, siempre quedaba el recurso de emplear el procedimiento Morse.

Trévelez, en aquellos momentos, no podía llevar cosa alguna a la vista que no le hubiera sido dada por el jefe de los secuestradores, pero, como no que­ría hallarse por más tiempo sin el reloj por lo menos, había encontrado una manera de solucionar el problema. Creyen­do que tendría que conformarse con ir en traje de baño, había pedido que el reloj que le enviasen llevara una correa larga, lo bastante para darle la vuelta al cuerpo. Lo llevaría a la cintura, de­bajo del traje de baño, y recibiría los mensajes que se le enviaran por presión contra la piel del vientre.

En vista de que le habían dado un pantalón, sin embargo, cortó parte de la correa y, en lugar de sujetárselo a la cintura, se alzó la pernera del pantalón y se lo colocó en el muslo. Esto tenía la ventaja que había menos peligro de que fuera descubierto y, sin embargo, deja­ba el reloj en un lugar fácilmente ase­quible sin llamar la atención para ex­pedir él mensajes si le convenía.

Como aún tenía tiempo antes de que le llevaran la cena, decidió expedir su primer mensaje desde la galería misma, para poder hacerlo hablando en lugar de recurrir al Morse.

Con dicho fin, acopló el auricular al reloj y a la pila eléctrica de bolsillo, se lo encajó en el oído y usó uno de los botones televisores que había en el ma­letín para hablar él y permitir que su interlocutor pudiera verle la cara.

Hecho esto, oprimió la corona del re­loj de pulsera, llamando:

-A... A... A...

Comprendía que Garvez y los demás agentes estarían consternados por su desaparición y quería tranquilizarles.

No tardó en recibir contestación.

-A-marcó la palanquita.

-Use pantalla-ordenó Trévelez.

-Ya-le respondieron a los pocos ins­tantes.

El hecho de que la pantalla funciona­ra, suponía que Garvez podía oír  cuanto dijese, conque, abandonando el reloj, dijo:

-Puede usted hablarme, Garvez. Lle­vo auricular de momento.

Sonó en sus oídos la voz del jefe de los agentes, voz que en vano intentaba disimular su emoción y su alegría.

-¡Jefe! ¡Si no lo estuviera viendo no creería que era usted! ¡Hemos pasado momentos muy amargos! Pudimos dar con sus huellas parte del camino, pero las perdimos...

-Dispongo de poco tiempo ahora, Garvez, informe.

Trévelez cambió de tono, convirtién­dose en el disciplinado jefe de agentes de siempre. En pocas palabras explicó cómo había sido descubierta su desapa­rición, todo cuanto se había hecho por dar con su paradero, lo que habían po­dido averiguar de la ruta seguida por el avión en que le llevaban los secuestra­dores. Terminó mencionando la preocu­pación que habían tenido todos, en es­pecial la doctora Arana y Samara, que no hacían más que presentarse en su casa a proponerle nuevos medios para encontrarle.

-La doctora se halla aquí en este mo­mento-terminó diciendo-. Le está vien­do en la pantalla. Y en mi vida he visto mayor alegría reflejada en un semblante.

Trévelez sonrió con ternura, a pesar suyo.

-Ánimo, Dolores-dijo, con dulzura-. Estoy sano y salvo. No es tan fácil matarme a mí, como algunos creen.

La doctora le contestó con unas pala­bras casi ininteligibles. Era tan grande su emoción que apenas podía hablar.

-Y ahora-prosiguió Trévelez-, voy a contarles en breves palabras lo sucedido. El tiempo apremia. Escuchen.

Contó lo más concisamente posible cuanto le había ocurrido.

-¿Qué órdenes hay?-inquirió Garvez, cuando hubo terminado.

-De momento, ninguna. Es decir, sí, hay una. Que nadie, fuera de los agen­tes, sepa una palabra de que se conoce ya mi paradero. Avise a todos. Estos hombres deben tener agentes en España, y si corriera la noticia de que se sabe dónde estoy, llegaría inmediatamente a sus oídos y todo se echaría a perder. Tengo indicios de que poseen una esta­ción radiotelegráfica.

-Alguien debiera marchar allá, jefe. Cuando Samara se entere, trabajo me va a costar sujetarle.

-Perdería el tiempo viniendo. Antes de que él o ningún otro pueda llegar, es muy posible que esta aventura haya te­nido ya su desenlace. En cuanto a ayuda se refiere, ya la tengo. Me hice mandar hombres del valle junto con el reloj y el televisor que estoy usando. Tengo a cuatro a mi lado en este instante. Que no se mueva nadie de allí a menos que dé yo órdenes contrarias. Es muy posi­ble que haya que cazar a alguno allí tam­bién dentro de poco. ¿Ha comprendido?

-Sí, jefe.

-Si tuviera algo que decirme en al­gún momento, recurra al Morse. No po­dré usar el televisor ni el auricular mientras finja ser prisionero.

-Bien, jefe.

-Adiós, pues... Adiós, Dolores...

-Hasta pronto, jefe. Si no vuelve pronto iremos a buscarle.

Trévelez volvió a sonreír. Luego soltó el televisor y desconectó el auricular.

Tomó la pistola y dijo, entregándosela a uno de los agentes que tenía a su lado

-Tú permanecerás cerca de mí en to­do momento a menos que te ordene yo lo contrario. Guárdame la pistola. Es conveniente que la tenga a mano, pero, no puedo llevarla yo encima.

El hombre obedeció.

Trévelez cerró la maleta de nuevo y los tres volvieron a ponerse en marcha.

Al llegar a la pared del fondo, depositó el maletín a un lado y, abriendo la puer­ta secreta, entró en la cámara que le servía de encierro, acompañado de los dos agentes.

 

 

 

CAPÍTULO VIII

PRIMEROS RESULTADOS

 

Una vez vuelto el altar a su sitio, Trévelez le dijo al agente a quien había entregado la pistola:

-Como ya te he dicho, tú no debes moverte de mi lado. En cuanto a ti (agregó dirigiéndose al otro), aprovecha­rás el momento en que me traigan de comer para salir de aquí. Has de se­guir al que me traiga la comida y ver dónde va. Necesito saber cuántos hom­bres hay en este sitio y todo lo que se pueda averiguar de ellos. También con­viene que sepamos qué instalaciones hay aquí... a qué se dedica cada uno de los cuartos.

-Bien, jefe.

-Tal vez sea mejor que no salgas hoy. Puedes esperar hasta mañana por la ma­ñana, salir a la hora del desayuno y vol­ver aquí a la hora de cenar, a menos que por lo que averigües parezca conveniente que permanezcas fuera. No obstante, ha­brá que resolver el problema de la co­mida para vosotros...

-La cuestión de la comida es fácil de resolver, jefe. En primer lugar, todos llevamos alimentos concentrados para tres días, que podernos usar en caso de apuro. De todas formas, andando por el interior de la pirámide, puedo dar con la despensa de esta gente y ahorrar lo que llevo. En cuanto a esperar hasta maña­na no es necesario. Supongo que a usted le interesa averiguar esas cosas lo más aprisa posible. Puedo permanecer toda la noche fuera. Creo que será más fácil explorar la pirámide mientras todos duer­men. Yo, por mi parte, no tengo sueño.

-Bien. En tal caso sal esta noche.

Así quedó acordado, y el director del Instituto volvió a ocupar la silla junto a la mesa para hacer una serie de cifras nuevas. Había tomado una determina­ción ya. Daría la verdadera explicación a los secuestradores y se ofrecería él mis­mo a construirles el aparato emisor. Con ello ganaría todo el tiempo que fuera pre­ciso. Riesgo no corría ninguno. No pen­saba dar lugar a los hombres a que aprovecharan lo que él les revelara.

No obstante, aun en el supuesto de que alguno de ellos pudiera escapar con el secreto, de nada le serviría. De la conversación sostenida con el jefe, Tré­velez había deducido que éste creía que bastaba el aparato emisor para conse­guir los resultados apetecidos. Creía que el aparato condensaría las ondas y las proyectaría directamente. En realidad, como no ignoran aquellos de nuestros lectores que han leído «Una conspiración diabólica», era preciso hacer uso de un condensador en el punto en, que se con­centraran los rayos, detalle que no se les había ocurrido a los desconocidos.

Por consiguiente, aun construyendo un aparato enteramente igual al de Deusto, ningún daño podría hacerse con él. Si era preciso llegar a hacer pruebas para ganar aún más tiempo, ya se las arre­glaría para salir airoso de ellas o, si esto no era posible, encontraría una excusa que convenciera a sus secuestradores.

Éstos no desconfiarían ya de él, puesto que no habrían podido hallar intento alguno de engañar ni en sus cálculos ni en sus planos.

Continuó trabajando hasta la hora de cenar. El agente señalado para llevar a cabo esa tarea salió inmediatamente que se abrió la puerta.

Aun no había tenido tiempo de em­pezar a cenar Trévelez, sin embargo, cuando sintió contra el muslo la presión de la palanquita del reloj de pulsera. Se metió la mano en el bolsillo y, por el agujero que había hecho en el forro, al­canzó la corona del reloj y dio la con­traseña que anunciaba que estaba preparado para recibir el mensaje.

La palanquita se puso a deletrear:

-XV... Grupo electro generador a ga­solina instalado teocalí izquierda. Habi­taciones sirven almacén gasolina, muni­ciones, provisiones, piezas distintas cla­ses. Hay camas para cuatro hombres. Sigo investigando.

-Bien.

-¿Ordenes?

-Ninguna nueva. Continúe e informe.

Terminó la comunicación. El agente la cerró -emitiendo de nuevo las mismas dos consonantes que al principio. La X era la contraseña del agente; la V indi­caba que pertenecía al valle. Así no ha­bía peligro que se le confundiera con el agente X de cualquier otro sitio.

De lo que había dicho, Trévelez sacó varias conclusiones. Era evidente que el ruido que oyera él al abrir la puerta se­creta de la cámara era el del motor de gasolina. Así resultaba que la electricidad de que había hablado el jefe de los se­cuestradores se generaba en el templo de la izquierda y no en la pirámide. ¿Por qué? Seguramente porque éste re­sultaba más asequible desde el lugar de aterrizaje de los aviones..

El trasladar el grupo generador y el combustible desde el aeródromo hasta la pirámide resultaría muy pesado y difícil y por eso se habría escogido el teocalí aquel para la instalación. No era de creer, sin embargo, que la estación radiotelegráfica estuviera instalada cerca del grupo generador. El jefe y algunos de los hombres se habían trasladado a la pirámide por estar más escondida y ofrecer un refugio más seguro, pero no se resignarían a estar incomunicados con el mundo exterior. La estación de radio tenía que estar allí-lo que suponía que había sido tendido un cable desde el teocalí para suministrar la corriente. No recordaba haber visto rastro alguno del cable en cuestión al salir a la meseta en compañía de sus carceleros, pero eso no quería decir nada. Resultaba muy fácil ocultar una cosa así entre la maleza.

Mucho hubieran dado aquellos hombres por conocer la existencia de los pasadizos subterráneos que establecían comunicación entre los dos monumentos Era evidente que no tenían la menor noticia de ello. Hubiera sido imposible tender un cable por la galería sin que se viese y, además, éste hubiese tenido que entrar en la pirámide por el altar... y allí no había ningún cable. Además se había cedido a la petición suya, ence­rrándole en aquella cámara. De haber sabido los secuestradores que existía comunicación entre ésta y el exterior, jamás le hubieran permitido ocuparla. Un detalle más: para pasar de un monumento a otro por los túneles, era preciso cruzar la cámara en que se hallaba Trévelez-y nadie había cruzado por allá.

Terminó de cenar en el momento en que la palanquita marcaba una nueva llamada. Aquella vez era el agente BV­ el que había recibido la orden, allá en teocalí de la derecha, de buscar el aeródromo y vigilarlo.

El mensaje suyo acabó de aclarar muchos puntos. Decía:

-Hallado campo aterrizaje. Es un claro en la selva delante mismo del templo de la izquierda. Templo parece servir de almacén. He visto a dos hombres. Tardé en descubrir avión porque está metido en un hangar construido entre árboles al borde del claro y tan bien disimulado que parece parte de la selva misma. Templo resultará invisible desde el aire también por estar cubierto de maleza. Los dos hombres limpian y engrasan avión. Aguardo ocasión propicia para inutilizarlo, pero ésta no ha llegado aún. Órdenes. BV.

La contestación de Trévelez fue breve.

-Continúa vigilando-dijo-. Inutiliza al avión cuando puedas. No es  necesario entres en teocalí izquierda. XV allí ya. Si hay algo nuevo notifícamelo. De lo contrario, aguarda a que yo te mande instrucciones. TH.

Con los datos recibidos de los dos agen­tes podía formarse una idea de la situa­ción. Los aviones aterrizaban en el claro y su carga era trasladada al teocalí don­de se guardaba también el combustible necesario para aprovisionar al propio avión y para el funcionamiento del gru­po electro generador. Los cuatro hombres allí alojados cuidarían, por turnos, del motor y se encargarían de llevar a la pirámide lo que en ésta se pudiera necesitar, conservando lo demás allá.

La pirámide servía de albergue al jefe a los técnicos, posiblemente, así como algunos hombres para escoltarles y hacer las guardias. Podría comprender mejor la organización cuando tuviese no­vicias del tercer agente, que no había da­do aún señales de vida-ni era fácil que las diera hasta transcurrido algún tiem­po.

 

*****

 

A eso de las once, XV volvió a lla­mar anunciando que había podido asomarse al exterior del teocalí. Describió el campo de aterrizaje que había delante del mismo aproximadamente igual que lo había hecho EV. Por lo demás, no tenía nada nuevo que decir. Los hombres que ocupaban la antigua construcción de pie­dra medio sepultada bajo la vegetación, eran cuatro, en efecto, como dedujera del número de camas encontrado. Dos de ellos se habían acostado ya. Los otros dos parecían a punto de imitarles. XV pe­día nuevas órdenes.

-Tu compañero vigila el teocalí y cam­po de aterrizaje desde fuera. Nada pue­des hacer de momento. Mejor será que te retires a la galería y duermas. Alguien tendrá que relevar a los que vigilan. Duerme cuatro horas. A las tres de la mañana baja al aeródromo y vigila des­de fuera, teniéndome al corriente de si llega algún otro avión o de cualquier movimiento que observes. Avisaré a BV para que a las tres se retire a dormir. Así descansaréis algo los dos. Puede hacer falta, en cualquier momento, que estemos todos lo más descansados po­sible.

-Bien, jefe.

Trévelez se puso en contacto con BV y le dijo que se retirara a dormir a las tres de la madrugada, puesto que a esa hora habría otro vigilando. Luego acon­sejó al agente que le acompañaba que se echara a dormir debajo de la mesa y se acostó él también. Si el que rondaba por el interior de la pirámide tenía algo urgente que comunicarle, ya le desperta­ría a la presión de la palanquita, porque tenía el sueño ligero. Si no había nada de particular, BV no daría su informe hasta la mañana siguiente.

A las once y media, el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas se había quedado dormido.

A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando, oyó una voz que le decía al oído:

-SV está de vuelta, jefe.

-Informa-respondió él.

-Durante la noche, he podido reco­rrer todo el interior de la pirámide. Hay seis hombres en total. Uno al que lla­man el jefe, otro al que se refieren con el nombre de “El Profesor”; al tercero le llaman «Mecánico», y es una especie de carpintero y mecánico en una pieza; el cuarto es el radiotelegrafista, y le lla­man “Chispas”. Los otros dos sirven pa­ra todo, haciendo más bien de escolta y de guardianes. Los llaman, respectiva­mente, “Vigilante” y “Sereno”. Por lo visto, son poco amigos de pronunciar nombres, aun entre ellos. Tal vez sea una precaución para que se acostumbren y no se le escape a ninguno el nombre verdadero de otro ante extraños.

-Seguramente-insistió Trévelez-. ¿Qué más?

-En una de las habitaciones duer­men el jefe, el profesor y el telegrafista.

En otra tienen camas los guardianes y el mecánico. El cuarto en que está instalada la estación emisora y receptora es, al propio tiempo, taller, aunque no se ven muestras de que se haya usado como tal aún. Seguramente lo tienen preparado para construir el aparato. Es el único cuarto que tiene instalada luz eléctrica, pero no se usa apenas, de momento, para ahorrar corriente.

«El telegrafista está generalmente ante su aparato, pero no siempre. (Y digo eso porque esta mañana, cuando yo en­tré aquí, él no se había acercado al apa­rato aún). Seguramente no esperan men­sajes de importancia, de lo contrario ha­bría alguien de guardia allí día y noche. El mecánico es telegrafista también. Ano­che fue él quien estuvo sentado hasta la hora de acostarse ante el aparato.

»Hay una cámara que hace veces de almacén. En ella tienen algunas piezas sueltas, armas, municiones y provisio­nes. Abunda la carne seca o tasajo y las conservas entre estas últimas. Cuan­do quieren hacer algo caliente preparan fuego fuera o cocinan con una estufa de gasolina en el cuarto-almacén. He visto la estufa y también he hallado cenizas y tizones en la meseta de la cima. Los demás cuartos están vacíos.»

-Mucho has descubierto en una noche.

-No he parado. Por suerte las puer­tas de todos los cuartos están abiertas menos la de éste. He hecho numerosas visitas a uno y otro.

-¿No has sorprendido conversación alguna que nos dé una idea de los pla­nes que tiene esta gente?

-No. Mi principal empeño ha sido en­terarme de lo que había dentro de la pirámide primero. He oído hablar a unos y otros, claro está, antes de que se acostaran, pero nunca de nada intere­sante. Lo que he escuchado sólo ha servido para que sepa cómo se llaman los unos a los otros.

-¿No tienes ninguna otra cosa más que decir?

-No, jefe. Espero sus órdenes.

-Explícale a tu compañero exacta­mente dónde está cada una de las cosas que me has dicho, y el aspecto de los distintos personajes. Él ha descansado y puede pasarse el día, o parte de él por lo menos, vagando por los pasillos. Cuando lo hayas hecho, hazte cargo de mi pisto­la, tiéndete bajo la mesa y descansa. Si te necesitara para algo ya te despertaría.

-No necesito dormir, jefe.

-Puede ser necesario quedarse sin dormir más adelante y quiero que estés en condiciones de hacerlo. Ahora que puedes, duerme.

SV no discutió más la orden recibida. Explicó rápidamente a su compañero to­do lo que había visto, aceptó la pistola de Trévelez que éste le entregaba y se tendió debajo de la mesa.

KV, el agente que se había pasado la noche en la cámara con Trévelez, ob­servó:

-Supongo que no podré salir hasta que le traigan a usted la comida.

-Creo que podrás salir antes. El jefe prometió acercarse esta mañana a ver qué progresos había hecho. Prepárate a salir. No creo que tarde ya.

 

 

 

CAPÍTULO IX

LOS PLANES EMPIEZAN A DAR FRUTO

 

Haría cosa de media hora que se ha­bía dormido SV, cuando se abrió la puerta y entró el jefe en la cámara. Aprovechando el momento, KV salió antes de que volvieran a cerrar.

-Quedamos, señor Trévelez-dijo el hombre-, que viniera a verle esta mañana.

-En eso quedamos, en efecto.

-Veo que le han entregado las cosas que mandé para usted. Y observo que ha podido ponérselas.

-No me están a medida, precisa­mente-sonrió Trévelez-; pero, sirven para tapar mis desnudeces por lo menos. Los zapatos son grandes, pero estoy mejor con ellos que descalzo.

-Me dijo usted ayer...-empezó a de­cir el hombre.

-Que hoy podría darle, probablemen­te, una idea del tiempo que iba a tardar en tener mis cálculos hechos-dijo Tré­velez, sin dejarle terminar.

-Y... ¿puede hacerlo?

-Puedo hacer mucho más. Creo po­der prometerle no sólo que terminaré los cálculos hoy mismo, sino que mañana tendré hechos los planos del aparato, de forma que, por la tarde, puede iniciarse su construcción si usted quiere.

-¡Magnífico!-exclamó el hombre, con evidente satisfacción-. ¿Puedo ver hasta dónde ha llegado?

Trévelez le entregó unas hojas de pa­pel, que el jefe de los secuestradores exa­minó atentamente, devolviéndoselas des­pués sin hacer comentario alguno refe­rente a ellas.

-¿Cuándo puedo volver por aquí?-preguntó.

-Será mucho mejor que me deje com­pletamente tranquilo ya hasta que haya terminado. Si sufro interrupciones tar­daré mucho más.

-¿A qué hora cree usted que será eso?

-Mañana al mediodía lo tendré todo terminado.

-¿Los planos también?

-Los planos también

-¿Cuándo puede empezar su construc­ción?

-Después de comer mismo si uste­des quieren y están preparados.

-¿Si estamos preparados?

-Quiero decir si tienen todo lo nece­sario para que se empiece.

-Ya... Es posible que no tengamos aquí todas las piezas, en efecto, pero es cuestión de media hora traer aquí las que falten. Naturalmente, hasta que nos dé los planos, no podemos saber con exactitud las piezas que va a necesitar.

-Ya le he dicho que se los entregaré mañana al mediodía.

-A esa hora veremos qué es lo que nos falta para poder trabajar. ¿Le pare­ce bien que le lleve al taller mañana a las tres?

-Cuanto antes mejor. Tengo ganas de salir de aquí.

-Eso dependerá de usted. En cuanto hayamos visto funcionar el aparato, cum­pliremos nuestra promesa. Será trasla­dado a España. ¿Cuánto tiempo cree que tardará en construirlo?

-Dos o tres días... siempre que ten­ga todo lo que necesite.

-Naturalmente.

-Luego habrá que probarlo.

-Sí..

-Y afinarlo. Es muy probable, que al ponerlo en marcha nos veamos obligados a introducir algunas leves modificaciones antes de que cumpla su misión como es debido.

-Eso es cosa prevista.

-Si, todo marcha bien, calculo que dentro de tres días... cuatro, alargándolo mucho, habrá llegado el momento de que cumplan su parte del contrato.

-Lo cumpliremos, pierda cuidado.

-Y ahora-prosiguió Trévelez-, opi­no que sería mejor que me dejara solo. Queda bastante que hacer para tenerlo todo listo para mañana al mediodía y no es cosa de perder tiempo.

-Tiene razón-asintió el jefe-. Hasta mañana, pues. Y afine mucho, señor Tré­velez, para que pueda volver a España lo antes posible.

Se marchó, cosa que Trévelez había estado deseando porque hacía un rato que notaba la presión de la palanquita del reloj.

En cuanto estuvo solo contestó. Era BV el que llamaba. Pedía órdenes.

-Vuelva a vigilar el campo de aterri­zaje-le contestó.

Y a continuación llamó a XV, orde­nándole que volviese al teocalí si le era posible y pasara el tiempo escuchando la conversación de los cuatro hombres allí alojados. No había ninguna otra co­sa que hacer de momento.

Llegó la hora de comer sin que KV hubiese hecho acto de presencia. SV se había despertado ya y paseaba su invisi­ble cuerpo por el cuarto.

A las dos, Trévelez contestó a una llamada de KV.

-Por lo que oigo-dijo éste-, parece ser que ha de llegar un avión esta tarde de la ciudad de Méjico. No sé lo que traerá ni a qué viene, pero he creído conveniente notificárselo en seguida.

-Has hecho bien, gracias-respondió él.

-Ordenes.

-Siguen en pie las que le di.

KV se retiró. Trévelez empezó a mar­car:

-AV... AV... AV...

AV era el anciano al que los indios habían entregado el mensaje de Trévelez en el valle oculto.

-AV-llegó la contestación.

-Avión próximo llegar procedente Ciu­dad de Méjico. Avise allá. Cuando ate­rrice aquí y sepa sus características se las comunicaré, así como hora en que despegue de aquí. Transmítalas entonces a Ciudad Méjico para que se vigile. Si logran verle llegar, que descubran dón­de aterrizó y de quién es. TH.

En cuanto hubo cortado la comunica­ción se puso en contacto con BV nueva­mente.

-Se espera-le dijo-, la llegada avión Ciudad de Méjico. Notifícame en cuanto aparezca dándome sus características, Y, en cuanto vuelva a despegar, avísamelo también.

-Bien, jefe.

XV recibió el mismo aviso aunque al hablar con éste agregó:

-Si descarga algo, procura enterarte de lo que es y comunícamelo. Supongo que lo meterán en el teocalí.

-Bien, jefe. ¿Algo más?

-Nada más.

A media tarde BV anunció la llegada de un avión monomotor tripulado por dos hombres. Llevaba los colores meji­canos en el fuselaje y debajo de las alas. El agente pudo dar su número incluso. Trévelez transmitió inmediatamente dichos detalles al valle, y no había hecho más que terminar, cuando XV le comu­nicó desde el teocalí que sólo había des­cargado un bidón grande de gasolina y unas cajas que debían contener algo frá­gil, porque las movían con mucho cui­dado. Aun no había podido averiguar su contenido.

En cuanto se hubo completado la des­carga, el avión emprendió el vuelo de nuevo, cosa que Trévelez comunicó al valle en seguida que lo supo.

Algún tiempo después, supo que las cajas contenían lámparas especiales, al parecer. De ello dedujo que, para mayor seguridad, el jefe de los secuestradores había radiado un mensaje a la Ciudad de Méjico pidiendo más lámparas, en cuanto supo que estarían los planos pre­parados para el día siguiente. Quería que el aparato estuviera construido lo más aprisa posible y había aumentado su surtido de lámparas para que entre ellas encontrara Trévelez las que necesitara para montar el emisor de ondas de alta frecuencia.

Se acercaba ya la hora de cenar. SV dijo:

-Jefe, supongo que será mejor que esconda su pistola debajo de la cama ahora para que la coja KV cuando vuel­va. Yo saldré en cuanto se abra la puerta.

       -No-le respondió Trévelez-; no creo necesario que salgas esta noche por la pirámide. Ya has averiguado cuanto puede averiguarse durante la noche, y por lo poco que puedas escuchar antes de que los hombres se acuesten, no vale la pena que salgas. Mejor será que des­canséis los dos, por lo que pueda ser.

-No estoy cansado. Después de todo no hace tanto rato que he dormido.

-Sigo creyendo que no es necesario que andes por la pirámide esta noche, no obstante. Pero, si no quieres dormir aún, puedes relevar a XV y que él duerma un rato. Cuando se despierte, puede ir á relevar a BV para que descanse él, y como no hará falta guardia en el teocalí tampoco, vuelves tu aquí a dormir.

El agente asintió y se dispuso a es­perar a que volviera su compañero. Cuando, tras haber sido entrada la cena quedaron solos, BV dio a conocer su presencia. SV aguardó tan sólo a entre­garle la pistola de Trévelez y luego mar­chó por la puerta secreta al teocalí para relevar a XV que ya había sido avisado.

-Informa-ordenó Trévelez a BV.

-Todos los hombres parecen muy ani­mados. Seguramente les habrá dicho ya el jefe que están a punto de realizar todos sus sueños, aunque lo habrá hecho en algún momento en que estuviera yo en otra parte, porque nada he oído. Estando yo cerca del jefe más tarde, se acercó el telegrafista para decirle que ya había avisado y que el avión llegaría esta tarde. El profesor, que estaba presente, qui­so saber de qué se trataba. El jefe le contestó que quería ir sobre seguro y que había pedido más material a Ciudad de Méjico. Sé que el material ha llegado ya.

-¿Qué mas?

-El profesor dijo que, según fueran los resultados obtenidos entre mañana y pasado, habría que empezar a trazar pla­nes definitivos. El otro le contestó que no corría prisa. Tiempo tendrían de tra­zar planes cuando estuvieran completa­mente seguros del éxito.

-¿Oíste algo más?

-Nada, hasta última hora. Es decir, nada que tuviera nada que ver con el asunto. Simples comentarios sobre cosas vulgares.

-Y... ¿a última hora?

-“Chispas” preguntó al jefe si debía radiar a España.

-¡Ah! ¿Qué contestó él?

-Que aun no había llegado el mo­mento.

-¿No se dijo nada que permitiera for­marse una idea del lugar de España a donde quería radiar “Chispas”?

-Nada.

-Esa es una de las cosas que nos in­teresa averiguar. ¿Qué más oyó?

-Ninguna otra cosa.

Trévelez se quedó pensativo unos mo­mentos.

-Jefe...-dijo el agente, de pronto-.

-¿Qué?

-Podríamos terminar la cosa hoy mis­mo. Sabemos la gente que hay aquí y la que se encuentra en el teocalí. Con dar una inyección a cada uno de ellos mien­tras duermen...

-Habríamos dejado el trabajo a me­dio hacer-le interrumpió Trévelez-. Si hacemos lo que tú dices esta noche, per­deremos toda probabilidad de saber cuán­tos agentes tienen y dónde se encuen­tran. Ha sido ese pensamiento el que ha detenido mi mano desde un principio. Quiero pillarlos a todos. Si me hubiera conformado con ellos, no hubiera tenido necesidad de haceros vigilar tanto. No... Hemos de esperar hasta que no haya posibilidad de que se escape ninguno.

Se sentó a la mesa y se puso a traba­jar rápidamente. A las once tenía terminados ya todos los cálculos. A las doce, los planos habían quedado hechos tam­bién. Quería dejarlo todo preparado aque­lla misma noche, por si surgía algo al día siguiente que le impidiese trabajar;

Una vez hubo terminado y puesto que no esperaba mensaje alguno, decidió acostarse. El agente le imitó.

 

 

 

CAPÍTULO X

EL LIBRITO DE NOTAS

 

A pesar de haberse despertado mucho antes, Trévelez no se movió de la cama hasta que le trajeron el desayuno. Desde allí, echado, había recibido ya mensajes de los otros tres agentes, dando instruc­ciones a cada uno de ellos.

Como consecuencia de esto KV y SV se hallaban con él y este último salió a la pirámide en cuanto se abrió la puerta. Sus instrucciones habían sido bien cla­ras. Podía rondar por donde quisiera du­rante la mañana, escuchando conversa­ciones con el principal objeto de ver si podía averiguar algo de los agentes que los secuestradores tenían en el exterior.

En el momento en que sacaran a Tré­velez de la cámara, sin embargo, debía acercarse él al taller y rondar por los alrededores por si ocurriera algo impre­visto y fuera necesaria su ayuda.

KV, por su parte, debía seguir a su jefe al taller y colocarse en un sitio en que no estorbase, llevando consigo la pistola de Trévelez y unas jeringas que habían sacado del maletín oculto en la galería por si hacían falta.

Desayunó el director del Instituto y la mañana transcurrió sin novedad.

A la hora de comer, el jefe de los se­cuestradores se presentó con el guardián.

-¿Está todo hecho?-fue su primera pregunta.

-Le prometí que se lo tendría todo preparado y he cumplido mi palabra-le contestó Trévelez.

Y le enseñó las notas y los planos.

-¿Puedo levármelos ya?-inquirió el hombre en seguida.

-Sí.

-Quiero las notas también. No le oculto, señor Trévelez, que me las voy a llevar para que las lea mi compañero, que tiene conocimientos más profundos del asunto que yo. No desconfío de usted, pero deseo tener la completa seguridad de que no nos engaña.

-Puede usted llevárselo todo sin in­conveniente alguno. No les engaño. Us­ted no ha podido descubrir trampa algu­na en mis cálculos porque no la hay. Su compañero le dirá lo mismo. ¿Cuándo piensa empezar la construcción del apa­rato?

-Necesito un rato para que mi com­pañero examine todo esto. En cuanto él haya dado su visto bueno, examinaremos los planos e iremos reuniendo el material para que pueda empezar usted a traba­jar. Calculo que, para cuando haya aca­bado usted de comer, estará todo listo y podrá empezar usted cuando quiera. Ni que decir tiene que no es preciso que monte usted el aparato con sus propias manos. Bastará con que lo dirija.

-Bien. Espero a que vuelva usted, pues. Por mi parte no tengo inconvenien­te en empezar el montaje sin perder instante. Cuanto antes quede acabado todo, mejor.

El jefe volvió a marcharse y Trévelez se puso a comer. Desde que su agente le había dicho que a uno de los hom­bres le llamaban el Profesor, había su­puesto que aquél sería el verdadero cien­tífico de la cuadrilla y que nada se haría sin haberlo consultado a él. Por consiguiente, las palabras del hombre no le habían sorprendido.

Interrumpió su comida para advertirle a KV que, como medida de precaución, debía salir él en cuanto se volviera a abrir la puerta. Si esperaba a salir al mismo tiempo que su jefe, se exponía a tener algún tropezón que delatara su presencia. Sabiendo los hombres que Yu­ma había anunciado públicamente su in­tención de buscar a Trévelez, y no igno­rando las facultades del misterioso per­sonaje, cualquier roce con algo invisible les haría suponer que era el propio Yu­ma quien se hallaba allí, con el consi­guiente quebranto para sus planes.

Una vez dadas estas últimas instruc­ciones terminó la comida. Pero no volvió el jefe de los secuestradores tan pronto como había dicho. Hubieron de esperar­le durante cerca de una hora más.

Cuando apareció en la cámara, sin embargo, rebosaba satisfacción. El pro­fesor debía de haberle dicho que las no­tas parecían una exposición sincera y perfecta y que los planos parecían estar hechos a conciencia también.

-Cuando usted quiera, señor Tréve­lez-dijo-, iremos al taller.

-Podemos ir ahora mismo, por mí­-anunció el interpelado-. ¿Están ustedes satisfechos ya de que no he tenido ni por un momento la intención de engañarles?

-Mi compañero parece creerlo así­-confesó el hombre-; y yo tampoco he encontrado nada sospechoso en sus cálcu­los. Tendrá usted que examinar el mate­rial, que tenemos. Está todo en el taller ya.

-Vamos allá, pues.

A pesar de la confianza que el hom­bre decía tener en Trévelez ya, no por eso dejó de tomar sus precauciones para que no intentara escaparse. Dejó que el guardián fuera delante con la linterna, Trévelez detrás, y él cerró la marcha. Así recorrieron algunos pasillos hasta llegar al taller.

Era éste una especie de sala subterrá­nea, poco más o menos cuadrada. No te­nía puerta. Y estaba brillantemente ilu­minada por electricidad. Por lo visto la habían encendido entonces para que Tré­velez pudiera trabajar mejor, aunque és­te, acostumbrado a la mortecina luz de las linternas, quedó deslumbrado al prin­cipio y no pudo distinguir nada.

Cuando se le acostumbraron los ojos a la inusitada luz, observó que contra la pared del fondo había una gran mesa sobre la qué estaba la instalación radio­telegráfica. La silla colocada delante de ella estaba vacía en aquellos momentos.

Á uno de los lados había una mesa larga pegada a la pared. En ella se veían toda clase de herramientas y una poten­te bombilla la iluminaba. Contra la pa­red opuesta había otro banco de trabajo y encima de éste y en el suelo, alrede­dor, había piezas de hierro de diversos tamaños, tubos, planchas de caucho pa­ra aislar, lámparas, carretes, y cien mil otras cosas.

Junto a ellas había dos hombres que, por la descripción de sus agentes, Tréve­lez comprendió eran el «Profesor» y «El Mecánico», aun antes de que le fueran presentados.

-Vea usted el material que hay aquí, señor Trévelez-dijo el «Profesor»-. Si falta algo, lo mandaremos buscar inme­diatamente.

El director del Instituto se acercó y fue examinando, pieza por pieza, todo lo que allí había.

-La mayor parte de estas lámparas­-dijo por fin-, no sirven para nada. Pero veo que, con las pocas que sirven, hay lo suficiente para nuestro propósito... Hará falta más cable. Y...

Tomó los carretes de pronto y, tras examinarlos todos, hizo una mueca.

-Ninguno de éstos-anunció-, reúne las condiciones necesarias,

El jefe de los secuestradores soltó una exclamación.

-¿No es posible aprovechar ninguno de ellos?-inquirió, decepcionado-. De ésos sí que no tenemos ninguno más. Había tomado toda clase de precaucio­nes en cuanto a las lámparas se refiere, para asegurarme de que no faltara la clase que usted necesitase, pero confieso que no había pensado en la posibilidad de que los carretes fueran inútiles.

-Lo son. Y por completo-aseguró Trévelez.

-Habrá que pedir otros-dijo el “Pro­fesor”.

-Pero no podremos tenerlos aquí ya hasta mañana. Hay que tener en cuen­ta...

-¿Para qué vamos a perder el tiempo discutiendo?-le interrumpió el “Profe­sor”-. Si no sirven, no sirven. No hay más que hablar. El señor Trévelez nos dirá exactamente lo que necesita y ma­ñana lo tendremos. Esperaremos hasta entonces para empezar.

-No es necesario-intervino Tréve­lez-; podemos empezar hoy mismo de todas formas. Los carretes empezaremos a montarlos cuando lleguen. De todas formas, hay muchas otras cosas que ha­cer antes de que se los pueda colocar en el aparato y, aunque los tuviéramos, no los necesitaríamos de momento.

-Mejor que mejor-dijo el jefe, con evidente alivio-. Voy a pedirlos ahora mismo, ¿Quiere usted decirme sus ca­racterísticas exactas?

Trévelez lo hizo. El hombre se acercó a la mesa de radio. También él sabía usarlo, al parecer. Sacó una libreta de notas del bolsillo del pantalón, la colocó abierta sobre la mesa, posó los dedos en el pulsador y empezó a llamar.

Mientras seguía examinando el mate­rial, Trévelez aguzó el oído, y tomó nota, mentalmente, de la contraseña de la estación a que se llamaba. Cuando ésta contestó, el jefe empezó a transmi­tir, pero Trévelez no entendió una palabra del mensaje. Evidentemente lo es­taba transmitiendo en clave.

Terminó el hombre y volvió a acercar­se al grupo.

-Mañana tendremos esos carretes aquí sin falta-aseguró.

El director del Instituto movió la ca­beza en señal de asentimiento.

-Con eso no basta-dijo-. ¿Dónde están los planos que les di?

-Tome-dijo el profesor, entregán­doselos.

-Aquí he dibujado el bastidor que ha de Servir de base al aparato. Creo que este señor podrá hacerlo sin ayuda mía-dijo Trévelez, mirando al mecánico.

-Es cierto-asintió éste, después de haber echado una mirada al dibujo-. Voy a poner manos a la obra en se­guida.

Con el plano delante, empezó a serrar tubos de metal a medida, mientras Tré­velez hacía una selección de los mate­riales que allí había.

-Vamos a trasladar todo lo que nos sirva al banco de enfrente-dijo-. Lo de­más sólo sirve de estorbo. Pueden lle­várselo ya de aquí, o dejarlo en este banco si quieren.

Empezó a trasladar piezas, y cuando tuvo todas las que le interesaban al otro lado, empezó a comprobar el estado de las lámparas, los condensadores, resis­tencias, etc., con ayuda de los instru­mentos de medición eléctricos y el cua­dro de interruptores y de pruebas que había sido instalado por encima del banco.

Luego, mientras fingía observar los progresos que hacía el mecánico, se me­tió la mano en el bolsillo y, oprimiendo la corona del reloj con disimulo, ordenó al agente que se hallaba en el taller con él:

-No vuelvas a la cámara esta noche. Aguarda fuera. Ya te daré instruccio­nes.

El Profesor se ofreció a ayudarle en sus comprobaciones y, entre los dos, no tardaron en repasar todos los dispositi­vos eléctricos.

-Más vale-dijo entonces Trévelez-, ­que ayude ahora al mecánico a terminar. No puedo hacer nada mientras ese bastidor no esté un poco más adelan­tado.

Cuando llegó la hora de la cena, el bastidor había quedado completamente terminado y habían podido montarse en él ya varias piezas. Se abandonó el tra­bajo para cenar y le preguntaron a Tré­velez si pensaba trabajar después. Él respondió negativamente.

-No se adelantaría gran cosa-dijo-. Sería sacrificar horas de sueño en balde. Continuaremos mañana. Espero que, para pasado, todo esté dispuesto para empezar a funcionar. El trabajar dema­siadas horas sería forzar la máquina, y cuando llegara el momento de las prue­bas definitivas, estaría demasiado can­sado para resolver dificultades si se pre­sentaran.

 No se discutió su decisión y fue acom­pañado de nuevo a la cámara, donde no tardaron en servirle la cena.

Antes de sentarse a ella, sin embargo, tenía que hacer algo importante. Llamó a KV por medio del reloj.

-¿Te fijaste en el librito de notas que sacó el jefe cuando se puso a radiar el mensaje?-le preguntó.

-Sí, jefe.

-Es preciso que te apoderes de él en cuanto ese hombre se haya dormido. Cuando lo tengas, tráemelo inmediata­mente. No tendrás más remedio que salir de la pirámide con él, atravesar por la selva hasta el aeródromo, entrar por el teocalí y pasar por la galería. Es muy expuesto intentar abrir esta puerta. Ha­ce demasiado ruido y podría acudir al­guien. No vale la pena correr el riesgo. ¿Has comprendido?

-Sí.

-Hazlo lo más pronto posible. Ten­drás que volverla a dejar en su sitio antes de la mañana y, entretanto, necesitamos copiar su contenido.

-Bien, jefe. Lo haré tan pronto como pueda. Ahora todo depende de la hora a que se acueste y de si me es posible meterle la mano en el bolsillo sin despertarle.

En cuanto hubo acabado de hablar con KV, llamó a SV.

-Quédate toda la noche fuera-le or­denó-. Vigila, especialmente, el cuarto en que duerme el jefe. KV va a quitarle un librito del bolsillo. Se lo devolverá antes del amanecer. Pero pudiera des­pertarse antes de eso y echarle de menos. Si tal sucediese avisa en seguida y procuraremos arreglar las cosas de for­ma que no sospeche lo sucedido.

-Bien, jefe.

Esta precaución de Trévelez no era tan tonta como parecía. Si el jefe se desper­taba y echaba de menos la libreta, lo más probable era que creyese habérsela dejado caer en algún sitio y que la bus­case, sobre todo en el taller, donde re­cordaría haberla sacado.

Si Trévelez sabía que la andaba buscando, podría mandar á su agente con ella para que la dejase caer por alguna de los lugares en que hubiese estado el hombre, éste, al encontrarla de nuevo, se tranquilizaría. Jamás se le ocurriría pensar, ni remotamente, en la verdade­ra explicación de lo sucedido.

 

 

 

CAPÍTULO XI

SE ADELANTAN LOS ACONTECIMIENTOS

 

Trévelez calculaba que el jefe no se acostaría antes de las doce, y teniendo en cuenta que KV tendría que aguardar a que se durmiese y aprovechar una ocasión propicia para quitarle la libreta, no era de esperar, aún en el mejor de los casos, que KV pudiera presentarse en la cámara antes de las doce y me­dia o la una. Era muy posible que, des­pués de eso, no tuviese tiempo de dor­mir y, por consiguiente, decidió apro­vechar el tiempo. Se echó inmediatamen­te después de cenar, y era tal la costum­bre que tenía de dormir cuando se le presentaba la ocasión, que no le costó el menor trabajo conciliar el sueño.

Le despertó el propio KV con unos golpecitos en el hombro.

-Traigo la libreta, jefe-anunció.

-¿Qué hora es?

-La una y cuarto.

Trévelez se levantó de la cama. Dijo:

-Vamos a la galería.

Abrió la puerta secreta. Pasaron a la galería. Volvieron a cerrar el paso. Tré­velez buscó la maleta, la abrió y sacó una lámpara eléctrica de bolsillo. A su luz ojeó la libreta.

-Aquí tenemos la clave que empleó ese hombre para transmitir su mensaje-dijo-. Y hay dos grupos de letras al lado de las cuales no hay significado al­guno... Uno de ellos lo reconozco: es la contraseña que empleó el jefe cuando hizo su llamada. Por consiguiente, he­mos de suponer que el otro grupo es una contraseña también.

»Sabemos seguro que esta gente está en comunicación con una emisora de la ciudad de Méjico y con otra emisora ins­talada en España. Puesto que aquí no hay más que esos dos grupos, ello sig­nifica que no tienen agentes más que en esos dos sitios... a menos que comuniquen con ellos por algún otro procedimiento.

»Ya que las lámparas y la gasolina las trajeron de Méjico, es lógico creer que los carretes han sido pedidos al mis­mo sitio... sobre todo teniendo en cuen­ta que esperan recibirlos mañana. Por consiguiente, el otro grupo correspon­de a la emisora receptora que tienen en España.

Hojeó y hojeó toda la libreta sin hallar ninguna otra cosa.

-Mi primera intención-anunció-­, había sido copiar todo esto esta noche, pero he cambiado de opinión. Hay un procedimiento mejor. Voy a radiar desde aquí el contenido de esta libreta al valle. Lo puedo hacer yo solo. Mientras lo hago, vuelve tú a la cámara y acués­tate. Ya te despertaré cuando haya ter­minado.

-Puedo radiar yo eso, jefe-protestó el agente.

-He de radiar instrucciones al pro­pio tiempo, conque he de hacerlo yo. De todas formas, yo ya he dormido un rato y. podré dormir cuando acabe si quiero. Tú, sin embargo, has de volver a dejar esta libreta donde la encontraste. Ve y descansa. Puede ser que cambie por com­pleto mis planes y que tengamos que hacer muchas cosas antes de que ama­nezca. Todo depende del tiempo que tar­de en radiar mi mensaje. Ve... El tiem­po vuela.

El agente no se hizo repetir la orden. Volvió a la cámara y se echó en la cama de su jefe. Éste, entretanto, había co­nectado el reloj al auricular y a la pila de bolsillo. Se puso el auricular y tomó uno de los botones televisores. Empezó a llamar

AV... AV... AV...

-AV-le contestaron.

-Pantalla-ordenó.

-Está puesta-le contestaron al cabo de unos instantes-. ¿Lleva puesto el auricular?

Trévelez dejó el reloj y contestó, oralmente

-Sí.

Agregando luego:

-Ordenes.

-Escucho.

-Prepare papel y pluma. Va a tener que escribir mucho.

Un momento de silencio. Luego:

-Estoy preparado.

-La organización esta tiene agentes en la ciudad de Méjico y en España; no sé en qué población de ésta, pero segu­ramente en Barcelona.

-Ya.

-No creo que tenga agentes en nin­guna otra parte, porque se hubiera preocupado de dotarles de estación radio­telegráfica como a los demás.

-¿Está seguro de que tales estacio­nes no existen?

-Por completo, no. Pero en una li­breta de la que he podido apoderarme figuran dos contraseñas nada más. Es de suponer que, si dispusieran de otras estaciones, estarían apuntadas en ella también.

-Cierto.

-¿Se ha averiguado el paradero del avión que dije?

-Sí. Está vigilado. Los tripulantes han sido seguidos. Se conoce su domicilio y se sabe ya el nombre de todas las personas con quienes están en contacto. Se ha descubierto, por añadidura, el lu­gar en que tienen emplazada su emisora.

-Magnífico. Esta tarde han manda­do a ella un mensaje desde aquí.. Estaba yo delante y he oído la contraseña. Tome nota de ella.

Citó la contraseña. El otro dijo:

-Ya está anotada.

-En la libreta figuran dos contrase­ñas, como le he dicho Esa es una de ellas. Por consiguiente, la otra tiene que ser la de España. Tome nota.

Le dictó la otra contraseña también.

-El mensaje radiado desde aquí lo fue en clave. Pero sé que en él se daban instrucciones para que se adquirieran unos carretes que yo había pedido y que esos carretes serán enviados mañana. La libreta que poseo contiene la clave com­pleta.

»No sabía yo que hubieran dado ya con el emplazamiento de la emisora. Mi plan era que, usando la contraseña, la llamara usted desde allí y sostuviera una conversación cualquiera con ella em­pleando la clave para no despertar sos­pechas. Con ayuda de radiogoniómetros hubiera podido, entonces, localizarla. Eso es ya innecesario, afortunadamente, puesto que se sabe dónde está. Pero la clave y la contraseña nos servirán para dar con el lugar en que se encuentra la estación española.

-En efecto.

-No obstante, ya que le he llamado a usted y para no perder tiempo dando dos veces las explicaciones, voy a dic­tarle la clave entera. Por fortuna no es demasiado larga ni complicada. Usted puede transmitírselo directamente a Garvez y darle las explicaciones oportunas. Si me queda tiempo después de dictár­sela, adelantaré mis planes y daremos el golpe definitivo esta noche en lugar de aguardar más. ¿Está preparado?

Trévelez empezó a dictar. La opera­ción fue más rápida de lo que se había esperado. Al terminar, consultó el re­loj. Eran las tres y media. Dijo:

-Hay tiempo para todo. Empiece a transmitir en seguida a España. Pero antes avise a Ciudad de Méjico para que dentro de una hora empiecen a ha­cer limpieza allí. No creo que tenga yo tiempo de acabar aquí antes.

Cortó la comunicación. Pero antes de volver a la cámara, sacó el traje invisi­ble del maletín y se lo puso, calándose la capucha y poniéndose los finísimos y largos guantes que cubrían las manos y parte del brazo. Anteriormente se había quitado el reloj del muslo, y tras cortar nuevamente la correa, se lo había puesto en la muñeca.

Se metió en los bolsillos interiores las demás cosas que contenía el maletín-la pila eléctrica entre ellas-y tras conec­tar el auricular de nuevo, se lo encajó en el oído. El traje llevaba varios boto­nes televisores de forma que no necesi­taba el que había suelto.

Una vez preparado, entró en la cáma­ra, se acercó a la cama y despertó a KV.

-Levanta-ordenó-. No es necesario que esperemos más. Vamos a terminar esta noche.

KV se levantó.

-¿Tienes las hipodérmicas?

-Sí.

-Bien. Vamos a salir los dos por la galería al teocalí y, desde allí, cruzaremos la selva hasta la pirámide. Tú me con­ducirás a la puerta de la cámara en que duermen los guardianes y el mecánico. Luego te diriges a la cámara del jefe, el Profesor y Chispas. SV está montan­do guardia a la puerta de ese cuarto. Le entregas a SV una de las hipodérmicas y, entre los dos, dejáis sin co­nocimiento a los tres hombres. Yo me encargo de los otros tres. ¿Has com­prendido?

-Sí, jefe.

-Ahora, aguarda un momento. Hemos de avisar a todos antes de salir.

Llamó a XV y a BV, ordenándoles que se reunieran ambos en el teocalí. Ninguno de los dos tenía hipodérmicas, por lo que Trévelez ordenó a BV que bajara a la galería, donde él se las pro­porcionaría. SV fue advertido también de las intenciones de su jefe y una vez tomadas estas medidas, Trévelez y KV abrieron la puerta secreta otra vez, y lámpara de bolsillo en mano, torcieron por la galería de la izquierda.

Cerca del final les salió al encuentro BV, guiado por la luz de su lámpara, recibió de sus manos las hipodérmicas y les acompañó teocalí adentro, sirviéndo­les de guía, hasta dejarles en la meseta exterior.

Mientras él volvía atrás para reunirse con su compañero, el director del Insti­tuto y el otro agente bajaron al campo de aterrizaje, lo cruzaron y se metieron por la selva.

La distancia entre el teocalí y la pi­rámide no era muy grande, en realidad, pero la espesura de la selva hacía peno­sa la marcha, de suerte que tardaron bastante en llegar a su meta.

KV, que conocía mejor el interior, guió a su jefe hasta la puerta del cuarto en que dormían los guardianes y el mecánico y le dejó allí, marchando a reunirse con SV.

Trévelez aguardó unos momentos para darle tiempo a llegar. Luego entró si­lenciosamente en la cámara, aguzando el oído. Después de escuchar unos ins­tantes para asegurarse, por el sonido de la respiración, de que los tres hombres dormían, se decidió a encender unos se­gundos la luz para ver dónde se hallaba cada uno de ellos.

Llevaba ya la hipodérmica en la ma­no, y no bien hubo encendido, la clavó en el más cercano, inyectándole la mi­tad de su contenido. A renglón seguido, acabó de vaciar la jeringa en el cuerpo de otro de los hombres. Ambos habían pasado del sueño natural al inducido por el narcótico que acababan de adminis­trarles.

Con la luz apagada, atento el oído, Trévelez trató de averiguar si el que quedaba sé había despertado. Entretan­to, se guardó la jeringa vacía y sacó otra cargada.

Cuando, transcurrido un minuto com­pleto, no hubo notado más ruido que la respiración acompasada del durmiente se acercó a él en la oscuridad y encen­dió la luz de pronto, con la hipodérmica preparada. El hombre, turbado sin duda por la luz, pareció a punto de despertar­se. No llegó a hacerlo, sin embargo, porque, rápido como el pensamiento, el director del Instituto le vació media je­ringuilla en el cuerpo.

No se paró a mirar nada. Aunque no había oído alboroto por parte alguna, no estaría tranquilo hasta saber cómo les había ido a sus agentes. Bajó al pasillo sin hacer ruido, pero con la luz encen­dida, porque no conocía bien el camino. Y por la luz se enteraron de su presen­cia SV y KV, quienes temiendo que al­guno de los guardianes o el mecánico se hubiera despertado antes de tiempo, acu­dían en su ayuda.

También ellos habían llevado a cabo bien su trabajo. El jefe y sus compa­ñeros se hallaban sumidos en un sueño del que tardarían en salir doce horas por lo menos.

Trévelez empezó a llamar a los agen­tes del teocalí. La contestación de éstos fue satisfactoria. Los cuatro que les ha­bían sido encomendados dormían tam­bién profundamente,

 

 

 

CAPÍTULO XII

GOLPE FINAL

 

Empezaba a amanecer cuando Tréve­lez y sus agentes, libres ya de los trajes que les habían hecho invisibles, termi­naron la tarea de dar a cada uno de los hombres una nueva inyección que ase­gurara que, al salir de su sueño, hubie­ran perdido por completo la memoria.

Todos ellos habían sido trasladados al teocali, pasándoles por la galería subte­rránea, tarea mucho más fácil que te­ner que transportarlos a través de la selva.

Trévelez y el agente que se había en­cargado de inutilizar el avión bimotor, apartado junto al claro, se dirigieron al hangar y, tras un cuarto de hora de tra­bajo, dejaron el aparato en condiciones de emprender el vuelo inmediatamente. A continuación lo sacaron del hangar y ba­jaron del teocalí a los diez durmientes. Sólo cuatro de ellos fueron embarcados en el avión, junto con dos agentes, uno de los cuales hizo de piloto.

El aeroplano alzó inmediatamente el vuelo, y tras describir unos círculos por encima de la pirámide, puso rumbo al Valle de la Regeneración.

Unas horas más tarde regresaba va­cío, con un solo agente a bordo. Fueron cargados cuatro durmientes más y un agente, y en su tercer viaje se llevó a los dos restantes junto con el último agen­te y Trévelez, que era el que iba sen­tado a los mandos esta vez.

Cuando el bimotor hizo un aterrizaje perfecto en el pequeño aeródromo del Valle, el anciano de quien ya hemos ha­blado estaba esperándole.

-¡Bienvenido, jefe!-saludó, al ver saltar a tierra a Trévelez-. Nos ha tenido usted angustiados. Ha corrido más riesgo del que era necesario.

-Era imprescindible que lo corriese para poder pillar a toda la cuadrilla­-contestó Trévelez-. ¿Qué noticias hay de la capital?

-Inmejorables. Todos los cómplices de estos hombres han sido sorprendidos. Espero su llegada aquí dentro de muy poco rato.

-¿España?

-Cumplí sus instrucciones. Radié la clave completa y la contraseña. Aun no tengo noticias. Pero creo, jefe, que es hora de que desayune.

-Primero, amigo mío-respondió el director del Instituto de Inventores-, necesito algo que hace tiempo que no me he dado, a pesar de llevar debajo de este pantalón un traje de baño. Propor­cióneme ropa. Deme jabón. En mi vida me he sentido más sucio.

 

*****

 

Desde el momento en que Garvez y Dolores vieran el rostro de su jefe en la pantalla fluorescente, no habían vuelto a tener noticias suyas. Por disciplina aguardaban, que no por ganas. Todos ellos hubieran corrido a su lado, de no haberlo prohibido él expresamente. Y su desasosiego y su angustia aumentaban cuando pasaba otro día sin que nada se hubiera sabido de él.

Jamás había saltado Garvez de la ca­ma con mayor alegría que la noche en que, por orden del jefe, le radiaban des­de el valle oculto. Corrió a la habita­ción en que tenía instalada la pantalla, dio a los interruptores y anotó cuanto le fueron dictando tras haberle explicado lo que de él esperaba Trévelez.

A pesar de lo avanzado de la hora, Garvez llamó a todos los agentes para comunicarles la grata nueva de qué el jefe estaba a punto de volver a España. A los primeros que llamó fue a Samara y a Dolores, porque sabía que a ellos les produciría mayor alegría que a nadie.

Dolores, al saberlo, le acribilló a pre­guntas y Garvez tuvo que jurarle solem­nemente que no sabía más que lo que ha­bía dicho, para evitar que la joven se presentara en su casa.

A todos les dijo, sin embargo, que era posible que tuvieran que  movilizarse dentro de unas horas para asistir al úl­timo acto del drama iniciado en el bos­quecillo del parque del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas.

A los últimos que avisó fue a Manri­que y Marcos, porque éstos eran los que mejor situados estaban para lo que te­nía que hacer. A ellos les comunicó las instrucciones del jefe y les dijo que, den­tro de una hora, debían estar prepara­dos para sintonizar sus aparatos con la emisora a la que él iba a llamar, y des­cubrir con sus radiogoniómetros la di­rección de donde procedía la emisión.

Y una hora más tarde, según lo convenido, Garvez empezó a radiar la con­traseña de la emisora clandestina. No debía haber nadie de guardia en aquel momento, porque nadie contestó. El caso estaba previsto, sin embargo, y no por eso se desanimó. Desde el momento señalado; continuó radiando la llamada con diez minutos hasta que, al cabo de cerca de dos horas, recibió contestación.

Con la clave que había recibido, de­lante, y de acuerdo con los datos que le habían sido proporcionados, anunció a la emisora, fingiendo radiar desde Améri­ca, que todo marchaba bien. Trévelez había acabado por ceder. El aparato se estaba construyendo. Dentro de muy po­cos días podrían empezar a desarrollar sus planes de acuerdo con lo previsto.

A las preguntas que hizo la emisora contestó con bastante tino y prolongó la conversación hasta tener la completa se­guridad de que Manrique y Marcos ha­bían tenido tiempo más que sobrado para captar la onda de la estación aquella.

Terminada la conversación, llamó in­mediatamente a ambos, que le transmi­tieron la dirección señalada por sus res­pectivos radiogoniómetros.

Estos datos, junto con los que él ha­bía adquirido, le bastaron para descubrir, en el plano de Barcelona, que la estación clandestina se hallaba en Sa­rria, dentro de una manzana de casas de la carretera del mismo nombre.

Marcos se encargó de dirigirse allí, y una vez se hubo asegurado de que, en efecto, allí existía una emisora bastante bien disimulada, Garvez siguió la segun­da parte de sus instrucciones..

Radió una nueva llamada, y cuando recibió contestación, hizo saber que era conveniente que todos los agentes de la cuadrilla en Barcelona debían reunirse en la casa de Sarria, a las once de la mañana, hora en que recibirían allí ins­trucciones importantísimas y urgentísi­mas para empezar a poner en práctica los planes trazados.

Después de eso, los agentes de Yuma fueron llegando a Sarria y acordonando el edificio sin llamar la atención.

Los miembros de la cuadrilla acudie­ron a la cita aisladamente, y a las once en punto había unas doce personas rea unidas en una sala de la casa del repre­sentante del Jefe y del Profesor.

A las once en punto también, Garvez lanzó su llamada de nuevo. Y empezó, a continuación, a transmitir.

El radiotelegrafista descifró el mensaje y palideció. Acudió, corriendo con él, a la sala en que todos esperaban las ins­trucciones importantes y urgentes. El jefe tomó el papel de sus temblorosas manos y leyó en alta voz:

 

       «Otros, antes que vosotros, se apode­raron del invento de Deusto y con él sembraron el terror. Los crímenes que ellos cometieron queréis repetirlos vos­otros, aumentándolos y corrigiéndolos. Cuando los asesinos aquellos se exalta­ron creyéndose dueños del mundo, al­guien hizo mil añicos todas sus ilusio­nes; alguien que velaba por la Humani­dad, que perseguía al criminal, que le tenía declarada guerra sin cuartel y que salió victorioso siempre de todos los en­cuentros que tuvo con los que del cri­men quisieron vivir.

«Vosotros, aun menos afortunados que aquellos asesinos, habéis fracasado an­tes de empezar. El que hizo añicos las ilusiones de los asesinos de Deusto ha pulverizado las vuestras, aun sólo en ciernes. Habéis fracasado vosotros, que soñasteis con ser dueños del mundo y que estáis a punto de purgar nuestra maldad.»

 

-¿Quién firma eso?-preguntó, entre iracundo y temeroso, uno de los concurrentes.

Y antes de que pudiera contestarle su jefe, una voz terrible dio la contesta­ción

-¡YUMA!

Un rostro horrible apareció flotando en el aire. Los ojos, de siniestro brillo, pasearon su mirada por la sala. Una mano sin brazo surgió, de pronto, de la nada. Y los dedos blanqueaban opri­miendo la culata de una pistola.

En el silencio que la sorpresa impuso, sonaron unos golpes en la puerta de la sala.

La cabeza se desplazó. La mano tam­bién, aunque sin dejar nunca de apun­tar a los reunidos. Una segunda mano, salida del aire al parecer, descorrió el ce­rrojo, hizo girar el tirador.

Entraron cinco hombres armados de pistolas y ocuparon puntos estratégicos del cuarto. Las manos flotantes desapa­recieron. La horrible cabeza también.

Sonó una carcajada horrible y, simultáneamente, uno de los criminales sin­tió un pinchazo y rodó sin conocimien­to por tierra. Repitióse la carcajada, y otro cayó.

Los asistentes a la reunión empezaron a sentirse invadidos por el pánico. Aquel ser invisible que derribaba hombres co­mo si el rayo obedeciera a su conjura, les desmoralizaba.

Hubo una carrera general hacia la puerta. Hubiera sido imposible contener el alud valiéndose sólo de manos y brazos. Los cinco recién llegados em­pezaron a disparar fríamente, como si su propósito fuera acabar de una vez con los doce malhechores. Todo el que era alcanzado caía, por muy leve que fuese la herida.

Al propio tiempo, el invisible ser se­guía atronando el cuarto con sus horri­bles carcajadas y cooperando con los tiradores. Tantos derribaban sus pincha­zos como las balas de los otros.

Pocos momentos duró aquello. Ni uno de los doce se hallaba en pie al cabo de unos minutos. Pero ninguno estaba muerto, ni gravemente herido siquiera. Las balas de los agentes de Yuma no mataban. Y no tenían fuerza para hacer más que heridas superficiales. Pero con­tenían un líquido que privaba del cono­cimiento en cuanto rasgaba la piel. Y, como la hipodérmica que había hecho caer a algunos, producía un sueño que duraba doce horas aproximadamente.

Antes de que éstas hubieran transcu­rrido, todos aquellos hombres habían sido sacados de allí y se hallaban prepa­rados para hacer un viaje al valle donde llegara horas antes su jefe.

Allá en el Valle, Trévelez conoció el resultado de su plan de labios de la doc­tora Arana, que quiso ser quien se lo co­municara, como excusa para verle y para hablarle.

Y la expresión de Trévelez reflejada en la fluorescente pantalla mientras la mi­raba a su vez y la escuchaba, hicieron dar un vuelco al corazón de la doctora, que ya no podía disimular por más tiempo el profundo amor que la inspiraba.

 

 

FIN

 

 

Digitalización: Antonio González Vilaplana

Publicado por: Editorial Molino, octubre de 1945

 



[1] Véase Nº 5 de esta colección